Una nueva familia vale más que la antigua —Mamá, conoce a Lidia, mi prometida —anunció Arturo nada más entrar, abrazando con cariño a la tímida chica—. Hoy hemos ido juntos al registro civil a poner la solicitud de matrimonio. —Enhorabuena —respondió Raísa algo aturdida, secándose las manos con el paño, justo cuando acababa de terminar de preparar la cena—. Vamos, pasad, ¿qué hacéis ahí en la puerta? La mujer se quedó sorprendida de manera poco agradable. Arturo era su orgullo, su razón de ser… Un chico bueno, siempre educado y obediente, ¡y ahora esto! La pone ante el hecho consumado de que se casa. A Raísa le dolió profundamente enterarse la última de semejante noticia. ¿Acaso es un animal al que no se le puede confiar la ilusión de su hijo por formar una familia? Al contrario, se alegraría por él y le ayudaría con la boda… —Mamá, perdona por no haberte contado nada antes —dijo el chico, abrazándola con cierta incomodidad—. Ha pasado todo muy deprisa… Me he enamorado como un chiquillo, a primera vista y para siempre. —¡Pero si aún eres un chiquillo! ¿Acaso veinticinco años es edad? —sonrió Raísa, ocultando el enfado—. Mejor hablemos de futuro. ¿Dónde vais a vivir? —De momento aquí, si no te importa —exhaló aliviado Arturo, viendo que su madre no se molestaba—. Más adelante buscaremos algo. —¿Por qué iba a importarme? —incluso se sorprendió la mujer ante la pregunta—. Tenemos un piso grande, hay sitio de sobra para todos. La chica, que había esperado discretamente en la puerta, sonrió complacida, aunque enseguida adoptó un gesto más neutral. Su principal objetivo ahora era agradar a la madre de su prometido, ya habría tiempo para mostrar carácter tras la boda. ****************************************** La boda fue una celebración en toda regla. Raísa, por su querido hijo, tiró la casa por la ventana y hasta vació los ahorros que tanto protegía. Incluso les pagó el viaje de novios al Mediterráneo, para que descansaran a gusto. Pronto no tendrían tiempo para ello porque Lidia anunció su embarazo. No es que Raísa no aprobara la elección de su hijo… Es simplemente que la chica le resultaba sospechosa: todo lo aceptaba, siempre respondía con una sonrisa dulce… La hermana de Raísa, Marina, se reía de sus quejas. —¡Da gracias de que te tocó una nuera así! Y sobre cómo se comporta… espera. En cuanto se sienta dueña, verás cómo cambia —luego se puso seria—. No le pierdas el ojo, si tienes ese presentimiento. Vete tú a saber cómo es en realidad. Ante Arturo puede hacer de ángel, pero igual resulta ser todo lo contrario. Las palabras de Marina fueron casi proféticas. Nada más conseguir el ansiado libro de familia, Lidia cambió radicalmente. Aprovechando que Arturo dedicaba mucho tiempo al trabajo, empezó a hacerle la vida imposible a Raísa. Se atrevía incluso a decirle que las extrañas sobraban en su nido familiar. Raísa casi se cae de la silla la primera vez que lo escuchó. ¡Precisamente ella, la extraña! Aquella misma noche fue a pedirle a su hijo que pusiera firme a la nuera. —Mamá, es que la has entendido mal —le contestó Arturo, sin creer que su mujer pudiera decir algo así—. Es buena, cariñosa, ¡y además, la mejor del mundo! Lidia, al oír a su marido, esbozó una sonrisa satisfecha. Todo salía según su plan. A los pocos días, la chica recibió a su marido llorando. Decía que tenía miedo de quedarse sola en casa con Raísa; que incluso había intentado matarla. —Ya sabes —sollozaba— que tengo una alergia terrible a la miel. Hoy no podía dormir y quise ayudar a tu madre con el desayuno. Cuando entro en la cocina, ¡la veo echando miel en la masa de las tortitas! ¡Me da miedo! Arturo explotó y fue a exigirle explicaciones a su madre. Gritó que ya no era un niño, que quería elegir su vida, que no iba a permitir que nadie dañara a los que más quería… Raísa, pálida, no comprendía el motivo del drama. Toda pregunta suya era respondida con hostilidad y aún más enfado. Sintió un fuerte dolor en el pecho, apenas logró sacar su medicina temblando, pero Arturo ni se enteró y siguió gritando. Raísa no pudo más, cogió la chaqueta y fue a casa de Marina. No entendía qué había hecho mal, por qué su hijo le trataba así… No podía parar de sufrir y sentirse dolida. Apenas llegó cerca del portal de Marina, se sintió cada vez peor y, finalmente, cayó desmayada. ****************************************** Dos semanas habían pasado desde el entierro de Raísa. Arturo andaba como ausente, lleno de remordimientos. Lidia intentaba consolarle ofreciéndole un vaso de agua. —Cariño, sé que lo estás pasando fatal, pero tienes que pensar en los que estamos vivos —le decía, acariciando su ya evidente tripa—. Verte así me hace sentirme peor. Arturo guardaba silencio y eso ponía de los nervios a la chica. Su plan había funcionado, aunque no planeaba que terminase así. Lidia esperaba arreglarlo con la vivienda, simplemente que cambiasen la titularidad… Pero, siendo sinceros, esto hasta le venía mejor. De repente se abrió la puerta. Marina entró usando sus propias llaves. —¿Cómo os atrevéis a entrar en nuestra casa como si nada? —gruñó Lidia, fulminándola con la mirada. —Pues precisamente he entrado en mi casa —replicó Marina con cierta sorna—. ¿Acaso no lo sabías? Este piso es mío. El vaso se le cayó a Lidia de la mano. ¿Cómo era posible? ¡Tanto tiempo perdido por conseguir ese piso para nada! —Arturo, ¿qué significa esto? —le preguntó en tono histérico. —Lo que pone —dijo él sin emoción—. Mamá llevaba mucho tiempo ahorrando para comprar el piso a tía Marina… —¡Y se lo gastó todo en vuestra boda! —remató Marina—. Yo pensaba dejaros el piso a vuestro futuro hijo, pero ya podéis olvidaros. Tenéis tres días para iros. Si no, llamaré a la policía. **************************************************** P.D. Arturo se quedó viviendo en el piso de su tía. Solo. Lidia hizo las maletas esa misma noche y, asegurando que el niño no era suyo, se marchó.

