Beatriz, una joven embarazada de aspecto delicado, se planta cada mañana en la esquina de la calle Atocha, junto a la acera peatonal de Madrid. Su vieja flauta reluce bajo el sol, aunque su vestido está desteñido y su vientre redondo delata el embarazo. A pesar de la dureza de la calle, su espíritu no se quiebra.
La gente pasa deprisa, algunos la miran, otros murmuran, pero Beatriz solo sonríe y toca. Su música se eleva por encima del ruido de la ciudad, dulce y tierna, cargada de dolor y esperanza. Por esos breves momentos ya no es una mujer sin techo; es simplemente Beatriz, la muchacha cuya canción toca corazones. Cuando suena la flauta, parece que la propia Madrid contenida el aliento: los niños disminuyen el paso y hasta los agentes de tráfico le dedican una sonrisa.
El sonido de la flauta es su único escape, su única esperanza. Cada moneda que cae en su vaso de metal le compra el alimento del día: a veces pan, a veces arroz de un puesto cercano. Eso basta para ella y el pequeño ser que lleva dentro. Al caer la tarde, después de horas tocando, Beatriz baja la flauta y acaricia su vientre. «Lo has hecho bien hoy», susurra al bebé. «Quizá mañana toquemos cerca del parque». Su risa leve se funde con el aire. Recoge sus cosas: la flauta, el vaso y una vieja manta que sirve de colchón, cuando de pronto el chillido agudo de neumáticos corta el bullicio de la calle.
Gira justo a tiempo para ver un elegante coche negro que avanza a gran velocidad hacia la acera. La puerta se abre de golpe y dos hombres echan a una niña de no más de seis años al suelo de la calle. La pequeñita cae con fuerza, sollozando. Antes de que Beatriz pueda reaccionar, las puertas del coche se cierran y el vehículo se aleja, perdiéndose entre el tráfico como si nada hubiera ocurrido. La gente se queda boquiabierta, pero nadie se mueve. Beatriz suelta todo y corre.
Sus sandalias golpean el pavimento rugoso mientras el claxon de un autobús suena a sus espaldas, rozando por poco a la niña. Beatriz llega justo a tiempo, agarra a la pequeña y la lleva a un lugar seguro. La sostiene con fuerza, su corazón late con fuerza. «Tranquila, tranquila», susurra, intentando calmar su voz. «Ahora estás a salvo, cariño». La niña tiembla, la cara cubierta de lágrimas y polvo. «Me empujaron», balbucea entre sollozos. Beatriz siente que su pecho se aprieta. «Lo sé, preciosa, pero ya no te harán daño». La niña asiente débilmente, aferrándose al bordón rasgado de Beatriz como si no quisiera soltarse nunca. Beatriz percibe que no ha comido en días: sus manos están frías, sus labios pálidos. Con delicadeza aparta su cabello y dice: «Vamos a buscarte algo de comer».
Caminan hasta un pequeño puesto de comida callejera donde Beatriz gasta las pocas monedas ganadas ese día para comprar un plato de arroz y judías. Observa cómo la niña devora con hambre feroz pero inocente. Beatriz sonríe tristemente. «Despacio, cariño, la comida no se escapa». Cuando termina, Beatriz se agacha y le pregunta suavemente: «¿Cómo te llamas?». La niña duda, mira sus pequeñas manos y responde: «Me llamo Begoña». Beatriz asiente, encantada con el nombre.
«¿Sabes dónde vives, Begoña? ¿O quiénes eran esos hombres?», pregunta. Begoña sacude la cabeza. «No lo recuerdo. Solo quiero a mi papá». El corazón de Beatriz se parte un poco. Sea quien sea la niña, no pertenece a la calle. Beatriz quiere protegerla, pero sabe que no puede hacerlo sola. «Vamos, Begoña», dice con ternura, «busquemos a tu papá». Begoña extiende su mano temblorosa y la toma. El contacto, pequeño y frágil, enciende algo en Beatriz que hacía mucho no sentía: quizá sea la madre que lleva dentro o quizá sea la prueba de que, aunque el mundo la haya abandonado, aún queda bondad en ella.
