Una vez fui testigo de una conversación entre el dueño de nuestra tienda y un adolescente delgado que llevaba ropa desgastada.

Te cuento una anécdota que me dejó flipando, como si fuera ayer. Estaba yo en la tiendita de la esquina de Lavapiés, donde el dueño, José, siempre está con su mujer, María, detrás de la caja. Un día entró un chaval flaco, de unos diecisiete, llamado Sergio. Llevaba puesto un traje gastado pero bien arreglado, y estaba mirando una tarro de mermelada de frambuesa.

¡Hola, Sergio! ¿Cómo va todo? le soltó José, con esa sonrisa de siempre.
Pues, gracias, señor, nada del otro mundo respondió el chico, ligeramente cansado.
¿Y tu madre? ¿Ya está de vuelta en el curro? preguntó José.
No, sigue tirada en casa porque no se siente bien dijo Sergio, con la voz apagada.
¿Querías comprar esa mermelada? insistió José.
Solo la estoy mirando. A mi madre le encanta la mermelada de frambuesa, pero ahora mismo no tenemos pasta para comprarla explicó el chaval.
Entonces, ¿qué tal si me vendes ese brazalete que te has hecho tú mismo? propuso el tendero.

En la muñeca de Sergio había un brazalete hecho a mano con cables telefónicos de colores, trenzados como un nudo de la vida. José lo agarró, lo examinó y comentó:

Mira, lo tienes tú, pero me parece demasiado pequeño para mí.
Lo compraría para mi sobrino, ¿qué te parece? replicó Sergio, intentando negociar.
Creo que con ese brazalete no me vas a conseguir lo que necesito dijo José, con la mirada pícara.
Exacto, lo mismo que cuesta el tarro de la mermelada. ¡Te has pasado tres noches trasteando con esos cables! exclamó el chico.
Pues entonces está hecho! El brazalete es mío, la mermelada es tuya o mejor, tuya y de mi madre selló el trato José.
Muchas gracias, es muy amable agradeció Sergio, sonriendo.

El muchacho tomó el tarro, se quitó el brazalete y se lo entregó a José. Con una voz cálida, el dueño le deseó:

Que tengas un buen día, Sergio.
¡Nos vemos luego! respondió el chico.

María, sentada en la caja, escuchaba la conversación con una sonrisa. Al notar mi cara de asombro, me explicó:

Llegarán más adolescentes; sus familias son bastante humildes y no pueden permitirse alimentos decentes, pero José siempre les echa una mano. Una vez, me pidió que le vendiera una resortera a cambio de una barra de buen salami se rió.

Salí de la tienda con la boca abierta por la generosidad de José. Nunca habría imaginado que un hombre que siempre pesa todo al gramo y ajusta la balanza cuando la aguja se desvía, también se dedica a ayudar a los más necesitados.

José era muy conocido por todos en el barrio. Cada vez que hacía la compra, él y María preguntaban a los clientes habituales cómo les iba, siempre con buen humor y procurando atenderles lo más rápido posible.

Los años pasaron como el agua, y después de doce años José, ya entrado en años, se despidió de este mundo. En su funeral hubo muchísima gente. Tres amigos de la familia, que siempre habían estado cerca, se acercaron a María, le dieron un beso en la mano y le expresaron su pésame.

Resulta que esos tres eran los mismos chicos a los que José había apoyado. Cuando me despedí del fallecido, vi dentro del ataúd varios objetos de niño, entre ellos el mismo brazalete de cables que había vendido a Sergio. Ese pequeño gesto me enseñó la verdadera delicadeza de un comerciante que, más que vender comida, ofrecía una ilusión de intercambio justo.

Y eso, colega, es lo que recuerdo de ese viejo José: un hombre que, con un par de euros y un simple brazalete, supo cambiar la vida de muchos. ¡Un ejemplo que vale la pena llevar siempre en el corazón!

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Una vez fui testigo de una conversación entre el dueño de nuestra tienda y un adolescente delgado que llevaba ropa desgastada.