Una nueva familia vale más que la antigua

Mamá, te presento a Inés, mi prometida anunció Álvaro en cuanto cruzó el umbral, abrazando dulcemente por la cintura a la muchacha ruborizada. Hoy hemos presentado los papeles para casarnos en el registro civil.

Enhorabuena atinó a decir Pilar, su madre, mientras se secaba las manos con el paño de cocina. Justo acababa de terminar de preparar la cena. Pasad, no os quedéis en la puerta.

Pilar no pudo evitar sentirse incómoda por la sorpresa. Álvaro era su orgullo, la razón de su vida Un chico bueno, educado y siempre atento, ¡y de repente aquello! Le estaba comunicando el matrimonio como un hecho consumado.

Le dolió profundamente enterarse la última. ¿Acaso ella era algún ogro incapaz de comprender el deseo de su hijo de formar su propia familia? Más bien al contrario, se habría alegrado por él, y le habría ayudado en todo con la boda.

Perdona, mamá, por no habértelo dicho antes dijo él, abrazando torpemente a Pilar. Todo ha pasado tan rápido Me he enamorado como un chaval. Desde el primer instante y para siempre.

Pero si sigues siendo un chaval, ¡a los veinticinco queda mucha vida! sonrió Pilar, esforzándose por ocultar su disgusto. Mejor hablemos del futuro, ¿dónde vais a vivir?