Juntas se encaminan hacia la comisaría más cercana. La gente las mira pasar: una mujer embarazada sin techo, tomados de la mano con una niña vestida con ropa cara. Es una visión extraña, pero a Beatriz ya no le importa. Al llegar, explica al agente de la madrugada cómo el coche se detuvo, cómo los hombres empujaron a la niña al asfalto y cómo ella la salvó del tráfico.
El agente le pregunta a Begoña su nombre completo. «Begoña Torres», susurra. El agente parpadea. «¿Torres? Espere aquí». Teclea rápidamente en su ordenador. Después de unos minutos, llama a otro agente y susurra algo con urgencia. En pocos segundos, varios compañeros se agrupan alrededor de la pantalla.
Beatriz permanece inmóvil, con la mano de Begoña en la suya. «¿Algo pasa?», pregunta en voz baja. El agente la mira, los ojos muy abiertos. «No, al contrario. Esta niña lleva dos días desaparecida. Su padre denunció su ausencia de inmediato. Es hijo de un empresario muy conocido, don Alejandro Torres». Beatriz frunce el ceño. La niña ha sido secuestrada. «Entonces sí era un secuestro», confirma.
El agente asiente. «Acaba de contactar al señor Torres. Llegará enseguida». Aparece un hombre alto, traje oscuro, con la mirada recorriendo la sala hasta posarse en Begoña. «¡Begoña!», exclama, corriendo hacia ella. La niña grita «¡Papá!», y se lanza a sus brazos. El padre, con los ojos llenos de lágrimas, la abraza con fuerza. «Pensé que te había perdido, mi niña. No volveré a perderte jamás». Todos observan en silencio, incluso los agentes esbozan una sonrisa.
Don Alejandro se vuelve hacia Beatriz, su mirada rebosa gratitud. «¿Eres tú quien la encontró?». Beatriz asiente, temblorosa. «Sí, señor. Solo hice lo que cualquiera haría». Él la interrumpe firmemente: «Lo que no todos harían. Has salvado la vida de mi hija. No puedo agradecerte lo suficiente». Saca un sobre del bolsillo, pero Beatriz lo rechaza rápidamente. «No lo hice por dinero, señor. Solo quería que Begoña volviera a casa a salvo». Don Alejandro sonríe suavemente. «Entonces al menos permíteme agradecerte como corresponde. ¿Cómo te llamas?». «Beatriz», responde tímida. «Beatriz», repite él con calidez. «Me has devuelto el mundo esta noche». Lleva a Begoña en brazos y, antes de marcharse, la niña le lanza una ola de despedida: «¡Adiós, Beatriz! ¡Gracias!».
Beatriz la devuelve con una sonrisa y una lágrima en los ojos. «Adiós, cariño». Cuando los dos se alejan, ella vuelve a la esquina donde su flauta descansa. La ciudad se ha calmado, el aire nocturno es fresco y silencioso. Se sienta en el bordillo, mira las estrellas y, por primera vez en mucho tiempo, su corazón se siente ligero.
La niña que salvó está a salvo en los brazos de su padre. En lo profundo, Beatriz susurra una oración: «Gracias, Dios, por haber estado allí cuando ella me necesitó». Apoya la mano sobre su vientre y sonríe al bebé que lleva dentro. «Tal vez cuando seas mayor, te cuente esta historia», le promete, mientras la bondad se abre paso en medio del bullicio madrileño.
Esa noche duerme bajo la farola, con una manta delgada pero el corazón lleno. El suelo es frío, el mundo sigue duro, pero por primera vez en años cierra los ojos creyendo que la vida puede cambiar. Al amanecer, el aroma de maíz asado y el tráfico matutino llenan el aire. Vendedores arrastran sus carritos por la vereda, los autobuses resoplan y un puesto de naranjas se alza como una corona. Beatriz se despierta sobre su colchón de cartón bajo la luz familiar del alumbrado público, recoge su manta y se estira, apoyando las manos en la espalda. Su vientre está más redondo ahora.
