¡Una señal de que llevaba demasiado tiempo sentado! Los anfitriones empezaron a limpiar en plena fiesta

Cuando las personas son amigas entre sí, como un buen matrimonio de los de antes, tarde o temprano surgen desacuerdos. Cuantos más sean, más discusiones, malentendidos y pequeños resentimientos aparecen, como sombras que se deslizan silenciosas entre las palabras.

Recuerdo que una vez una amiga mía, de nombre Nuria, me relató cómo celebraron el fin de año con su grupo de amigos en Madrid. Normalmente, tres familias se reunían siempre en la casa de una de ellas, compartiendo la alegría y la mesa, pero aquel último año, una familia decidió que prefería irse a casa de los padres, al otro lado del río Manzanares.

Así que las dos familias que quedaron optaron por alternar: una parte de la noche la pasaron en la casa de una y otra parte en la de la otra, cruzando de un barrio a otro como navegantes en un mar de techos y sueños. Todo lo necesario lo había puesto el grupo en común, cada uno aportando para la compra de tapas, turrones y bebidas; pusieron euros en una hucha improvisada que parecía no tener fondo.

Se juntaron con sus hijos, pequeños duendecillos que corrían de un lado a otro, y compartieron mesa hasta la medianoche. En el reloj empezaron a sonar las campanadas, y todos comieron las uvas, pero al poco, ocurrió algo extraño: los anfitriones de la primera casa se pusieron a recoger platos, guardaron las sobras en la nevera, se oyeron los cubiertos tintineando como campanillas y, de repente, apareció el sonido del aspirador, arrastrando migas y recuerdos, mientras las sillas se apartaban como si bailaran un vals al revés. Al principio nadie entendía qué pasaba, pero aquel zumbido era como un código secreto, un mensaje críptico de que la fiesta había terminado en aquel salón. Ya no era hospitalidad, sino algo gris, casi frío, como una mañana de enero.

Curiosamente, después, cuando se trasladaron todos a la otra casa, en el barrio de Chamberí, nadie tenía prisa, ni había señales extrañas. Se quedaron hasta el amanecer, hablando, riendo, comiendo lo que quedaba y bebiendo copas de cava. Todo era cálido y sin prisas, como si el tiempo se hubiera detenido entre las persianas medio bajadas.

Quizá el aspirador le hizo un favor a mi colega, pensaba Nuria, porque en el fondo, él es simplemente un hombre con mucho saber estar. Aunque en los sueños y las fiestas de Madrid, la buena educación a veces tiene formas de lo más surrealistas.

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