Una negativa en el huerto que desencadenó un divorcio

Si alguien me hubiera dicho que mi matrimonio de quince años se derrumbaría por… unas patatas, me habría reído en su cara. Pero la vida tiene un sentido del humor perverso. Ahora estoy solo en este piso vacío de Carabanchel, preguntándome cuándo todo empezó a torcerse. En el juzgado hay papeles de divorcio donde Lucía, mi mujer, alega «falta de intereses comunes». Todo porque me negué a acompañarla cada fin de semana a ayudar a su madre en la huerta de un pueblo de Toledo.

Aclaro: no soy vago. Desde los catorce, trabajé cargando cajas en Mercamadrid, repartiendo pan por Usera, limpiando oficinas de noche. Cuando conocí a Lucía en Alcalá de Henares, ella tenía dieciséis. Yo, dos años mayor, estudiaba un ciclo de administración. Crecí siendo el sostén: le compraba libros, ropa, pequeños regalos. Arreglaba enchufes en su casa, movía muebles, hacía de fontanero. Sin quejarme. Creía que así se demostraba el amor.

Nos casamos, tuvimos a Javier y Sofía. Alquilamos, luego hipoteca. Vivíamos sin lujos, pero sin penurias. Yo en una multinacional; ella, media jornada en una tienda. Hasta que murió su abuela. La casa rural de Cabañas de la Sagra pasó a su madre, Carmen. Entonces empezó el calvario: cada sábado y domingo, «a colaborar». Al principio, aire puro. Luego, obligación. Cavar, sembrar, desherbar bajo sol o lluvia. Ni un gracias.

Intenté negociar: «Vayamos cada quince días, estoy agotado». Quería llevar a los niños al Retiro, pescar en el Tajo, dormir. Ella me llamó «vago de ciudad», diciendo que mi trabajo de oficina no cansaba. Olvidaba el estrés de plazos, informes, reuniones. Hasta que un domingo dije «basta». Argumenté: gastamos cuarenta euros en gasolina para traer treinta kilos de patatas que en el Mercadona cuestan veinte.

Lucía dejó de hablarme. A la semana, anunció el divorcio: «Ya no eres el mismo». Quince años juntos. Superamos mudanzas, noches en vela con bebés, gripe A, apuros económicos. Dos hijos, un piso hipotecado en Valle de Oro, dos gatos y el perro Baltasar. ¿Nada de eso importa?

¿Intereses comunes? ¿Y los niños? ¿Y esta casa donde clavé cada estantería? ¿O solo cuenta remover tierra ajena los fines de semana?

No sé cómo recuperarlos. No quiero divorcio. Pero tampoco ser esclavo de los caprichos de Carmen, que actúa como si le debiera servidumbre perpetua.

¿Estoy equivocado? ¿Familia es callar y obedecer? Entonces, ¿por qué mis límites, mi cansancio, mi derecho a respirar valen menos que un surco de patatas?

Duele. Duele hasta la rabia. Si alguien tiene respuesta, que hable. Porque yo solo veo vacío.

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