Una mujer fue a visitar a una amiga que se acababa de casar por segunda vez: el primer marido fue un…

Mira, te voy a contar una historia que le pasó a mi amiga, y la verdad, aún no sé cómo sentirme al respecto. Verás, hace años, Lucía se casó por segunda vez. Su primer matrimonio fue un desastre; su marido bebía demasiado, era insoportable y, al final, la dejó por otra. Una historia de las que duelen. Y yo, Inés, siempre estuve ahí para ella, animándola, apoyándola, intentando sacarla de ese pozo. Que para eso están los amigos, ¿no?

Pasaron diez años, y Lucía volvió a enamorarse. Esta vez de Álvaro, un tipo encantador, con carrera, con un trabajo muy bueno, nada que ver con el primero. Yo me alegré un montón por ella, de corazón. El caso es que hace poco fui a ver su piso nuevo, ese que se habían comprado juntos. Le llevé una tarta de Santiago y también un par de detallitos para la casa. La verdad, el sitio estaba precioso; la reforma, de revista.

Nos sentamos a merendar, y todo parecía ir genial. Álvaro, el nuevo marido, es muy de hablar, un tío culto, gracioso, siempre con una broma a punto. Pero esa tarde, la tomó un poco conmigo. Empezó a burlarse en plan chistoso sobre que yo sólo conozco mi propio barrio de Madrid, y que tengo la cabeza llena de historias absurdas. Se reía porque nunca he leído a Murakami, ni a ese escritor ruso tan famoso Pelevin, creo. También decía que la ciencia ya ha demostrado que todos esos cuentos y supersticiones que yo suelto son una tontería.

Y no paró ahí. Se metió con mi pelo, que si era muy de los noventa, con mi ropa y mi figura. Así, entre risas. Lucía se reía también, como si le hiciera mucha gracia la ocurrencia de su marido.

Intenté cambiar de tema y les conté lo de mi gata; la recogí de la calle hace unos meses. Y entonces salió con que los gatos traen enfermedades, que la gente que recoge animales abandonados está un poco loca y tiene problemas de autoestima. Lucía se moría de risa mientras él hablaba de las típicas abuelas de los gatos solteras.

Ahí ya no pude más y, de repente, me puse a llorar como una niña. Qué vergüenza, en serio. Me disculpé diciendo que me dolía mucho la cabeza, me despedí rápido y me fui.

La cabeza me palpitaba, como si me hubiesen dado un golpetazo, y la verdad, sí, me daba rabia llorar así, sin poder evitarlo. Caminaba por la Gran Vía y ya no lloraba, y aún así, sentía un frío que no era normal para estar en pleno julio. Me daba vergüenza haberme puesto así, no saber llevar la conversación, no haber leído a Murakami y contar mis sueños raros.

Pero, ¿sabes qué? El que debería sentir vergüenza es el que invita a alguien a su casa y le deja humillar. El que permite que su amigo, su película favorita, su libro o incluso su fe, sean ridiculizados delante de otros. O el que pone una foto en Instagram de su autor preferido y deja que en los comentarios le destrocen. Eso, en el fondo, es lo mismo de siempre: traicionar, aunque sea en silencio.

Porque al final, la traición es entregar al tuyo al escarnio, dejarle solo. Aunque yo no podía ponerle ese nombre, porque nunca he sido de mucha lectura ni de debates de alto nivel. Así que me fui a casa, con mi gata Noa, que tampoco entiende de literatura y de sarcasmo. Simplemente se subió al sofá y empezó a ronronear cerquita de mí.

Nunca más he vuelto a ir a casa de Lucía. Y la vida, ya ves, quiso que poco después se separaran. Se ve que ese intelectual era demasiado listo y muy… energético, por decirlo suave. Al final, acabaron repartiendo el piso en tribunales.

Lo triste es que casi siempre pasa así: aquel por el que traicionas, termina traicionándote a ti. Sólo hacía falta haber parado a tiempo, sin dejar que se pasara de listo con otra persona, sobre todo en tu propia casa. Quién sabe, igual hasta Álvaro habría acabado respetando más a Lucía si hubiera hecho eso. Pero claro, al que traiciona, nadie le respeta. Y es fácil, facilísimo, que acabe también traicionado.

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MagistrUm
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