Cada día el bebé le recuerda que está allí con un leve aleteo de esperanza. Se ata la bufanda, levanta su estuche de flauta y camina al mismo punto junto a la acera peatonal, la esquina donde conoció a Begoña, el rincón de la ciudad donde se siente invisible pero, de algún modo, segura. Coloca su vaso de metal, besa los dedos y roza la flauta como una promesa.
«Vamos a tocar algo alegre hoy», murmura al bebé. Levanta el instrumento y los primeros compases, suaves y claros, se elevan por encima del claxon y los pasos, como una fina línea de luz. La gente disminuye la marcha. Un niño de escuela se detiene y, sonrojado, le lanza una moneda al vaso. Una mujer con una envoltura verde murmura, «Dios te bendiga», y le entrega un pequeño panecillo. Beatriz agradece entre frases, dejando que la canción la lleve.
Al mediodía, el sol está seguro de sí mismo y el asfalto reluce bajo el calor. Beatriz se toma un momento para beber agua y descansar los tobillos hinchados. Su mente vuelve a ayer, a la mano de Begoña en la suya, al momento en que la niña tembló y luego se sintió aliviada en la comisaría, y al rostro de Don Alejandro diciendo: «Me has devuelto el mundo». Beatriz ha dormido bien desde entonces, no por la manta, sino porque la bondad la ha envuelto como algo real.
De repente, el ruido de un motor corta el aire. Un coche negro, como sacado de un vídeo musical, se detiene junto a la acera. El conductor baja y abre la puerta. Beatriz oye un pequeño grito antes de que el conductor logre ayudarla. Begoña sale corriendo, los brazos abiertos, el cabello suelto. Beatriz apenas tiene tiempo de dejar la flauta antes de que la niña la empuje contra el cuerpo, abrazándola por la cintura. «¿Has venido?», dice, entre risas, recuperándose. «Hola, cariño». Begoña se retira un momento, los ojos brillando. «Papá dijo que podía verte hoy. Le dije que no estaba contenta hasta que llegara Beatriz», comenta. «Beatriz suena como una canción», añade.
Don Alejandro aparece del coche, hoy con una camisa blanca y las mangas arremangadas, distinto al traje rígido de la comisaría. El sol dibuja líneas bajo sus ojos cansados, pero su sonrisa se abre al verlas. «Buenas tardes», dice con tono cálido, como si no quisiera asustar a nada precioso. «Es el momento perfecto», responde Beatriz, quitando el polvo de su vestido. «Me alegra veros a los dos». En ese instante, otra puerta se abre. Una mujer alta y elegante, con un vestido ajustado que denota lujo sin esfuerzo, lleva el pelo recogido y los uñas pintadas de rosa pálido. Se pone unas gafas de sol sobre la cabeza y asiente cortésmente. «Esta es Viviana», dice Don Alejandro. «Mi esposa, la madrastra de Begoña». «Buenas tardes», replica Viviana, con voz tan lisa como el mármol. «Gracias por cuidar de Begoña ayer». «Buenas tardes, señora», responde Beatriz, inclinand
e ligeramente la cabeza y acomodando un rizo suelto. De repente, le recuerda su vestido gastado, las suelas de sus sandalias desgastadas, el estuche de flauta remendado con cinta.
Begoña aprieta la mano de Beatriz. «Vamos a llevártela con nosotros», declara. Beatriz parpadea. «¿Llevarme donde?». Don Alejandro se encoge de hombros, sonrojándose ligeramente por el elegante reloj que lleva. «Begoña ha decidido que quiere que vengas a vivir con nosotros», dice suavemente. «No quiero que te sientas presionada, pero creo que podrías estar más segura aquí». Él señala la manta doblada bajo la farola, el vaso de metal y la flauta. «Te pagaré un salario justo, una habitación propia y atención médica. No tendrás que preocuparte por la comida o por estar sola», añade.
