A una semana del 8 de marzo, apenas logré salir del juzgado. Las lágrimas me cegaban. Solo una frase retumbaba en mi cabeza: ya no sois marido y mujer.
¿Por qué me hizo esto? ¿Qué he hecho yo para merecer tal castigo?
Me casé con apenas 18 años. Fue un amor apasionado, noches en vela, la sensación de flotar en el aire más que de caminar por la tierra. Los cinco años que compartimos fueron maravillosos, y siempre sentí un amor inmenso. Me desvivía por él: le llevaba el desayuno a la cama, cocinaba solo sus platos favoritos, y la casa siempre estaba impecable.
Sin embargo, sus padres jamás me aceptaron. Repetían sin cesar que no era suficientemente buena para su hijo, que encontrarían para él una esposa mejor. Yo veía el efecto de estas palabras en mi marido: poco a poco notaba cómo cambiaba su actitud hacia mí, se volvía más frío y crítico.
Nuestro hijo entonces tenía cinco años. Al principio, mi marido lo adoraba y consentía, pero también empezó a tratarle con distancia. Estoy segura de que sus padres le metieron en la cabeza que el niño no era suyo, pese a ser su viva imagen. Mi esposo comenzó a pasar más tiempo en casa de ellos, hasta el punto de casi mudarse con sus padres. Y cada vez que regresaba a nuestro hogar, estaba siempre de mal humor, gritándome. Yo seguía esforzándome: cuidándome, cuidando del niño y de la casa.
Una tarde, llegó tan enfadado que, preso de la rabia, hasta se atrevió a pegarme. Me costaba creer lo que estaba viviendo, aunque aún guardaba una chispa de esperanza en que todo se arreglaría. Pero pronto él me dejó bien claro que estaba harto y que se iba. Abandonó a nuestro hijo y a mí. Le supliqué que recapacitara, que no destruyera nuestra familia, pero se negó a escucharme.
A pesar del divorcio, yo seguía amándole y no sabía vivir sin él. A día de hoy, lo único que pasa es una pensión mínima para el niño, que encima exige justificar con cada tique lo que gasto; incluso para una barra de pan tengo que enviarle el recibo. Es humillante pedir dinero a un hombre que muestra tan poco interés por su propio hijo.
Mi ex marido casi no ve a nuestro hijo. Cuando se lo lleva, solo es por unas horas o un par de días, y nuestro hijo ya tampoco quiere verle, nota el desprecio y frío de su padre. Él, por su parte, piensa que yo manipulo al niño en su contra. La realidad es que no consigo asumir nuestra ruptura y sigo llorando día tras día. Desde que nos separamos he adelgazado mucho y la tristeza se ha convertido en mi compañera. A veces grito a mi hijo, aunque sé que está mal.
¿Cómo seguir adelante cuando siento que se me rompe el corazón? Todos los días visito el perfil de mi ex marido en las redes sociales, sigo cada paso de su vida. Así me enteré de que piensa casarse con otra, lo que me hundió aún más.
Entiendo por qué ya no nos visita y por qué nuestro hijo tampoco quiere verle. Mi cabeza sabe que lo nuestro terminó, pero el corazón se resiste a aceptarlo. Ahora sé que la vida a veces da giros bruscos y que nadie va a quererme si yo no me quiero primero. Quizá ese sea el primer paso para volver a vivir.







