Una mujer de cincuenta y seis años comenzó a envejecer. Y no hay nada sorprendente en ello, es completamente normal. Ha llegado su momento.

Mira, te voy a contar la historia de una mujer, Carmen, que tiene cincuenta y seis años y empezó a notar que se estaba haciendo mayor. Y bueno, tampoco tiene nada de raro, ¿no? A todos nos llega ese momento. Solo que a Carmen le sorprendió lo rápido que parecía avanzar el tiempo cuando se miraba al espejo. Era como si alguien, cada día, le quitara un poco de esa juventud y belleza, echándole encima un maquillaje de vejez.

Hace nada estaba estupenda, te lo juro. Hasta el abuelo Julián, que siempre estaba sentado en el banco del parque, aunque lloviera o hiciera frío, no paraba de dedicarle palabras bonitas: ¡Qué bien te ves! ¡Menuda guapa eres, chica!. Carmen pasaba deprisa por su lado, y él con ese gesto tan suyo se tocaba la boina o el gorro de lana y le soltaba siempre lo mismo: ¡Qué guapa eres, chica!.

Y Carmen, mientras iba a toda prisa a la oficina con esa sonrisa tonta que se te queda después de que alguien te diga algo bonito, recibía más piropos durante el día. Realmente estaba radiante.

Pero de repente un día, Carmen se dio cuenta de que hacía tiempo que no veía por allí al abuelo Julián. Ya no ocupaba su banco, y aquello le llamó la atención. Así que fue a preguntar a los vecinos y le dijeron que se lo habían llevado a una residencia. Su familia ya no podía cuidar de él, sus hijos vivían lejos, por toda España, así que lo ingresaron en un centro cercano, en San Sebastián de los Reyes. El hombre ya tenía noventa años, necesitaba atención y cuidados.

Y fíjate, Carmen dejó de darle vueltas a la idea de envejecer, y empezó a pensar mucho en el abuelo Julián, que resulta que así se llamaba. Averiguó en qué residencia estaba, compró unas pastas y bombones, y el domingo se fue a visitarle. ¡Y por fin lo encontró!

Estaba fenomenal. Sentado en un sillón, desayunando sémola con mantequilla, tan tranquilo. Al ver a Carmen, se le iluminó la cara y exclamó: ¡Ay, qué alegría verte! ¡Qué bien te conservas! ¡Pero qué guapa eres, hija!. Y no era el único, porque otros abuelitos y abuelitas se acercaron también y le decían cosas preciosas, la elogiaban, agradecidos.

Esa tarde, cuando Carmen volvió a su casa y se miró al espejo, se dio cuenta: los mofletes con buen color, los ojos chispeantes, el pelo con más vida, y hasta esas arruguitas se habían suavizado. Se veía estupenda. Incluso más joven que unos años antes. Era como si la belleza y la juventud hubieran pasado a verla otra vez, ¡una maravilla!

Eso fue como un pequeño milagro para Carmen. Así que empezó a visitar la residencia todos los domingos, ayudaba con lo que podía y hasta daba clases de baile a los mayores. No era solo por sentirse joven otra vez, sino porque la hacía feliz poder echar una mano, animar a alguien, sentir que para ellos era como una hija o una nieta. Y ellos, que la recibían siempre con cariño, le decían: ¡Qué bien te ves!, pero esta vez se lo decían de verdad, desde el corazón.

Fíjate, que a veces otras personas son como nuestro espejo. Pero uno mágico. Hay quien te hace sentir mejor, más viva, te saca una sonrisa y te endereza la espalda, y otros pueden hundirte, hacer que te veas apagada y mayor de lo que eres. Por eso hay que cuidar esos espejos mágicos, a la buena gente que habla desde el corazón, y especialmente a los abuelos, a los mayores.

Mientras haya personas mayores, todavía somos jóvenes, aún podemos ayudar y aprender. Así lo siente Carmen, que logró recuperar su alegría y su belleza. Y la verdad, tiene toda la razón.

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MagistrUm
Una mujer de cincuenta y seis años comenzó a envejecer. Y no hay nada sorprendente en ello, es completamente normal. Ha llegado su momento.