Tras unas vacaciones estupendas, tenía que regresar a casa y el viaje era largo, así que decidí reservar un asiento en el tren, en un compartimento compartido.
Me asignaron una litera superior, aunque no era imprescindible, ya que pensaba dormir durante todo el trayecto. Mis compañeros de viaje eran una madre y su hijo de cuatro años. Pensé que el niño sería ruidoso y molesto, pero resultó ser muy tranquilo y sereno. Cuando el niño se quedó dormido, su madre y yo charlamos un poco, tomamos un té y pronto nos acostamos.
Por la mañana nos despertaron unos golpes en la puerta. Entraron dos agentes de la Policía Nacional en el compartimento. ¿Han visto al niño? Sí, ahí está, en la litera de arriba, está dormido. En un rincón, el pequeño descansaba encogido, seguramente algo frío. Vamos a tener que hacerles algunas preguntas.
Al parecer, mi compañera de viaje había bebido demasiado la noche anterior. Bajó en la estación equivocada, y al despertar, pensó que su hijo había sido secuestrado. Por eso, los policías habían revisado el tren de arriba abajo. Ella simplemente estaba borracha y había olvidado que el niño seguía en el compartimento.
Da miedo pensar qué puede pasar por la cabeza de una madre tan descontrolada. Menos mal que olvidó al niño y éste pudo dormir tranquilo toda la noche. Si no, podría haber viajado con ella hasta algún pueblo recóndito, haberse dormido de nuevo y el pequeño podría haberse extraviado en algún bosque.
No sé cómo terminó la historia del chico, pero deseo con todo mi corazón que la madre afrontara las consecuencias. Aunque es improbable que una multa sirva para recordar a alguien que no debería descuidar a un hijo. La vida enseña que la responsabilidad con los seres queridos debe estar siempre por encima de todo, incluso cuando creemos que nada malo puede ocurrir.





