Matrimonio sin Amor
Dimitri se casó con Ana para vengarse de su verdadero amor. Quería demostrarle que su traición no lo había derrotado. Con Catalina habían estado juntos casi tres años. El amor que sentía por ella lo enloquecía: habría puesto el mundo a sus pies con tal de verla sonreír. Dimitri soñaba con la boda, pero Caty lo enfriaba: “¿Por qué tanta prisa? Yo aún no termino la carrera, tu negocio apenas sobrevive. No tienes coche decente, ni casa propia. ¿Vivir con tu hermana en el mismo piso? Ni hablar, no pienso compartir cocina con Lucía, aunque sea mi amiga”.
Sus palabras lo hirieron, pero Dimitri sabía que decía la verdad. Él y su hermana vivían apiñados en el piso familiar en Sevilla, y el negocio heredado de sus padres, fallecidos, lo sostenía a duras penas. Dejó la universidad para salvarlo. Vendieron la casa del pueblo entre los dos, porque el negocio era lo primero. En seis meses sin herencia, las deudas crecieron. Ambos eran estudiantes: él en quinto año, Lucía en segundo. El dinero de la venta cubrió deudas, compró mercancía para la tienda y dejó un pequeño respaldo. Pero Caty vivía el presente, sin paciencia. Sus padres le garantizaban una vida sin preocupaciones, mientras Dimitri, convertido en cabeza de familia de golpe, veía el futuro distinto. Creía que, con tiempo, tendrían casa y coche.
El golpe llegó inesperado. Dimitri esperaba a Caty en el cine, como acordaron por teléfono. Ella le pidió que no pasara a buscarla, algo raro, pues odiaba el autobús. Él la buscaba con la mirada, y entonces llegó en un lujoso todoterreno. “Perdona, terminamos. Me caso”, soltó, arrojándole un libro antes de desaparecer en el coche. Dimitri se quedó paralizado. ¿Qué había cambiado en los dos días que estuvo fuera por trabajo?
Lucía lo vio y lo entendió al instante: “¿Ya sabes?”. Asintió. “Se buscó un ricachón. La boda es el veintiocho. Me invitó de testigo, pero me negué. ¡Asquerosa! Traicionándote a tus espaldas”. Lucía lloró de rabia por su hermano. “Tranquila”, la abrazó él. “Que tenga todo lo que quiera. Nosotros tendremos algo mejor”.
Se encerró un día entero. Lucía golpeó la puerta: “Come algo, hice torrijas”. Al anochecer, salió con la mirada ardiente: “Prepárate”. “¿Qué planeas?”. “Me caso con la primera que acepte”. Lucía intentó razonar: “¡No puedes arruinar vidas así!”. Pero él fue firme: “Si no vienes, voy solo”.
El parque estaba lleno. Una chica se rió ante su propuesta, otra retrocedió asustada, pero la tercera, tras mirarlo a los ojos, dijo: “Sí”. “¿Cómo te llamas, belleza?”. “Ana”, respondió ella. Dimitri arrastró a ambas al bar a celebrar el “compromiso”. En la mesa, el silencio fue incómodo. Lucía callaba; él hervía en deseos de venganza. Decidió que su boda sería el mismo día que la de Caty.
“¿Hay alguna razón para proponerle matrimonio a una desconocida?”, preguntó Ana en voz baja. “Si es un impulso, me voy sin resentimientos”. “No, ya diste tu palabra. Mañana al registro y luego a conocer a tus padres”, cortó él, guiñándole un ojo: “¡Hablámonos de tú!”.
En el mes previo, se vieron a diario, descubriéndose. “Explícame, ¿por qué?”, preguntó Ana una vez. “Todos tenemos secretos”, evadió él. “¿Y tú por qué aceptaste?”. “Me imaginé como una princesa entregada al primer desconocido. En los cuentos, eso termina bien. Quise probar”.
