Una señora conocida está sufriendo: su hijo quiere casarse con una chica que no es de nuestro entorn…

Hoy he sentido mucha empatía por una conocida mía: su hijo ha decidido casarse con una chica que no es de nuestro ambiente. La entiendo perfectamente, yo también tengo hijos y seguro que lo pasaría fatal Pero a la vez no dejo de acordarme del caso de Carmen Díaz.

El hijo de Carmen fue tajante: Esta es Lucía y ya nos hemos casado. La familia de Carmen es de las de solera: doctoras, catedráticos, una prima bailarina en el Ballet Nacional, un cuñado ingeniero jefe, una crítica literaria conocida, un cardiólogo reputado y así podría seguir.

Pero llegó Lucía, una muchacha de origen dudoso y, desde luego, de modales regulares. Su padre ni se sabía dónde estaba, la madre era vaquera en un pueblo de León (¡vaquera, ni más ni menos!), estudios: ciclo formativo de pintura y albañilería, sin belleza ni distinción. Vamos, que la vida parecía querer reírse de Carmen, apuntó y dio en el blanco.

Eso sí, Lucía era discreta; no se le oía ni se le veía, sólo algún susurro en el pasillo mientras recogía algo.

Ya verás, Carmen, me decía mi amiga Pilar, dale tiempo y vas a acabar llorando, que cuando se hagan con la casa…

En otoño, el hijo se marchó de estancia de trabajo a Estados Unidos. ¡Y yo que solo de pensarme a la muchacha revoloteando por la casa, no entraba ni ganas de volver a mi casa! Eso confesaba Carmen a Pilar entre suspiros.

Cuando fue Nochevieja, el hijo regresó; en marzo anunció tres cosas: que en Estados Unidos le habían ofrecido contrato; que allí había conocido a Nicole; que el jueves se divorciaba de la albañila y el viernes se iba, que no se preocupara, que llamaría a menudo.

Carmen lloró, le despidió con un abrazo y una mano al aire.

La pobre Lucía recogía sus cosas: una bolsa de viaje y otra del supermercado, todo su patrimonio. Iba con aspecto de perrilla apaleada. Carmen, conteniendo el orgullo, le preguntó:

¿Tienes dónde ir?
Dentro de un mes se libera una cama en la residencia; mientras, las chicas de mi sala me dejan el catre.

Carmen la miró, pensó para sus adentros y le soltó:
Pues ya te irás en un mes, por ahora desempaca.

Se sintió idiota, y la propia Pilar se lo confirmó con un gesto.

Por las mañanas, Lucía salía a la obra; volvía por la noche hecha polvo, toda ojerosa. Intentaba darle dinero por la estancia, asegurando que tenía buen sueldo.

Tres semanas después, Carmen cayó enferma de repente y de gravedad: mes y medio hospitalizada, estuvo a punto de no contarlo.

El hijo llamó un par de veces, animándola:
Mamá, tú aguanta. Te he mandado una foto con Nicole y las cataratas del Niágara.
Nicole, sinceramente, ni fu ni fa. No sé si merecía la pena todo esto.

Pilar, con su vida y sus líos, iba poco al hospital. Lucía, en cambio, le llevaba caldos y jugos a la clínica, le cocinaba croquetas de pollo al vapor, insistiéndole en que se acabara una cucharada más.

Pilar, desconfiada, decía:
Esto de tanto samaritanismo me huele raro, ¿no estará ya empadronada en tu casa? ¿No te habrá vaciado los ahorros? ¿Seguro que no quieres una croqueta? Que vengo muerta de hambre de la oficina

Cuando dieron el alta a Carmen, Lucía la llevó a casa, la subió al piso y, sin apenas entrar, se despidió fugaz: que andaba con prisa.

Todo estaba limpio, reluciente. En la mesa, una nota:
Doña Carmen, gracias. Hay comida en la nevera. Que se recupere. L.

Comprobó sus ahorrillos. Todo intacto. Miró la habitación del hijo: ni rastro de la chica, como si nunca hubiera estado ahí.

Una semana después, Carmen pasó por los interminables pasillos de la residencia y llamó a la puerta: tres literas, una mesa y una camita plegable. Le soltó:

Cuando te compres tu propio piso, entonces te podrás ir. Por lo pronto, recoge que nos vamos, el taxi está esperando y no está la cuenta para bromas.

En septiembre fueron juntas a comprarle un abrigo de entretiempo: le daba vergüenza verla con lo que tenía. También unos botines decentes. En un centro comercial se toparon con Pilar, siempre con sus comentarios:

Ahora buenas criadas no se encuentran ni pagándolas, y a ti encima te sale gratis, Carmen, ¡qué arte tienes!

Que no es mi criada, es mi nuera. Anda, Lucía, que vamos a ver una maleta y unos pantalones, y yo quiero mirar una bufanda.

Carmen va y suelta con orgullo:
El dinero para la entrada del piso lo juntó ella sola, no me pidió ni un euro. El piso ya casi está terminado, anda buscando papel pintado. Apenas le queda tiempo, porque trabaja como una burra; el otro día, se quedó dormida sentada mientras yo servía el té.

Y ahí le dio por preocuparse en serio. Pienso, esta muchacha joven, guapa, apañada y ahora hasta con piso Lucía es muy lista, sí, pero hasta los listos se dejan engañar por algún bobo o sinvergüenza, de esos que no son de nuestra gente No lo puedo evitar, me quita el sueño, ojalá no tropiece con alguien que no merece la penaAquella tarde, Carmen se plantó en el minúsculo piso en obras, llevando una bolsa de rosquillas, un metro y una libreta. Lucía la recibió con una sonrisa torpe y la frente manchada de cal, pero con los ojos brillando como no la había visto nunca.

Mientras midían paredes y hojeaban muestrarios de papel pintado, Carmen se sorprendió enumerando los consejos que habría dado a una hija. Lucía asentía en silencio, apuntando todo con una letra apretada y menuda, agradeciendo siempre, sin pedir jamás.

Aquel día, tomando el último sorbo de café en una taza con desconchados, Carmen se dio cuenta de que la vida, tan terca, no se deja organizar por linajes ni retratos familiares, y entendió de golpe por qué Lucía cabía en su casa de una forma imposible de explicar a Pilar, ni siquiera a su propio hijo, ni a nadie del mundo. Es que, sencillamente, Lucía ya era de la familia.

Le apretó la mano, la miró a los ojos y, sin más protocolo ni solemnidad, murmuró bajito, casi avergonzada:

A ver, hija, ¿quién te enseñó a hacer esas croquetas tan buenas?

Lucía la miró sorprendida, pero enseguida sonrió, como si justo entonces acabara de estrenar la vida, y juntas, entre risas tímidas y planes con olor a pintura fresca, comenzaron a elegir el papel pintado más bonito del mundo, para la casa más nueva que nunca pensaron compartir.

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