Una mujer fue de visita a casa de su amiga, quien se casó por segunda vez tras un primer matrimonio …

Querido diario:

Hoy he recordado aquella tarde en la que fui a casa de mi amiga de toda la vida, Inés. Cuando me invitó a conocer su nueva vida, su nuevo marido, sentí una mezcla de alegría y nostalgia. Su primer matrimonio fue un verdadero desastre: el tipo era un borracho, un maltratador de manual, y acabó por marcharse con otra. Inés vivió una etapa muy dura, pero ahí estuve yo siempre, apoyándola, animándola, procurando que no se sintiera sola Al fin y al cabo, ¿para qué sirve la amistad si no es para arroparnos en esos momentos?

Han pasado ya diez años de todo aquello, y ahora a Inés le sonríe la suerte. Ha conocido a Álvaro, un hombre serio, culto, con un muy buen puesto en una multinacional. Nada que ver con el anterior; el día y la noche. Me sentí sinceramente feliz por ella. Por eso, cuando me invitó a cenar en su precioso piso nuevo en el barrio de Salamanca, fui con ilusión, cargada de regalos y un roscón de Reyes de mi pastelería favorita, aunque estuviéramos en pleno junio.

Todo estaba decorado con un gusto exquisito, qué bien lo han dejado tras la reforma. Tomamos té y roscón sentados en la terraza; la tarde era agradable. Álvaro enseguida mostró su carácter ocurrente: todo el rato haciendo comentarios ingeniosos, de esos que suenan inteligentes pero acaban pinchando. La mayoría de las bromas iban dirigidas a mí; que si tengo un punto de vista limitado, que si todo lo que sé lo he sacado de revistas antiguas. Se rió de que no hubiera leído a Javier Marías o Almudena Grandes, de los supersticiones y sueños raros que le conté. “La ciencia ya ha demostrado que todo eso son tonterías”, soltó entre risas.

También se divertía criticando mi peinado, mi forma de vestir, diciendo que parecía no haber avanzado de los años noventa. Inés reía discretamente, encantada con la brillantez de su marido, como si le enorgulleciera que fuese así de elocuente.

Intenté reconducir el tema. Les conté que hace unos meses había recogido de la calle a una gatita, Catalina, para ver si así Álvaro bromeaba con menos saña. Pero no, la cosa fue a peor: soltó que recoger gatos abandonados solo lo hacen las locas o personas con carencias emocionales. “La gente normal no llena su casa de bichos”, dijo muy convencido.

Inés seguía riéndose, cuando Álvaro utilizó el viejo estereotipo de la solterona rodeada de gatos. Sin poder evitarlo, se me llenaron los ojos de lágrimas. Me sentí estúpida e infantil, así que me disculpé diciendo que tenía un dolor de cabeza terrible y me fui.

Al salir a la calle de Alcalá el frío me caló los huesos, aunque era pleno verano. Sentía vergüenza, no solo por haber llorado sin más, casi en plan adolescente, sino por no saber defenderme ni tener la rapidez adecuada para salir del paso. Me mortificaba el no haber leído aquellos libros, la tontería de contar un sueño, incluso el no saber girar la conversación. Solo quería llegar a casa, abrazar a mi gata, la que no juzga ni presume de ironía, solo se enrosca a mi lado y ronronea bajito.

A partir de aquella visita, nunca volví a la casa de Inés. De todos modos, pronto dejó de haber motivos: su matrimonio se fue al traste y acabaron en pleitos por el piso. Álvaro demostró ser aún más perspicaz e implacable de lo que parecía. A veces pienso que la vida sigue una lógica cruel: uno traiciona para agradar a otro, pero ese otro, tarde o temprano, traiciona también. Bastaba con haber defendido la dignidad de una amistad, haber frenado con cariño la ironía cuando cruza ciertos límites, no dejar que nadie ofenda en tu propia casa.

No sé ponerle palabras bonitas, quizá no soy una intelectual, pero sí aprendí una cosa: quien permite la humillación de un amigo, acaba perdiendo el respeto de todos. Y eso, al final, acaba siendo la peor de las soledades.

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MagistrUm
Una mujer fue de visita a casa de su amiga, quien se casó por segunda vez tras un primer matrimonio …