De momento aquí, si no te molesta respondió Álvaro, aliviado al ver que su madre no se enfadaba. Más adelante buscaremos algo.

¿Y por qué iba a molestarme? se sorprendió Pilar ante la pregunta. En este piso hay espacio de sobra para todos.

La joven, hasta ese momento silenciosa, esbozó una tímida sonrisa, aunque enseguida recuperó una expresión más neutral. Lo importante ahora era conquistar a la suegra. Ya habría tiempo de mostrar su carácter tras la boda.

******************************************

La boda fue por todo lo alto. Pilar no escatimó en nada por su querido hijo, vaciando los ahorros que guardaba con celo. Incluso pagó un viaje a Valencia a los recién casados, que se merecían un descanso en condiciones. Pronto no tendrían ocasión, pues Inés anunció que estaba embarazada.

En cuanto a la elección de Álvaro, Pilar no es que la rechazara solo que veía a la chica algo sospechosa. A todo asentía, siempre con esa sonrisa impostada

Su hermana, Carmen, se reía de esos recelos.

Date con un canto en los dientes por tu nuera, mujer. Aunque yo que tú, estaría al tanto. Ahora parece todo dulzura, ya verás cuando se sienta la dueña del piso Y aún así, si te da mala espina, no la pierdas de vista. Igual delante de Álvaro es un ángel, y cuando él se va, saca los cuernos.

Las palabras de Carmen fueron premonitorias. En cuanto tuvo el libro de familia en la mano, Inés se transformó. Como Álvaro pasaba muchas horas fuera por el trabajo, empezó poco a poco a amargarle la vida a Pilar.

Llegó incluso a tener la poca vergüenza de decirle a la cara que una intrusa no tenía sitio en su nido familiar. Pilar, al oír aquello por primera vez, casi se cae de la impresión. ¡¿Ella, una extraña en su propia casa?! Esa misma noche se armó de valor y fue a hablar con su hijo, pidiéndole que pusiera a su mujer en su sitio.

Mamá, seguro que no la has entendido, le restó importancia Álvaro, sin creerse que Inés pudiera haber dicho algo así. Ella es buena, es cariñosa es la mejor.

Inés, que escuchaba a su marido, se sonrió con suficiencia. Todo se desarrollaba conforme a su plan.

Pocos días después, la joven recibió a su marido llorando al volver del trabajo. Le contó que tenía miedo de quedarse sola en casa con Pilar, porque la había intentado matar.

Tú sabes lloriqueaba que soy altamente alérgica a la miel. Esta mañana no podía dormir y quise ayudar a tu madre con el desayuno. Cuando iba a entrar a la cocina, la vi echando miel en la masa de las tortitas. ¡Me he asustado muchísimo!

Álvaro perdió el control y fue corriendo a pedir explicaciones a su madre. Gritaba que ya era adulto, que nadie podía meter mano en su vida, que no iba a permitir que lastimasen a las personas que más quería.

Pilar se quedó blanca, sin comprender nada. Cualquier pregunta que hacía era contestada con reproches o más gritos. Con las manos temblorosas tomó sus pastillas, pues le apretaba el pecho, pero su hijo ni se inmutó y continuaba con la bronca.

Al final, Pilar cogió la chaqueta y se fue a casa de Carmen. No entendía qué había hecho mal ni por qué su niño se había vuelto así Le dolía el alma de verdad.

A pocos metros del portal de su hermana, Pilar no pudo más y se desplomó en la acera, perdiendo el conocimiento.

******************************************

Habían pasado dos semanas desde el entierro de Pilar. Álvaro deambulaba por el piso cabizbajo, devorado por la culpa. Inés intentaba aparentar alivio y le llevaba un vaso de agua.

Cariño, entiendo lo duro que es todo esto, pero hay que mirar hacia adelante por los que seguimos aquí decía Inés, acariciándose el ya visible vientre. Verte así también me deprime a mí.