Beatriz traga saliva, el corazón late con fuerza. «¿Puedo aceptar?», pregunta, pensando en el futuro de su bebé. Viviana la observa con la calma de un lago sin olas. Sus labios se curvan en una sonrisa casi imperceptible. «Si eso hace feliz a Begoña, lo intentaré», dice. Beatriz se inclina para quedar a la altura de la niña. «Si voy, prometo que estudiaremos juntos, comeremos verduras sin quejarnos y leeremos cuentos cada noche». «¿Trato?», pregunta Begoña, con los ojos brillantes. Beatriz exhala, una risa temblorosa se vuelve llanto. «De acuerdo», responde, «iré». El conductor ayuda a cargar sus pocas pertenencias: el estuche de flauta, la manta, una bolsa de nylon con dos vestidos y un tarro de manteca de karité. Todo desaparece en el maletero como si no pesara nada.
Beatriz se sienta en el asiento trasero. Begoña se acurruca a su lado, sus pequeñas manos buscan las de Beatriz una y otra vez. El coche avanza, cruzando puentes, carteles luminosos y vendedores ambulantes que se deslizan entre el tráfico como peces en el agua. Beatriz observa cómo su esquina disminuye en el espejo retrovisor: la farola, la acera, el punto donde tocaba para desconocidos.
Siente un tirón dentro, no de arrepentimiento, sino de una despedida diminuta. «Papá dice que nuestra casa está lejos», anuncia Begoña, balanceando sus manos unidas. «Pero hay una fuente y una cocina que huele a tortillas de madrugada, y una habitación con una ventana donde el sol entra como una cuchara de oro». Beatriz ríe. «Eso lo dijo papá una vez», replica Begoña con orgullo. «Hay un gato que se cree león». Don Alejandro, mirando por el retrovisor, comenta: «Solo es una casa, pero el hogar son las personas». El tráfico se despeja, las calles se ensanchan.
El coche pasa una verja más alta que una palmera. La caseta de guardia tiene cristales relucientes. El conductor abre la ventanilla, intercambia saludos como contraseñas familiares. Entonces aparece la mansión, grande suficiente para arrebatar el aliento: paredes crema, amplios ventanales y un tejado oscuro que parece llevar un sombrero a propósito.
La fuente que Begoña prometió canta suavemente en la rotonda del jardín, el agua saltando como risas. Las manos de Beatriz aprietan las de Begoña sin darse cuenta. «Bienvenida», dice Don Alejandro cuando el coche se detiene. Su voz no presume, solo alivia. Salen al aire puro que huele a jazmín. Una criada abre la puerta con una sonrisa educada. «Buenas tardes, señor. Bienvenida, señora». Sus ojos se posan en el vientre de Beatriz y se suavizan.
Dentro, el aire fresco besa la piel de Beatriz. El suelo reluce. Retratos adornan el pasillo, fotos de Begoña a distintas edades. Un periódico muestra a Don Alejandro estrechando la mano de un personaje importante. Un cuadro muestra un río al atardecer. Todo está ordenado, con propósito, con seguridad.
Begoña señala el salón: «Aquí está la tele donde los dibujos son enormes». Señala el comedor: «Aquí papá finge que las verduras son superhéroes». Señala el piano: «Nadie lo usa, pero parece serio». Señala la cocina: «Aquí la mejor». Entran a la cocina, la luz entra por grandes ventanales sobre encimeras blancas. Una mujer con un pañuelo colorido, mejillasBeatriz alza la flauta una última vez, deja que la melodía se pierda en el aire de la mansión y, con el corazón lleno, comprende que, al fin, ha encontrado un hogar donde su música y su bebé pueden vivir en paz.







