María, madre soltera y melancólica, está sola en una boda en el salón Real de Madrid, el objetivo de las burlas de todos, cuando un capo de la mafia se le acerca y le dice: «Finge que eres mi esposa y baila conmigo».
Las risas que los rodean suenan más fuerte que la música.
María está sentada sola al fondo del salón, con las manos apretadas en el regazo, mirando fijamente la copa de cava sin tocar que está frente a ella. Su vestido floral, prestado y algo desteñido, apenas cubre el cansancio que se refleja en sus ojos. Del otro lado del salón, parejas se balancean bajo candelabros dorados mientras los susurros vuelan alrededor de la mesa como buitres.
«Es madre soltera, ¿no?» comenta una dama de honor con desprecio. «Su marido la dejó. No es de extrañar que esté sola», se ríe otra.
María traga saliva. Se había prometido no llorar, no hoy, no en la boda de su prima. Pero al ver a un hombre y a su hija bailando, algo se rompe dentro de ella. Piensa en su hijo, Daniel, durmiendo en casa con la niñera. Recuerda todas las noches que pasó fingiendo que todo iba bien.
De pronto, una voz detrás de ella, profunda y suave, le dice: «Baila conmigo».
Se vuelve y se encuentra cara a cara con un hombre de traje negro impecable. Hombros anchos, mirada oscura y una presencia que domina el ambiente. Lo reconoce al instante: Javier Ortega, conocido en los círculos de negocios de Madrid como un magnate, aunque en susurros se le llama jefe de la mafia.
«Yo ni siquiera lo conozco», balbucea ella.
«Entonces, vamos a fingir», responde él despacio, extendiéndole la mano. «Finge que eres mi esposa. Solo por un baile».
El público se silencia mientras ella vacila, los dedos temblorosos tratando de aferrarse a la mano firme. Murmullos de asombro recorren la sala mientras Javier la lleva al centro de la pista. La orquesta cambia a una melodía lenta y conmovedora que llena el aire.
Mientras avanzan, María nota algo extraño: los susurros cesan. Nadie se atreve a murmurar. Por primera vez en años, no se siente invisible. Se siente vista. Protegida.
Y cuando Javier se inclina, su voz apenas supera un susurro, le dice:
No mires atrás. Solo sonríe.
La música se desvanece, pero el salón queda en silencio. Todas las miradas están puestas en ellos: el hombre misterioso y la madre soltera que ahora parece una reina. La mano de Javier se posa suavemente en su cintura, pero sus ojos recorren la multitud con precisión letal.
Al terminar la canción, la lleva fuera del centro de la pista. «Lo has hecho muy bien», susurra él.
María parpadea. «¿Qué acaba de pasar?»
«Digamos que necesitábamos una distracción», responde Javier con una media sonrisa.
Se sientan en una mesa del rincón, su corazón late con fuerza. Él le sirve una copa de vino, cada movimiento suyo es calmado y deliberado. «Esos tipos no te molestarán más», comenta, lanzando una mirada a la gente que murmura. «Temen a lo que no comprenden».
Él la estudia: la mandíbula, la cicatriz fina junto a la oreja, la mezcla de peligrosidad y amabilidad. «No debías haberme ayudado».
«No lo hice por ti», dice Javier bajo, «alguien aquí quería ridiculizarme. Tú me ayudaste a invertir los papeles».
María frunce el ceño. ¿Así que solo era un encubrimiento?
«Tal vez», contesta él, y su expresión se suaviza. «Pero no esperaba que me miraras como lo hiciste, como si fuera un hombre».
Antes de que ella pueda responder, dos hombres de chaqueta negra se acercan, susurrando en italiano. El rostro de Javier cambia. Se levanta de golpe. «Quédate aquí», ordena con tono autoritario.
Sin embargo, la curiosidad impulsa a María a seguirlo fuera, sus tacones resonando sobre el mármol.
Junto al guardia, ve a Javier hablando con otro hombre que lleva una pistola bajo la chaqueta. Las palabras son cortantes, tensas. El extraño se marcha en su coche y Javier vuelve, dándose cuenta de que la ha visto.
«No deberías haber visto eso», dice, acercándose. «No era mi intención». «Eres valiente», interrumpe él. «O bien tonto».
Sus ojos se clavan en ella. «Ahora que me has visto, no puedes simplemente desaparecer de mi vida, María».
La brisa nocturna lleva perfume de rosas y miedo.
Por primera vez, María comprende que ha entrado en algo mucho más grande que ella.
Dos días después, Javier aparece en la puerta de su pequeño apartamento en el centro de Madrid. Daniel está construyendo torres de Lego cuando levanta la vista y pregunta: «Mamá, ¿es el amigo del que hablaste en la boda?»
Javier sonríe levemente. «Algo así».
María duda, sin saber si dejarlo entrar. «No deberías estar aquí».
«Lo sé», responde él, acercándose. «Pero no me gusta dejar las cosas sin terminar».
Observa el papel tapiz descascarillado, los muebles de segunda mano, el brillo callado en sus ojos. «Has luchado sola demasiado tiempo», dice. «Ya no tienes que hacerlo».
María cruza los brazos. «Ni siquiera me conoces».
«Sé lo que es ser juzgado por todos», dice Javier despacio. «Ser el villano de la historia de todos».
El silencio llena la pequeña habitación. Daniel sale sigilosamente del sofá con un cochecito de juguete. Javier se arrodilla. «Bonitas ruedas», comenta. Daniel sonríe, una sonrisa rara y sincera que derrite el corazón de María.
Los días se convierten en semanas y Javier la visita cada vez más a menudo. A veces le lleva la compra, otras veces repara la cerradura de la puerta. A veces simplemente se queda quieto mientras María le lee cuentos a su hijo antes de dormir.
Los rumores circulan sobre él (poder, peligro, sangre), pero nada de eso importa mientras está en su cocina ayudando a Daniel con los deberes. No era el hombre del que hablaba la gente. Era simplemente Javier.
Una noche, bajo una lluvia torrencial, María le pregunta al fin: «¿Por qué a mí?»
Él la mira con una intensidad serena. «Porque cuando todos los demás voltearon la mirada, tú no lo hiciste».
No sabe si podrá confiar plenamente en él, pero por primera vez en años no teme al futuro. La mujer que antes fue objeto de burlas y compasión ha recuperado su fuerza, no a través de un cuento de hadas, sino mediante algo crudo, imperfecto y vivo.
Mientras están juntos junto a la ventana observando la lluvia, Javier susurra: «Quizá, al final, no fue tan mala idea fingir».
María sonríe. «Tal vez no».