La realidad era más dura. Ana había sufrido un amor que le rompió el corazón y perdió sus ahorros. Eso la enseñó a leer a la gente. Rechazaba aduladores sin titubear. No buscaba al “elegido”, pero deseaba un hombre inteligente y decidido. En Dimitri vio fortaleza y seriedad. Si hubiera estado con amigos y no con su hermana, habría seguido de largo.
“¿Qué clase de princesa eres? ¿La Bella Durmiente o Elena de Troya?”, preguntó él pensativo. “Bésame y lo sabrás”, bromeó Ana. Pero no hubo besos. Dimitri organizó la boda; ella solo eligió entre opciones. Hasta el vestido lo compró él, repitiendo: “Serás la más hermosa”.
En el registro, se toparon con Caty y su prometido. Dimitri forzó una sonrisa: “Felicidades”, besó a su ex en la mejilla. “Sé feliz con tu oligarca”. “No montes un espectáculo”, replicó Caty. Observó a Ana: elegante, imponente, con porte regio. Caty se sintió derrotada. Los celos le corroían el alma, como si hubiera apostado mal.
“Todo está bien”, mintió él a Ana. “Aún puedes echarte atrás”, susurró ella. “No, esto se acaba”, dijo él. Pero al mirar a los ojos tristes de su nueva esposa, entendió el daño causado. “Te haré feliz”, prometió, creyéndolo.
Comenzó la vida en común. Lucía y Ana se hicieron amigas, apoyándose mutuamente. La temperamental Lucía aprendió a contenerse; Ana, con talento para los números, ordenó las finanzas. En un año, abrieron una segunda tienda, luego equipos de reformas. El negocio creció, las ganancias se triplicaron. Ana, como una hechicera, presentaba ideas que Dimitri creía propias. Todo era perfecto, pero él añoraba el fuego que sintió con Caty. Ahora era rutina, previsible. “No la amo, eso es todo”, pensaba.
Ana expandió el negocio: construyeron casas llave en mano. La primera fue su mansión. Cuanto más triunfaban, más recordaba Dimitri a Caty: “No esperó. Si viera mi coche, mi palacio…”. La duda “y si…” lo atormentaba. Ana veía cómo se apagaba. Intentó ganar su amor, pero el corazón no se obliga. “No todos los cuentos se cumplen”, pensó con amargura, pero no se rindió. Su nombre la obligaba.
Lucía también notó el cambio. “Perderás más de lo que ganas”, le espetó al verlo revisar las redes de Caty. “¡No me sermonees!”, rugió él. “¡Idiota! Ana te ama de verdad, ¿y tú juegas?”, gritó ella. Dimitri ardió de ira. La nostalgia por Caty lo consumió. Le escribió.
Caty se quejó: su marido la echó, dejó la carrera, no tenía trabajo, vivía en una habitación alquilada en Córdoba. Dimitri dudó: ¿ir o no? Ana partió una semana a cuidar a una tía enferma en el pueblo, y la tentación lo venció. Citó a Caty.
Voló a Córdoba, eufórico, imaginando el reencuentro. Pero la realidad lo golpeó. “¡Mi cielo!”, Caty se colgó de su cuello. El olor a cuerpo sin lavar y perfume barato lo repelió. Falda corta, maquillaje vulgar: era una sombra de la Caty que amó. “La gente mira”, se apartó. “¡Me da igual!”, rió, bebiendo cerveza. “Préstame dinero, te lo agradeceré”, guiñó. Él buscó una excusa para irse. “Tengo trabajo”, mintió, dejándole billetes. “¿Nos vemos otra vez?”, gimió ella. “Difícil”, dijo, pagando su “diversión”.
Condujo hacia casa, maldiciéndose: “Estúpido, Lucía tenía razón. ¿Para qué fui?”. Pero una idea lo reconfortY al llegar, abrazó a Ana como si el mundo se acabara, jurando en silencio nunca volver a dudar de su amor.






