Mira, te voy a contar algo que me dejó pensando un buen rato de esas historias que te remueven por dentro. Resulta que había una mujer, Carmen, que llevaba mucho tiempo mal con su marido, Ricardo. Apenas se hablaban, la relación se había enfriado muchísimo, y la casa en Madrid parecía ya solo un sitio donde convivían dos desconocidos. Un día, Carmen tuvo una parada cardiaca. En ese límite entre la vida y la muerte, se le apareció un ángel y le dijo que todavía no podía entrar al cielo, que aún tenía cuentas pendientes, cosas buenas por hacer en la tierra.
Carmen aceptó volver, aunque solo fuese por unos días. Cuando llegó de nuevo a casa, notó el silencio de siempre. Ricardo ni la miró, dormía ya desde hacía meses en el sofá y ella llevaba mucho tiempo sin cocinarle nada. Pero lo vio planchando una camisa para el trabajo y pensó: Le voy a sorprender.
En cuanto él salió de casa, se puso a lavar y plancharle toda la ropa. Cocinó un cocido madrileño riquísimo, puso flores frescas y encendió unas velas en la mesa. Además, le dejó una nota sobre el sofá:
Creo que dormirías mucho mejor en la cama que antes era nuestra. En esa cama donde, fruto del amor, nacieron nuestros hijos. Donde tantas noches nos abrazábamos y encontrábamos la calma. Ese cariño sigue ahí y nos espera. Si eres capaz de perdonarme mis errores, te espero allí esta noche.
Tu esposa
Pero mientras escribía la última línea, Si eres capaz de perdonarme mis errores, sintió una rabia tremenda: ¿Pero qué hago yo disculpándome? ¿No era él el que llegaba de malas cuando le despidieron de la fábrica? ¿No tuve yo que apañarme con los pocos ahorros y aguantar sus gritos y su mal humor? Se pasaba el día bebiendo y callando a los niños y cuando le decía algo, más bronca. ¿Y ahora la que tiene que pedir perdón soy yo?
Rompió la carta con furia. En ese momento oyó de nuevo la voz del ángel: Carmen, solo te faltan unos pocos actos de bondad.
Suspiró, se sentó y pensó: ¿De verdad merece la pena? Finalmente, volvió a escribir la carta, pero esta vez aún más sincera y cálida:
No entendía nada. No veía tu miedo el día que perdiste el trabajo, después de tantos años creyendo que nada cambiaría. Imagino el terror que sentiste. Recuerdo cuando hacías planes para la jubilación y me limitaba a exigirte que fueras taxista, aunque no te hacía ilusión. Recuerdo la noche en que destruí tus cartas y quemé tus lienzos, aquellos cuadros tan bonitos que pintabas. Yo también tenía miedo. Solo me sentía segura cuando trabajabas en aquella fábrica, y no vi tu sufrimiento. Te pido perdón, mi amor. Prometo que todo va a ser distinto. Te quiero.
Tu esposa
Cuando Ricardo llegó del trabajo, el ambiente olía distinto. Había comida caliente, velas en la mesa y su disco favorito sonando bajito. Y ahí, sobre el sofá, vio la carta. Carmen salió de la cocina con la bandeja y lo encontró llorando como un chiquillo. Dejó la comida, fue a abrazarlo y los dos rompieron a llorar juntos. No hacía falta decir nada. Ricardo la tomó entre brazos, la llevó al dormitorio y volvieron a quererse como el primer día.
Después cenaron juntos, se rieron recordando anécdotas de sus hijos de pequeños, y cuando ella fue a recoger la cocina, miró por la ventana y vio al ángel sentado en el jardín. Salió corriendo, aún con lágrimas en los ojos: Por favor, déjame quedarme un poco más, quiero ayudarle a volver a pintar, a recuperar lo que destruí Prometo que pronto será feliz, y entonces me iré contigo.
El ángel le sonrió: Carmen, ya no hace falta que te lleve a ninguna parte. Ya estás en el cielo. Te lo has ganado. Pero no olvides nunca el infierno perdido en el que vivisteis, porque a veces el paraíso está mucho más cerca de lo que piensas.
En ese momento, oyó la voz de Ricardo desde la casa: Cariño, hace fresco, ven a la cama. Mañana será un nuevo día. Ella pensó: Eso es gracias a Dios, mañana será un nuevo día.
Y mira, después de esto, no pude evitar preguntarme cosas: Tú, que te quejas de lo que no tienes, ¿te has parado a pensar cuánto das tú a los demás? Tú, que sufres, ¿te has preguntado cuántas veces provocas el sufrimiento en otros? Tú, que criticas la ignorancia ajena, ¿te fijas en la tuya propia? Tú, que juzgas los fallos de todos, ¿ves los tuyos? Tú, que presumes de ser amigo sincero, ¿lo eres contigo mismo? Tú, que te quejas de lo que falta, ¿has contado todo lo que ya tienes? Tú, que criticas el mundo, ¿haces algo para cambiarlo? Tú, que sueñas con el cielo, ¿qué haces para aliviar el infierno de aquí? Tú, que te dices humilde, ¿lo eres de verdad? Tú, que condenas el mal, ¿siembras tú algo bueno? Tú, que te quejas de la frialdad de otros, ¿das tú el cariño que esperas? Tú, que temes la pobreza, ¿aprovechas bien lo que tienes? Tú, que te duele lo que pincha, ¿te dedicas a plantar rosas? Tú, que temes la oscuridad, ¿enciendes alguna luz? Tú, que solo piensas en ti, ¿cuánto cuidas de los demás? Tú, que te sientes insignificante, ¿luchas por crecer? Tú, que temes la soledad, ¿das tu compañía a alguien? Tú, que temes la enfermedad, ¿te cuidas de verdad? Tú, que quieres paz, ¿trabajas por ella?
Piensa, de verdad, que quizás el cielo está a la vuelta de la esquina y ni nos damos cuenta.




