Una mentira demasiado costosa

Ana fregaba la bañera cuando Román irrumpió en el piso con el rostro desencajado entre furia y pánico.

—¿Qué has hecho? —gritó, cerrando la puerta de golpe.

Ella se enderezó de inmediato y salió al pasillo.

—¿Qué pasa? —preguntó, desconcertada.

—¡¿Para qué fuiste a verla?! —le espetó él, con los dientes apretados.

—¿A quién? —Ana abrió los ojos como platos.

—¡A Tamara! ¡Te lo dije claramente! ¡Que no te metieras!

—Román, ¿puedes explicarte con calma?

—¿Se lo contaste? ¿Lo nuestro? —Román jadeaba, limpiándose el sudor de la frente.

—Sí, se lo dije. Y lo entendió, ¿sabes? Dijo que no se interpondría en nuestra felicidad. ¡Hasta estoy mirando vestidos de novia, mira qué maravilla!

—¿Novia? ¿Boda? —Román soltó una risa nerviosa—. Ana, ¿estás en tus cabales?

—Pensé que me lo agradecerías —dijo ella con sinceridad—. Solucioné lo que tanto te atormentaba. Decías que era frágil, que no soportaría que la dejaras. Pero es fuerte. Te ha dejado ir.

Román se dejó caer en el sillón, luego se levantó y la miró como si no la reconociera.

—No lo entiendes… —No terminó la frase. Agarró su bolsa y se fue sin cerrar la puerta.

No podía dejar a Tamara. Ni ahora, ni nunca. Porque fue ella quien lo rescató del abismo cuando solo le quedaban quinientos euros en el bolsillo. Le dio todo: trabajo, un techo, un coche, estatus. Todo lo que soñaba mientras compartía un piso diminuto con un amigo.

En otro tiempo fue un simple empleado, viviendo al día, ajustando el presupuesto para poder ir a un bar una vez al mes. Las chicas lo miraban, pero nada concreto: algunas compartían pisos, otras llegaban en tren desde las afueras. Y él quería más: una vida elegante, dinero, el sabor del éxito.

Así terminó en un gimnasio, con una entrada promocional. Y allí estaba Tamara. Delgada, impecable, segura. Diez años mayor, pero con un magnetismo irresistible. Y lo mejor: con dinero. Tenía su propio negocio.

Hizo lo imposible por “encontrársela” con frecuencia. Hasta que un día, ella misma le ofreció un trabajo, con el doble de sueldo. Luego, un piso. Luego, un coche. Pronto despertaba cada mañana en su casa, manejaba su auto, trabajaba en su empresa. Todo decidido por ella. Solo tenía que asentir.

Pero la comodidad lo volvió ingrato. Empezó a creer que merecía más. Así llegó Ana: joven, vibrante, libre. Se veían a escondidas. Ella sabía de Tamara y quería que la dejara. Él lo posponía.

Hasta que Ana anunció que estaba embarazada. Él desapareció. No contestó llamadas. Y ella fue a ver a Tamara.

Pero Tamara no lloró. No hubo escenas. Escuchó en silencio, dio las gracias y dijo:

—Si van a tener un hijo, debe estar con ustedes. No me interpondré. Ni un minuto.

Cuando Román volvió, las maletas estaban junto a la puerta. Tamara le entregó las llaves y le deseó suerte. Balbuceó excusas, que todo era mentira, que era una trampa. Nadie lo escuchó. Se fue, sin trabajo, sin coche, sin hogar.

Consiguió una habitación en una residencia al anochecer. Dos semanas después, entró en una tienda de muebles como “gerente de sala”, aunque solo explicaba a los clientes las diferencias entre sofás. Bloqueó a Ana, con un último mensaje: «Allá tú».

No se sentía culpable. Para él, la culpa era de ellas, del destino, de cualquiera. Menos suya.

Ana descubrió pronto que el test era falso: no había embarazo. Pero el rencor permaneció.

—Me creí su mentira —lloraba ante su amiga—. Solo me usó.

—Ana, eres una mujer adulta —dijo la amiga, sacudiendo la cabeza—. ¿Y te tragaste eso de que «la empresa dependía de él»? No seas una Pinocho con falda.

—Pero yo le creí…

—Exacto. Y no debiste.

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Una mentira demasiado costosa