Una vez al mes
Hoy, tras ajustar el saco de basura contra mi pecho, me detuve frente al tablón de anuncios junto al ascensor. En una hoja cuadriculada, prendida con chinchetas, se leía en letras grandes: Una vez al mes para un vecino. Debajo, fechas y apellidos, y en una esquina la firma: Sergio, piso 3ºC. Alguien había añadido con bolígrafo: Se necesitan 2 personas el sábado para ayudar con unas cajas. Leí la nota dos veces, casi sin pensar, y me invadió el fastidio, como si escuchase una voz ajena en el pasillo.
Llevo una década viviendo en este portal, y conozco bien la norma no escrita: un saludo si te cruzas en la puerta, y cada uno sigue su camino. A veces un rápido ¿sabe cuándo vendrá el fontanero? o entregue, por favor, el recibo cuando pase. Pero aquello del tablón horarios, nombres, chinchetas me recordaba a las reuniones de mi antiguo trabajo, donde todos fingíamos ser equipo y luego cada uno salvaba lo propio.
Junto al cubo vi a Valeria, del quinto, siempre con dos bolsas como si temiera que una se rompiera.
¿Has visto? asintió hacia el tablón. Lo piensa Sergio. Dice que así es más fácil; mejor juntos que cada uno por su cuenta.
Juntos repetí, procurando que mi tono sonara neutro. ¿Y si uno no quiere?
Valeria encogió los hombros.
Nadie obliga. Es solo por si hace falta. Que haya alguien cuando lo necesites.
Al salir al patio, me descubrí discutiendo en mi cabeza con ese Sergio del 3ºC. ¿Cuando hace falta qué significa? ¿Quién decide a quién le hace falta? ¿Por qué de pronto debería importarnos a todos?
El sábado por la mañana oí golpes sordos y voces en el portal. A través de la puerta llegaban: ¡Cuidado con la esquina!, ¡Sujeta el ascensor!. Me quedé en la cocina, con el trapo mojado entre las manos, incapaz de ignorar el jaleo. Imaginé a los rostros que sólo reconozco en el saludo, cargando cajas ajenas y sofás, alguno dando órdenes, alguien refunfuñando. Me incomodaba pensar en ellos viendo pedacitos de una vida ajena granulados en cartón, y a la vez sentí cierta envidia: a ellos sí los habían llamado.
Al cabo de hora y poco todo quedó en silencio. Por la tarde, volviendo del supermercado, vi junto al portal una pila de cajas vacías y un rollo de cinta sobre el banco. Sergio, alto y cara exhausta, recogía la basura en una bolsa.
Buenas tardes saludó, como si fuéramos amigos de siempre. ¿No molestamos?
No, contesté. Solo hubo ruido.
Ya. Intentamos acabar antes de comer. Tania, la del segundo, se muda; sola con el crío. Bueno, sola… hizo un gesto con la mano. Eso. Si alguna vez necesitas, escribe en el tablón. Da igual mudanzas, cualquier cosa.
La palabra cualquier cosa sonó de tal forma que no encontré punto donde aferrarme para discutir. Ni presión, ni sermones. Dijo lo suyo y siguió a lo suyo.
En semanas siguientes, el tablón cobró vida propia. Al pasar siempre noto nuevas notas. Ayuda a don Pedro, del 1ºA, con medicamentos; tras la operación, ¿quién puede ir a la farmacia?. Hace falta taladro en el 2ºD para una estantería. Recogemos 20 euros para el portero automático; si no tienes cambio, ya luego. Las letras cambian: algunos con letra cuidadosa, otros nerviosa, con furia.
Yo no me apuntaba. Pensaba que era mejor así, no meterme en asuntos ajenos. Pero observaba.
Una tarde, volviendo del trabajo, frente al ascensor estaba una chica adolescente del portal de al lado, llorando escondida entre las mangas. Al lado, Valeria la sujetaba por el hombro, susurrándole.
Tranquila, ya lo encontramos. Sergio dijo que tiene.
¿Qué sucede? pregunté, aunque podría haber seguido andando.
Valeria me miró como si ya supiera que yo no iba a burlarme.
La abuela de la niña, la tensión. Sin pastillas y la farmacia cerrada. Sergio ahora trae de las suyas, para salir del paso.
Asentí y, al entrar en casa, me costó quitarme el abrigo. Pensaba en lo fácil que Valeria había dicho ya lo encontramos. No que llamen a urgencias, ni no es mi asunto, sino simplemente encontrar. Y aún más: Sergio daría de sus propias pastillas, sin preguntar si se las devolverían.
