Un día recibí la llamada de una tía lejana, quien me invitó a la boda de su hija mi prima segunda, a la que hacía siglos que no veía, exactamente desde que ella tenía seis años. No es que en mi familia abunden las efusiones afectivas, pero esta vez mis intentos de escabullirme no resultaron.
Al menos una vez cada veinte años podríamos vernos, ni se te ocurra faltar me advirtió mi tía con voz firme.
Al poco tiempo llegó una invitación adornada con palomas y rosas de parte de Clara y Fernando, y una llamada de recordatorio un par de días antes, así que no me quedó más remedio que ir. Total, un sábado perdido, ¿qué podía hacer?
Allá me fui, con un ramo de flores, un humor de perros y el firme propósito de desaparecer discretamente a la mínima oportunidad. Entré al restaurante, busqué el salón de celebraciones y me sentaron con un grupo de jóvenes alegres, amigos del novio. Tras unas copas, comenzaron a lanzarme piropos del tipo: ¡Qué tía más estupenda tiene la novia! y No pareces tía, más bien una hermana, y me animaban a unirme a la fiesta y disfrutar a tope. Así que no tardé en contagiármelos.
Por supuesto, no reconocí a la novia. Tantos años habían pasado, y de la niña tímida que recordaba, ahora era una rubia exuberante y desenvuelta. La verdad, prefería su versión anterior.
En general, el ambiente era un tanto fúnebre: montón de tías malhumoradas, tíos con cara de circunstancia, el novio con expresión de cordero degollado, y la novia creyéndose el centro del universo. Si no llega a ser por nuestra animada mesa, habría parecido un velatorio. Las tías me miraban con claro desapruebo.
Me perdí el primer turno de brindis, pero justo empezó el segundo, y me tocó a mí. El maestro de ceremonias me preguntó quién era, y al saberlo, exclamó entusiasmado:
¡Y ahora, unas palabras de la joven y guapa tía de la novia!
Así, con la mejor voz que pude, improvisé:
Queridos Clara y Fernando…
La fiesta nunca había sido ruidosa, pero ahora cayó un silencio absoluto y, en ese instante, me di cuenta de que no veía a mi tía, y dudé que hubiese cambiado tanto como para no reconocerla.
La novia se llama Marta susurró una tía vestida de rosa, mirándome por encima de las gafas. Y el novio es Luis.
¿Cómo que Marta? ¿Qué Luis?
Siempre hay quien se cuela a los eventos ajenos para comer y beber por la cara añadió la tía rosa. Ya en la despedida de un sobrino apareció otro igual. Hay gente que no tiene ni vergüenza.
En ese momento comprendí que la diversión solo acababa de empezar. Los invitados me miraban con hostilidad, casi levantándose de sus asientos, como si estuvieran a punto de echarme entre improperios y empujones.
¡Pero si tengo aquí la invitación! intenté defenderme, blandiendo la tarjetita. Aquí lo pone todo: Clara y Fernando, restaurante tal y salón banquete.
La salvación vino de un camarero:
Señorita dijo, tenemos otro salón en la planta de arriba, ¿no será ahí donde tiene que ir?
¡Por supuesto! Ahora resultará que va de boda en boda para cenar gratis; aquí marca territorio y luego sube a por postre remató la tía en rosa. Hay cada aprovechada Menuda caradura.
Ya lo dicen, Inés, la desvergüenza es la segunda felicidad intervino otra tía, con vestido verde, aún más antipática.
Aclaro que mi aspecto dista mucho del estereotipo de las busconas. Pero viendo a mi alrededor, cualquiera diría que era una profesional del timo. Los amigos del novio intentaron defenderme, para recibir esta joyita de la tía vestida de lila:
¡Mírala, ya está camelando a los hombres!
A lo que la de rosa añadió:
Así empezó la que le quitó el marido a nuestro contable. Basta que te descuides y te birlan hasta el bolso, en serio.
Nunca he robado el marido de nadie, pero en ese momento me dieron unas ganas terribles de convertirme en la villana que decían. Incluso eché un vistazo a los maridos presentes, ya que de algo habría que acusarme si me iban a colgar el sambenito de todos modos.
Por suerte, el amable camarero subió al piso de arriba y trajo a mi verdadera tía, que examinó la situación y juró ante todos que me conocía desde siempre, aunque lo hacía guiñando ambos ojos como si quisiera dejar claro que mis rarezas mentales eran familiares desde antaño.
En fin, me evacuaron al otro salón, y allí sí estaban la auténtica morena Clara y el verdadero Fernando, quienes intentaron quitarme el susto con aguardiente, vino de la Ribera y un sinfín de tapas.
Menos mal que no me dio tiempo a dar mi regalo al grupo equivocado.
Eso sí, me despidieron los amigos del novio pero de la primera boda.
De aquella embarazosa confusión aprendí que, aunque la familia no se elige y las reuniones pueden resultar un caos, siempre es mejor mantener la calma, reírse de uno mismo y aceptar las cosas con humor. Porque, a veces, los mejores recuerdos nacen precisamente de los mayores desastres.







