«Mamá, quédate con nosotras»: cómo la visita de una abuela lo cambió todo
Raquel Serrano llegó a casa de su hija y su yerno.
—¡Ha venido la abuela! —gritó emocionado su nieto Javier, de cinco años, en cuanto ella cruzó la puerta.
En el pasillo aparecieron enseguida su hija y su yerno. Charlaron un rato en la mesa, sonrieron, todo parecía normal. Al caer la tarde, Raquel se retiró a la habitación que le había preparado su hija para descansar. Unas horas después, sintiendo sed, fue a la cocina.
Al acercarse a la puerta, Raquel oyó la voz de su yerno. Hablaba en voz baja pero con dureza al niño, y lo que escuchó la dejó helada.
Raquel nunca se había entrometido en la vida de su hija. No daba consejos no pedidos, ni criticaba. Solo hablaba cuando le preguntaban. Pero últimamente nadie le pedía su opinión. Sin embargo, al escuchar cómo prohibían a su nieto comer un pastel, le cambiaban el nombre a Sergio y le sermonaban sin pausa, entendió que ya no podía callar más.
Raquel era una mujer elegante y fuerte. Crió sola a su hija Lucía tras divorciarse. No permitió que nadie más entrara en sus vidas. Fueron como amigas; compartían todo, se aconsejaban mutuamente. Lucía estudió en la capital y decidió quedarse allí. Entonces, Raquel vendió su coche y su pequeño apartamento en la costa para comprarle un piso en las afueras. No era el centro, pero estaba bien reformado.
Lucía estaba encantada. Poco después, presentó a su novio, Alejandro. Parecía educado y pulcro, pero a Raquel no le gustó. Su mirada era demasiado calculadora, demasiado controladora. Y no se equivocó.
Alejandro resultó ser celoso, avaro y autoritario. Insistió en que Lucía usara el vestido de su hermana para la boda: «Casi nuevo». La ceremonia fue en el patio de sus padres, con comida casera y vino del pueblo. La luna de miel, en su buhardilla. El regalo de Raquel, dinero en efectivo. «Mejor así», pidió él sin pudor.
Raquel solo movió la cabeza. Quiso decir algo, pero se contuvo. Los jóvenes debían labrar su propio camino.
Nació el nieto. Le pusieron Javier, como el abuelo. Pero Alejandro decidió llamarle Sergio, porque le gustaba más. A Raquel le dolía. Ofreció quedarse para ayudar con el bebé, pero Alejandro no ocultó su fastidio.
—No hace falta, mamá. Nos arreglamos solos. Visitas cortas —decía con una sonrisa fría, mientras Lucía asentía, como ausente.
Pasaron los años. En cinco, Raquel solo vio a su nieto un puñado de veces. Su corazón sangraba, pero no quería imponerse.
Esta vez, tuvo que viajar a la ciudad para unas pruebas médicas y decidió alojarse en casa de su hija, aunque no le apetecía. La visita fue gélida. Alejandro ni la miró, y el niño llevaba ropa vieja, comiendo solo cereales y verduras.
—¿Por qué Javier no come carne? —preguntó Raquel, extrañada.
—Alejandro dice que no es bueno para los niños. Solo alimentos naturales: cereales, frutos secos, ensaladas —contestó Lucía en voz baja.
Raquel se horrorizó. Todo le estaba prohibido al niño. Ni siquiera iba al colegio. Al preguntar por ropa nueva, la respuesta fue seca:
—Alejandro dice que gastar en niños es inútil. Todo se puede conseguir gratis. El dinero debe ahorrarse.
Al tercer día, Alejandro fue directo:
—No entres en nuestras habitaciones, no toques nuestra comida. Y paga por quedarte.
Raquel enmudeció. En cuanto él salió, se volvió hacia Lucía.
—¿En serio, hija? ¿Dormir en un sofá-cama pagando por ello? ¡Traigo mi propia comida! ¡En vuestra nevera solo hay lechuga y arroz, y el niño con ropa usada! ¿Por qué debo pagar?
Lucía murmuró que Alejandro «solo bromeaba». Pero todo estalló cuando Raquel dio un trozo de tarta al niño. Un grito resonó en el pasillo:
—¿Qué has comido? ¿Quién te lo ha dado? ¡No eres Javier, eres Sergio! ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?
Alejandro le arrebató el postre al niño. Entonces, Raquel no pudo callar más.
—Escucha, Alejandro. ¿Olvidas con qué dinero se compró este piso? ¡Es de mi hija! Tú no decides aquí. ¡Qué vergüenza! El niño come hierbas y viste harapos, ¡y encima me pides dinero! ¡Basta! Javier, ven, la abuela te enseñará lo que es comer bien.
—¿La pizza está rica? —preguntó el niño.
—¡Mucho! Vamos.
De camino, le compró un traje y zapatillas. En el restaurante, Javier comió con tal felicidad que Raquel contuvo las lágrimas.
—Abuela, ¿te quedarás? A veces tengo hambre, y papá dice que no.
—Claro que sí. Ahora la abuela pondrá orden aquí.
Al volver, Alejandro ya no estaba. Se llevó sus cosas, el portátil e incluso la televisión.
Lucía no se enfadó. Al contrario, susurró agradecida:
—Gracias, mamá. Hace tiempo que quería irme, pero no me atrevía. Me ayudaste.
Raquel se quedó a vivir con ellas. En verano, viajaron juntas a la playa. Y Lucía prometió:
—Si me caso otra vez, será con tu bendición. Eres la mejor.
**Moraleja:** A veces, el silencio no es virtud, sino complicidad. Defender a los que amamos, aunque duela, es el verdadero acto de amor.