Pasados unos días estalló un pequeño caos en el portal. Al aviso de la colecta para el portero automático alguien añadió: Otra vez sacándonos dinero. Quien quiera, que lo ponga él solo. La firma, ilegible. Junto al ascensor, dos mujeres discutían sin tapujos.
Es del tercero, conozco la letra susurraba una.
¿Qué sabrás tú? replicaba la otra. Los hay que sólo tienen pensión, y aquí todos a poner veinte euros
Pasé de largo, sintiendo crecer adentro esa incomodidad conocida: lo colectivo. Pronto iban a entrar en quién debe, quién no paga, quién se aprovecha. Deseaba que todo acabara, que el tablón volviera a los avisos de fontanería.
Pero por la noche vi a Sergio ante el tablón. Retiró cuidadosamente el papel de la discrepancia, lo dobló y guardó en el bolsillo. Colgó otro limpio y escribió: Portero automático. Quien pueda aporta. Quien no pueda, no aporta. Lo importante es que funcione. Sergio. Y punto.
No pude evitar sentir respeto por su y punto. Sin discursos ni amenazas. Simplemente marcar el límite.
Mientras tanto, mi propia vida empezó a chirriar, como la puerta metálica del rellano que nadie engrasa. Primero detalles: la manguera del lavabo goteó. Coloqué un cubo, apreté la rosca, fregué el suelo. Después, en el trabajo me retrasaron la paga extra; mi jefa sin mirarme: Por ahora, tocó esperar. Yo sé esperar. Se me da bien.
A principios de mes la espalda empezó a dolerme. No para llamar a urgencias, pero sí para tardar mucho en incorporarme por las mañanas, apoyada al filo de la cama esperando que aflojara. Compré pomada, me envolví en bufanda y no dije nada. Para mí, quejarme siempre acaba en charlas y éstas en lástima.
Una tarde entré en casa con la compra y escuché un crujido en el pasillo el de mi propia puerta: el bombín atascado y la llave sin querer girar. Forcé, cedió con un crac. Me dio un vuelco el corazón.
Me quité los zapatos, puse la bolsa en el taburete, saqué el destornillador y traté de desmontar el bombín. Las manos me temblaban del cansancio, el lomo dolía. Dentro todo silencio, y de repente ese silencio pesaba.
Al día siguiente la cerradura se atascó del todo. Regresé tarde, con el bolso y la carpeta, y no logré abrir. Me apoyé contra el metal frío intentando no perder los nervios. En la cabeza, sólo: Cerrajero. Llaves. Dinero. Noche. Llamé al servicio de urgencias; dijeron que tardaría dos horas.
Dos horas sentada en las escaleras resultaron humillantes, no por los vecinos sino por mi propia impotencia. Me acomodé en el escalón, la bolsa al lado, mirando mis manos resecas, cuarteadas por los limpiezas; manos que siempre resolvían.
Se abrió el ascensor; salió Sergio. Me vio enseguida.
¿Doña Inés? preguntó, como asegurándose de no equivocarse.
Levanté la cabeza y sentí que me ardían las mejillas.
El bombín dije breve. Espero al cerrajero.
¿Mucho rato?
Dos horas, dijeron.
Sergio miró la puerta, luego mi bolso.
Tengo un kit, puedo probar, mientras espera. Si no sale, al menos sabremos. ¿Le parece bien?
Esas palabras ¿le parece bien? fueron importantes. No dijo déjeme, ni ¿qué hace aquí sentada?. Preguntó.
Quise responder no hace falta, gracias. Era lo habitual, lo seguro. Pero la espalda molestaba, el móvil se quedaba sin batería, y la idea de dos horas allí se volvía insoportable.
Pruebe, concedí, sorprendida de lo firme de mi voz.
Sergio fue a su piso y volvió con un maletín pequeño. Lo puso en el suelo, desplegó herramientas sobre un periódico del mismo maletín. Detalle automático: así no mancha el suelo. Huellas, orden, respeto por lo ajeno.
No soy cerrajero, avisó. Pero algo se de esto.
Retiró la tapa, guardó los tornillos en una cajita limpia. Yo, sentada en el escalón, bolso en brazos, sintiéndome rara: mi vida ahora era una zona común, y quizá no fuese tan malo.
