Una semana antes del 8 de marzo apenas conseguí salir corriendo de la sala del juzgado. Las lágrimas me cegaban. Solo podía pensar en una frase que resonaba en mi cabeza: “Ya no sois marido y mujer”. ¿Por qué me ha hecho esto? ¿Por qué merezco semejante castigo?

Diario, 1 de marzo

Hace solo una semana, apenas tuve fuerzas para salir corriendo de la sala del juzgado en la Plaza de Castilla, lágrimas empañando mi vista. Una frase martilleaba en mi mente sin cesar: ya no sois marido y mujer. ¿Por qué me ha hecho esto? ¿Qué he hecho yo para merecer este castigo?

Recuerdo que me casé siendo solo una jovencita de 18 años. Me enamoré locamente, con esa pasión arrolladora que no te deja dormir, sintiendo que, en vez de vivir, flotaba por encima del suelo. Pasamos cinco años felices, o eso creía yo. Siempre me desvivía por él: al amanecer le llevaba el desayuno a la cama, cocinaba solo lo que más le gustaba, mantenía la casa impecable y me esmeraba en todo.

Sin embargo, nunca conté con la aprobación de sus padres. Desde el principio me dejaron claro que no era suficiente para su hijo y que, tarde o temprano, él encontraría a alguien mejor. Pude ver cómo sus palabras calaban en Álvaro. Poco a poco, noté cómo se distanciaba de mí, cómo su mirada y su tono se volvían cada vez más fríos y críticos.

Nuestro hijo Pablo tenía entonces cinco añitos. Al principio, Álvaro lo adoraba, lo colmaba de cariño y caprichos. Pero todo fue cambiando, sobre todo desde que mis suegros sembraron la indecente duda de que Pablo no era suyo (cuando cualquiera puede ver que son idénticos). Desde entonces, Álvaro comenzó a pasar más tiempo en casa de sus padres en Chamberí, hasta casi instalarse allí. Cuando regresaba, lo único que encontraba en él eran reproches y broncas. Yo solo intentaba mantener nuestro hogar y mi dignidad.

Nunca olvidaré aquella tarde en la que, fuera de sí, me levantó la mano. La incredulidad me atenazó, pero aún entonces creía que todo podría solucionarse. Poco después, sin miramientos, me anunció que estaba harto de nosotros y que se marchaba. Nos abandonó a Pablo y a mí. Supliqué, le rogué que recapacitara, que no destruyera nuestra familia, pero fue en vano.

Sigo amándolo, aunque ya estemos divorciados. No sé cómo imaginarme una vida sin él. Paga una pensión mínima 150 euros y aún exige justificantes por cada céntimo gastado. Si compro una barra de pan en la panadería del barrio, tengo que mandarle el ticket por WhatsApp. Humillante. No siento que tenga el menor interés por Pablo ni por ayudarle en nada.

Rara vez ve a su hijo; y cuando por fin se lo lleva un día, Pablo vuelve triste, notando la frialdad de su padre. Él siempre me acusa de poner a su hijo en su contra, cuando solo intento protegerlo del dolor. La verdad es que no sé si podré soportarlo mucho más tiempo. Desde que todo esto ocurrió, he adelgazado, me paso las noches llorando y el médico dice que tengo depresión. A veces pierdo la paciencia y le grito a Pablo, aunque luego me torturo pensando que no tiene culpa de nada.

¿Cómo se sigue adelante cuando el corazón sangra tanto? Todos los días reviso las redes sociales de Álvaro, vigilando su vida, aunque sé que nada bueno puede salir de eso. Así me enteré de que está pensando en casarse con otra. Sentí un pinchazo en el alma imposible de describir.

Ahora comprendo por qué apenas se pasa por aquí y por qué Pablo ya casi ni pregunta por él. Mi cabeza me dice que esto se ha acabado, pero mi corazón sigue luchando. ¿Cómo se aprende a vivir con este dolor?

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MagistrUm
Una semana antes del 8 de marzo apenas conseguí salir corriendo de la sala del juzgado. Las lágrimas me cegaban. Solo podía pensar en una frase que resonaba en mi cabeza: “Ya no sois marido y mujer”. ¿Por qué me ha hecho esto? ¿Por qué merezco semejante castigo?