Una semana cuidando a mi nieto se convirtió en meses de limpiezas y diligencias

Hoy escribo esto con el peso de los días en el pecho. Mi hija me pidió que viniera una semana a cuidar a mi nieto mientras ella preparaba sus exámenes. Claro que dije que sí. ¿Qué madre no lo haría? Mis amigas me advertían: “Marisol, ¿te faltan ocupaciones? Si empiezas, no te librarás”. Pero ¿cómo negarme? Es mi hija. Es mi sangre.

Llegué a su pequeño piso en Vallecas con una maleta y el corazón lleno de buenas intenciones. Pero pronto entendí: no solo necesitaban una abuela, sino también una cocinera, una limpiadora y, por supuesto, una niñera gratis. Mi yerno pasaba el día fuera, trabajando, y mi hija, enfrascada en los libros. Mientras, yo cargaba con todo: fregar los platos (porque el lavavajillas llevaba meses roto), lavar la ropa, barrer, cocinar…

“Bueno”, pensé, “será solo una semana”.

Pero una semana se convirtió en dos, luego en tres, y de pronto, había pasado un mes. Mi hija aprobó los exámenes, pero enseguida empezó a buscar trabajo. ¿Y yo? Seguí allí. ¿Cómo irme si el niño era tan pequeño? Nadie me pidió que me quedara, pero nadie me dijo que me fuera. Simplemente, asumieron que estaba allí para servir.

Sin embargo, con los días, noté sus miradas torcidas. Primero, porque la paella no les gustó. Después, porque colgué la chaqueta de mi yerno donde no debía. Hasta que, sin decirlo, dejé de ser bienvenida.

En mi casa de Carabanchel tengo mi vida: mis macetas de geranios, mis cuadernos de punto, mis novelas viejas. Pero aquí, en su salón estrecho, solo soy una sombra útil. Nadie me dice: “Mamá, gracias”. Ni siquiera: “Tómate un descanso”. Solo murmullos y caras largas cuando creen que no los veo.

A veces, en la cama del niño, pienso: “¿Así será siempre?”. Pero soy madre. Soy abuela. No me rendiré. Aguanto, esperando que un día mi hija me diga: “Sin ti, no habríamos salido adelante”. O que mi yerno, al menos, me ofrezca un café de verdad, no ese sobre aguado que toman por prisa.

El silencio duele más que el cansancio. Quizás son jóvenes, quizás no entienden aún lo que cuesta cuidar a una familia. Pero yo sigo aquí. Porque el amor de una madre no tiene fecha de caducidad. Y porque, aunque duela, prefiero creer que algún día entenderán que el cariño no se mide en horas, sino en gestos.

Tal vez sea necia. Pero si algo he aprendido, es que la esperanza es lo último que se pierde… aunque a veces pese como una losa.

Rate article
MagistrUm
Una semana cuidando a mi nieto se convirtió en meses de limpiezas y diligencias