Parece que la pieza interna está gastada, dijo. Se puede engrasar, pero mejor cambiarla. ¿Tiene copia de llave?
No titubeé. Nunca lo pensé.
Sergio asintió, sin juzgar.
En diez minutos la puerta cedió. No fácil, pero cedió. Entré en casa, encendí la luz y noté cómo la tensión se evaporaba. Me di la vuelta.
Gracias, le dije. Y añadí, pues dejarlo ahí sonaba cortante: Sólo preferiría que no se enterara todo el portal.
Sergio me miró.
Lo entiendo, no diré nada. Pero cambie el bombín. Le puedo pasar mañana el contacto de un buen cerrajero. No da la lata.
Le di las gracias de nuevo. Me alivió que no propusiera juntarnos todos para cambiarlo. Era discreto y concreto.
Ya solo en casa, cerré el cerrojo y me quedé escuchando el motor de la nevera. Sentí ganas de llorar y sonreír por igual: aquella ayuda no era como la compasión, sino como una herramienta que alguien te acerca justo cuando tienes las manos ocupadas.
Al día siguiente llamé al cerrajero que recomendó Sergio. Vino por la tarde, quitó el viejo, me mostró la pieza gastada, instaló uno nuevo. Pagué, recibí dos llaves, guardé una en una cajita arriba del armario, marcando repuesto con rotulador. Fue mi pequeño reconocimiento: sí, hay veces que uno no puede solo.
Una semana más tarde apareció nota nueva en el tablón: El sábado ayuda para don Pedro: llevarle la compra y medicinas; tras el hospital le cuesta. Se necesitan 2, de 11 a 12. Leí la nota y supe que podía hacerlo.
El sábado salí antes de casa. En la bolsa llevaba dos paquetes de galletas y té, no como limosna sino como excusa para entrar, sin las manos vacías. En el rellano ya esperaba Sergio.
¿También vienes? preguntó, sin sorpresa.
Sí, respondí. Pero que sea lo fácil, y sin charlas sobre salud, ¿vale?
Noté que lo dije con decisión. No excusa, no si puede ser, sino condición.
Hecho, dijo Sergio.
Subimos al piso de don Pedro. Abrió un señor mayor, cara pálida, jersey casero. Trató de sonreír.
¡Vaya auditoría! bromeó.
No, aclaré tendiéndole la bolsa. Le traemos la compra. Hay té y galletas.
Don Pedro agarró la bolsa con ambas manos, temiendo que se le cayera.
Gracias. Podía hacerlo yo Es que mis piernas
No hace falta decir podía, interrumpió Sergio suavemente. Díganos dónde lo prefiere.
Pasamos a la cocina. Coloqué la bolsa en la mesa, vi la lista de medicamentos y la caja vacía de pastillas. No hice preguntas, sólo ofrecí:
¿Quiere que saque la basura?
Si no le importa respondió, algo avergonzado.
Cogí la bolsa pequeña, la até y la dejé en las escaleras. Al regresar, descubrí que la espalda casi no me dolía. No porque se hubiera ido el dolor, sino porque todo era más ligero por dentro.
Al salir, don Pedro intentó darle dinero a Sergio.
No hace falta, dijo Sergio.
Entonces miró hacia mí. Pasa cuando quieras. No muerdo.
Asentí.
Cuando haga falta, volveremos. Pero usted tampoco sea héroe. Si necesita, escríbalo en el tablón.
Dicho eso, sentí un nudo de certeza: ya podía hablar, como Sergio. Sin superioridad ni sumisión, sino al lado.
Al final del día me detuve ante el tablón. Alguien había dejado un paquete de chinchetas y una libreta pequeña. Saqué mi bolígrafo y escribí con cuidado: Piso 4ºD. Inés García. Si alguien lo necesita: puedo ir entre semana a la farmacia o recoger un paquete después de las 19h. No llevo peso. Prendí la hoja, comprobé que aguantaba, guardé el bolígrafo en el bolso.
En casa, puse el agua para el té y pasé la llave de repuesto a un sobre. En el sobre anoté el número de Sergio y lo dejé en el cajón de la entrada. No como dependencia, sino como permiso que me di a mí misma.
Cuando escuché una puerta cerrarse y pasos en el portal, ya no me sobresalté. Apagué la cocina, serví el té y pensé que una vez al mes no es cuestión de multitudes; es recordar que no hay que sujetarlo todo con una sola mano, si cerca hay otras manos dispuestas. Esto lo aprendí por fin.







