Una tigresa herida llevó a su cachorro al guardabosques, suplicándole que salvara al pequeño

En un pueblecito escondido entre las frondosas montañas de Castilla, la vida transcurría con la calma de quien conoce cada piedra del camino. Javier, el guardabosques, llevaba décadas cuidando aquellos parajes junto a su mujer, Leonor. Sus hijos ya vivían lejos, en la ciudad, y las visitas eran escasas. Los días se sucedían sin grandes sobresaltos, entre el rumor del viento en los robles y el canto de los pájaros al amanecer.
Aquella tarde, sin embargo, el bosque guardaba un silencio inquietante. Javier notó un movimiento entre los matorrales y, al levantar la vista, se encontró frente a un espectáculo inesperado: una loba ibérica, majestuosa pero con una pata ensangrentada, lo observaba sin emitir un solo sonido. No había agresividad en su mirada, solo una quietud insistente. Tras unos segundos, la loba dio media vuelta y se adentró entre los árboles, pero regresó al instante con un cachorro entre sus fauces.
El lobezno era pequeño, débil, con el pelaje húmedo y los ojos apenas abiertos. La loba lo depositó con delicadeza ante Javier y clavó en él sus ojos dorados, como diciendo: *Ayúdalo*.
Javier intercambió una mirada con Leonor. No hicieron falta palabras. Prepararon un rincón en el establo, abrigado con paja y mantas, y llamaron al veterinario de la comarca. El hombre, incrédulo al principio, prometió acudir al día siguiente. Mientras, Javier limpió la herida del cachorro con agua y hierbas, igual que había visto hacer a los pastores de la zona.
La loba no se marchó. Se quedó al borde del claro, entre las sombras de los árboles, vigilando. Al llegar el veterinario, examinó al pequeño, le administró medicinas y dejó instrucciones precisas. Volvió cada semana, y poco a poco, el lobezno fue cobrando fuerza. Jugueteaba con trapos viejos y seguía a Javier como si fuera su propia madre.
Dos semanas después, al romper el alba, la loba regresó. Avanzó sin ruido hasta el establo, donde el cachorro, al reconocerla, emitió un gemido de alegría. Leonor y Javier retrocedieron, permitiendo que madre e hijo se reunieran. La loba olfateó a su cría, la lamió con ternura y, sin prisa, la guió de vuelta al bosque.
A la mañana siguiente, Javier encontró junto a la puerta un conejo recién cazado, intacto. No hubo duda: era un regalo. En las semanas siguientes, aparecieron más presas cerca de la casa, siempre colocadas con cuidado. Javier sonreía al mirar hacia el bosque, sabiendo que los animales no dan las gracias con palabras, pero sí con actos.
Desde entonces, cuando paseaba por el monte, sentía a veces una presencia entre los árboles. No era una amenaza, sino una compañía silenciosa. Y en lo más hondo del bosque, sabía que aquella loba recordaría siempre que, cuando más lo necesitó, el hombre no le volvió la espalda.
La lección quedó clara: la bondad, incluso entre especies distintas, siempre encuentra su manera de ser correspondida.

Rate article
MagistrUm
Una tigresa herida llevó a su cachorro al guardabosques, suplicándole que salvara al pequeño