Álvaro callaba, lo que sacaba de quicio a Inés. Su plan había salido bien, aunque jamás creyó que llegaría a ese extremo. Solo esperaba que al heredar el piso, todo aquello valiese la pena De hecho, quizá hasta mejor así.

De repente alguien abrió la puerta. Era Carmen, que entró con sus propias llaves.

¿Cómo se te ocurre aparecer aquí como si fuera tu casa? espetó Inés, fulminando a la recién llegada con la mirada.

Pues es que es mi casa respondió Carmen, irónica. ¿No te lo ha contado nadie? El piso está a mi nombre.

A Inés se le cayó el vaso al suelo. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Después de tanto esfuerzo, nada era suyo?

¡Álvaro, pero esto qué es! chilló alterada.

Pues eso mismo murmuró él sin emoción. Mamá llevaba años intentando comprarle el piso a la tía Carmen, y ahorraba cada euro

y lo gastó todo en vuestra boda terminó Carmen por él. Yo pensaba poner la casa a nombre del crío, pero ahora, ni hablar. Tenéis tres días para iros. Si no, llamo a la policía.

****************************************************

P. D.

Álvaro se quedó viviendo en el piso de su tía. Solo. Inés, esa misma noche, recogió todas sus cosas y, asegurando que el niño ni siquiera era suyo, se marchó.

