Una tigresa herida llevó a su cachorro al guardabosques, suplicándole que salvara al pequeño

En un pueblecito escondido entre las frondosas montañas de Castilla, la vida discurría lenta como el curso del río Duero. Álvaro, el guardabosques, llevaba décadas viviendo allí con su mujer, Leonor. Conocía cada recoveco del monte, cada atajo entre los robles, y ya nada le sorprendía en aquella rutina serena. Su hija y su nieta apenas les visitaban, así que los días pasaban todos igual, marcados por el tañir de las campanas de la iglesia.
El bosque, que empezaba tras el corral, solía bullir de cantos de pájaros y crujidos de hojas, pero aquel día reinaba un silencio espeso. Álvaro divisó de soslayo algo que se movíauna sombra poderosa. Alzó la vista y se quedó clavado en el suelo. Ante él, inmóvil, había una tigresa.
No gruñía ni se abalanzaba. Solo le miraba con ojos dorados. Se notaba que arrastraba una pata herida, manchada de rojo. Parecía estar esperando. Tras unos instantes, dio media vuelta y se perdió entre los árboles, pero volvió al poco, llevando entre sus fauces un cachorro.
Era pequeño, enclenque, casi sin fuerzas para sostenerse. La tigresa lo depositó con cuidado a los pies de Álvaro y le clavó la miradaserena pero firme. Como diciendo:
Haz algo.
Álvaro observó al cachorro, desconcertado. Sabía que abandonarlo sería condenarlo.
Leonor se acercó en silencio. Se miraron. No hicieron falta palabras.
Prepararon un rincón en el pajarcálido, resguardado del cierzo. Llamaron al veterinario de la comarca, que al principio no daba crédito, pero prometió venir al amanecer. Mientras, Álvaro vendó como pudo la pata del pequeño.
La tigresa no se fue del todo. Permaneció al borde del bosque, entre las sombras, vigilando cómo cuidaban de su cría.
Al día siguiente, llegó el veterinario. Examinó al cachorro, le puso sus vacunas y dejó indicaciones. Volvió una semana después, y luego otra. Poco a poco, el animalillo fue recobrando fuerzas.
Pasaron quince días. El tigre pequeño ya correteaba por el pajar, jugando con trapos viejos y trozos de cuerda. Álvaro y Leonor lo cuidaban como si fuera suyo, aunque sabían que su lugar no estaba allí.
Y una madrugada, cuando el sol apenas doraba las cumbres, ella regresóla tigresa. Sin hostilidad, sin miedo. Se acercó con lentitud hasta el pajar. El cachorro la reconoció al instante y emitió un ronroneo.
La madre lo olisqueó, lo lamió, y después, con un movimiento suave, lo cogió entre los dientes y se lo llevó entre los árboles.
A la mañana siguiente, Álvaro salió al corral y se quedó helado. Junto a la valla, colocado con esmero, había un conejo recién cazado. No hubo duda de quién lo había dejado.
Y no fue el único. Durante semanas, aparecieron más “regalos” junto a la casa: liebres, perdices, incluso un jabalí pequeño.
Álvaro asentía hacia el bosque, agradecido. Sabía que las bestias no dicen “gracias” con palabras. Pero en su mundo, aquello era el mayor gesto de gratitud.
Desde entonces, cuando Álvaro paseaba por el monte, sentía a menudo una presencia entre los matorrales. No era una amenaza, sino una vigilancia serena. Y en algún lugar, entre las encinas, seguía aquella que recordaba cómo un hombre no le volvió la espalda cuando más lo necesitaba.

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Una tigresa herida llevó a su cachorro al guardabosques, suplicándole que salvara al pequeño