La niña sin hogar ve a un millonario herido con un bebé bajo la lluvia, pero lo reconoce cuando…
Un hombre adinerado conduce con precaución por una carretera mojada, llevando a su bebé de ocho meses, cuando unos clavos esparcidos deliberadamente pinchan sus neumáticos, haciendo que el coche patine y vuelque violentamente. Herido y desorientado, logra sacar al bebé asustado del vehículo destrozado antes de desplomarse inconsciente bajo el aguacero. Entonces, una niña de siete años que vive en una chabola cercana escucha el estruendo y corre a ayudar. Al encontrar al hombre inconsciente abrazando al bebé que llora, algo en su rostro hace que su corazón lata con fuerza.
El sonido rítmico de la lluvia contra el parabrisas acompañaba a Javier Hidalgo mientras conducía por la carretera comarcal. Sus dedos seguían el compás de la melodía natural sobre el volante. A sus cuarenta años, el empresario había aprendido a valorar estos momentos de calma, especialmente cuando llevaba consigo su mayor tesoro: su hijo dormido plácidamente en la sillita trasera, ajeno a la tormenta que arreciaba fuera. Ajustó el retrovisor para contemplar ese rostro angelical.
Esos ojitos cerrados y esos puñitos apretados con total confianza despertaban en él una ternura que pocos conocían. Tras la imagen pública de ejecutivo implacable, latía un corazón que se enternecía ante esa criatura indefensa. La visita a los abuelos en el pueblo se había pospuesto tres veces por trabajo, pero hoy nada impediría cumplir su promesa. El aroma a tierra mojada se colaba por las rendijas, evocando recuerdos de su propia infancia en el campo.
Javier sonrió al recordar cómo corría descalzo bajo la lluvia, sin imaginar que décadas después conduciría un vehículo de lujo por esos mismos caminos rurales. El destino tiene formas curiosas de devolvernos a nuestras raíces, pensó, reduciendo la velocidad al aproximarse a una curva cerrada. Sus reflexiones se interrumpieron bruscamente por el sonido inconfundible de varios neumáticos reventándose a la vez, un estallido metálico que le heló la sangre. El volante vibró violentamente entre sus manos mientras perdía el control del coche.
La carretera encharcada se convirtió en una pista resbaladiza. El vehículo comenzó a derrapar peligrosamente hacia el barranco. “No, no, no”, musitó, luchando desesperadamente por mantener la trayectoria. Sus reflejos, aguzados por años al volante, se enfrentaban a las implacables leyes de la física. El bebé despertó con los bandazos, rompiendo a llorar. Ese sonido le traspasó el alma como un cuchillo afilado. El mundo pareció ralentizarse cuando el coche volcó.
Javier sintió su cuerpo golpear contra el cinturón de seguridad. Cristales estallando alrededor, metal retorciéndose con estruendo. Su única preocupación eran los llantos desgarradores del bebé, que resonaban en el caos como un llamado urgente de protección. Cuando el vehículo dejó de rodar, se encontró colgado del cinturón, con sangre resbalando por una herida en la frente. Su visión era borrosa, pero oía perfectamente los gritos aterrorizados de su hijo.
Con una fuerza que no sabía poseer, logró soltarse y gateó hasta la sillita. “Papá está aquí, cariño”, susurró con voz quebrada, revisando cada dedito, cada respiración. Milagrosamente, el niño parecía ileso, solo aterrado. Consiguió sacarlo de la sillita y salir por la ventana rota, protegiendo la cabecita del pequeño con su propio cuerpo. La lluvia torrencial los empapó cuando finalmente logró ponerse de pie junto al vehículo destrozado.
Sus piernas temblaban, fuera por el shock o las heridas aún no valoradas. El bebé seguía llorando en sus brazos, mojándose rápidamente. Javier escudriñó la carretera desierta en busca de ayuda. El dolor en las costillas se intensificó. Su visión comenzó a oscurecerse por los bordes. Apretó a su hijo con más fuerza, decidido a protegerlo hasta el último aliento, pero sus fuerzas flaqueaban. “Por favor, alguien”, murmuró al vacío antes de desplomarse de rodillas en el barro, sin soltar al bebé.
Lo último que vio antes de perder el conocimiento fueron unos piececillos descalzos corriendo hacia él por el camino encharcado. Lucía acababa de tender las últimas prendas mojadas en el tendedero improvisado cuando el estruendo retumbó por la colina. A sus siete años ya distinguía los sonidos peligrosos. Aquello no era un camión pasando. Dejando el cubo de aluminio abollado en el suelo, corrió hasta la ventana sin cristales de la chabola donde vivía con su hermano pequeño.
La lluvia dificultaba la visión, pero alcanzó a distinguir una mancha oscura en la curva peligrosa de la carretera. “Mateo, quédate aquí”, ordenó al niño de cinco años que jugaba con trozos de madera en un rincón. Mateo alzó sus ojos asustados, pero obedeció en silencio. Lucía se había convertido en su única protección desde que los abandonaron allí, y él sabía que cuando usaba ese tono, mejor era hacer caso.
Lucía se calzó las sandalias rotas y salió corriendo bajo la lluvia. Su pelo castaño se pegó al rostro, pero no aminoró el paso. Algo en su pecho se oprimía, como si una voz interior le advirtiera que alguien la necesitaba urgentemente. Al acercarse al accidente, su corazón casi se detuvo. Un coche de lujo yacía destrozado, volcado junto a la cuneta. Los cristales esparcidos brillaban como diamantes peligrosos bajo el aguacero.
Pero lo que realmente la hizo correr más rápido fue ver a un hombre arrodillado en el barro, abrazando algo pequeño. “Señor, señor”, gritó al acercarse. Estaba inconsciente, con sangre en la frente, pero sus brazos seguían protegiendo firmemente a un bebé que lloraba desconsolado. Lucía sintió algo familiar en ese rostro, pero la urgencia no le permitió detenerse a pensar. El bebé estaba empapado y tiritando. Con toda la delicadeza que una niña de siete años puede reunir, intentó despertar al hombre sacudiéndole suavemente el hombro.
Al ver que no reaccionaba, tomó una decisión que cambiaría sus vidas. “Tranquilo, pequeñín”, susurró pasando sus manos mojadas por el fino cabello del niño. “Lucía va a cuidaros”. Con una fuerza sorprendente para su tamaño, logró ayudar al hombre inconsciente. Cada paso hacia la chabola fue una batalla contra el peso, el barro y la lluvia incansable. El bebé lloraba aún más fuerte, como si sintiera la gravedad de la situación.
Mateo apareció en la puerta al ver a su hermana llegar con dos desconocidos. Sus ojos se abrieron como platos, pero corrió a ayudar, sosteniendo la puerta de contrachapado. “Mateo, busca las toallas más limpias”, ordenó Lucía tendiendo al hombre en el colchón que servía de cama para ambos hermanos. El bebé seguía llorando y supo que debía calentarlo rápido. Mientras Mateo traía las telas menos húmedas, Lucía examinó al herido.
Respiraba, pero estaba muy pálido. La herida en la frente sangraba, pero no parecía mortal. Lo que más le preocupaba era el frío que todos sentían. Tomó al bebé con sumo cuidado. La criatura se calmó un poco al contacto humano, pero seguía temblando violentamente. Lucía usó su propia blusa seca para envolverlo, quedándose solo con una camiseta fina. “Hermana, ¿quiénes son?”, preguntó Mateo en voz baja, observando a los extraños con curiosidad y miedo.
Lucía volvió a mirar el rostro del hombre