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MagistrUm
Una nueva familia vale más que la antigua —Mamá, conoce a Lidia, mi prometida —anunció Arturo nada más entrar, abrazando con cariño a la tímida chica—. Hoy hemos ido juntos al registro civil a poner la solicitud de matrimonio. —Enhorabuena —respondió Raísa algo aturdida, secándose las manos con el paño, justo cuando acababa de terminar de preparar la cena—. Vamos, pasad, ¿qué hacéis ahí en la puerta? La mujer se quedó sorprendida de manera poco agradable. Arturo era su orgullo, su razón de ser… Un chico bueno, siempre educado y obediente, ¡y ahora esto! La pone ante el hecho consumado de que se casa. A Raísa le dolió profundamente enterarse la última de semejante noticia. ¿Acaso es un animal al que no se le puede confiar la ilusión de su hijo por formar una familia? Al contrario, se alegraría por él y le ayudaría con la boda… —Mamá, perdona por no haberte contado nada antes —dijo el chico, abrazándola con cierta incomodidad—. Ha pasado todo muy deprisa… Me he enamorado como un chiquillo, a primera vista y para siempre. —¡Pero si aún eres un chiquillo! ¿Acaso veinticinco años es edad? —sonrió Raísa, ocultando el enfado—. Mejor hablemos de futuro. ¿Dónde vais a vivir? —De momento aquí, si no te importa —exhaló aliviado Arturo, viendo que su madre no se molestaba—. Más adelante buscaremos algo. —¿Por qué iba a importarme? —incluso se sorprendió la mujer ante la pregunta—. Tenemos un piso grande, hay sitio de sobra para todos. La chica, que había esperado discretamente en la puerta, sonrió complacida, aunque enseguida adoptó un gesto más neutral. Su principal objetivo ahora era agradar a la madre de su prometido, ya habría tiempo para mostrar carácter tras la boda. ****************************************** La boda fue una celebración en toda regla. Raísa, por su querido hijo, tiró la casa por la ventana y hasta vació los ahorros que tanto protegía. Incluso les pagó el viaje de novios al Mediterráneo, para que descansaran a gusto. Pronto no tendrían tiempo para ello porque Lidia anunció su embarazo. No es que Raísa no aprobara la elección de su hijo… Es simplemente que la chica le resultaba sospechosa: todo lo aceptaba, siempre respondía con una sonrisa dulce… La hermana de Raísa, Marina, se reía de sus quejas. —¡Da gracias de que te tocó una nuera así! Y sobre cómo se comporta… espera. En cuanto se sienta dueña, verás cómo cambia —luego se puso seria—. No le pierdas el ojo, si tienes ese presentimiento. Vete tú a saber cómo es en realidad. Ante Arturo puede hacer de ángel, pero igual resulta ser todo lo contrario. Las palabras de Marina fueron casi proféticas. Nada más conseguir el ansiado libro de familia, Lidia cambió radicalmente. Aprovechando que Arturo dedicaba mucho tiempo al trabajo, empezó a hacerle la vida imposible a Raísa. Se atrevía incluso a decirle que las extrañas sobraban en su nido familiar. Raísa casi se cae de la silla la primera vez que lo escuchó. ¡Precisamente ella, la extraña! Aquella misma noche fue a pedirle a su hijo que pusiera firme a la nuera. —Mamá, es que la has entendido mal —le contestó Arturo, sin creer que su mujer pudiera decir algo así—. Es buena, cariñosa, ¡y además, la mejor del mundo! Lidia, al oír a su marido, esbozó una sonrisa satisfecha. Todo salía según su plan. A los pocos días, la chica recibió a su marido llorando. Decía que tenía miedo de quedarse sola en casa con Raísa; que incluso había intentado matarla. —Ya sabes —sollozaba— que tengo una alergia terrible a la miel. Hoy no podía dormir y quise ayudar a tu madre con el desayuno. Cuando entro en la cocina, ¡la veo echando miel en la masa de las tortitas! ¡Me da miedo! Arturo explotó y fue a exigirle explicaciones a su madre. Gritó que ya no era un niño, que quería elegir su vida, que no iba a permitir que nadie dañara a los que más quería… Raísa, pálida, no comprendía el motivo del drama. Toda pregunta suya era respondida con hostilidad y aún más enfado. Sintió un fuerte dolor en el pecho, apenas logró sacar su medicina temblando, pero Arturo ni se enteró y siguió gritando. Raísa no pudo más, cogió la chaqueta y fue a casa de Marina. No entendía qué había hecho mal, por qué su hijo le trataba así… No podía parar de sufrir y sentirse dolida. Apenas llegó cerca del portal de Marina, se sintió cada vez peor y, finalmente, cayó desmayada. ****************************************** Dos semanas habían pasado desde el entierro de Raísa. Arturo andaba como ausente, lleno de remordimientos. Lidia intentaba consolarle ofreciéndole un vaso de agua. —Cariño, sé que lo estás pasando fatal, pero tienes que pensar en los que estamos vivos —le decía, acariciando su ya evidente tripa—. Verte así me hace sentirme peor. Arturo guardaba silencio y eso ponía de los nervios a la chica. Su plan había funcionado, aunque no planeaba que terminase así. Lidia esperaba arreglarlo con la vivienda, simplemente que cambiasen la titularidad… Pero, siendo sinceros, esto hasta le venía mejor. De repente se abrió la puerta. Marina entró usando sus propias llaves. —¿Cómo os atrevéis a entrar en nuestra casa como si nada? —gruñó Lidia, fulminándola con la mirada. —Pues precisamente he entrado en mi casa —replicó Marina con cierta sorna—. ¿Acaso no lo sabías? Este piso es mío. El vaso se le cayó a Lidia de la mano. ¿Cómo era posible? ¡Tanto tiempo perdido por conseguir ese piso para nada! —Arturo, ¿qué significa esto? —le preguntó en tono histérico. —Lo que pone —dijo él sin emoción—. Mamá llevaba mucho tiempo ahorrando para comprar el piso a tía Marina… —¡Y se lo gastó todo en vuestra boda! —remató Marina—. Yo pensaba dejaros el piso a vuestro futuro hijo, pero ya podéis olvidaros. Tenéis tres días para iros. Si no, llamaré a la policía. **************************************************** P.D. Arturo se quedó viviendo en el piso de su tía. Solo. Lidia hizo las maletas esa misma noche y, asegurando que el niño no era suyo, se marchó.