Una madre soltera, melancólica, se sentaba sola en una boda, el objeto…

15 de junio de 2024

Hoy me he quedado en la boda del primo de mi hermana Almudena en el salón del Hotel Alfonso XIII, en Sevilla. La atmósfera era de luz de velas y candelabros de cristal que colgaban como luciérnagas de oro. Almudena, con su vestido floral prestado y ligeramente descolorido, estaba sentada en el extremo más alejado del salón, con las manos apretadas sobre su falda y la mirada fija en una copa de cava sin tocar que reposaba sobre la mesa. El polvo de los años se notaba en sus ojos cansados, aunque el brillo del lino no lograba ocultar la fatiga que llevaba arrastrando.

Al otro lado de la pista, parejas giraban bajo la música mientras los murmullos se deslizaban como cuervos alrededor de las mesas. Una dama de honor, con desdén en la voz, soltó: «¿Será que es una madre sola? Su marido la dejó, no me extraña que esté sola». Otra invitada se rio a sus espaldas, como quien echa fruta podrida al viento.

Almudena tragó saliva, prometiéndose a sí misma no llorar esa noche, no en la boda de su prima. Pero cuando vio a una pareja de ancianos bailando, algo se rompió dentro de ella. Pensó en su hijo Mateo, que estaba en casa dormido bajo el cuidado de la niñera. Rememoró las noches en que tuvo que fingir que todo marchaba bien, aunque el peso de la soledad la aplastara.

De pronto, una voz profunda y suave surgió detrás de ella: «Baila conmigo». Me giré y allí estaba, como sacado de un sueño, un hombre de traje negro impecable, hombros anchos, mirada oscura y una aura que parecía absorber la luz. Lo reconocí al instante: Luis Navarro, el magnate de la construcción que todos susurran que maneja los hilos de la mafia madrileña.

«Yo ni siquiera lo conozco», balbuceó Almudena, temblorosa.

«Entonces, hagamos de cuenta», respondió él con una sonrisa cansada, extendiendo la mano. «Finge que eres mi esposa. Sólo para un baile».

El silencio se apoderó de la pista mientras ella dudaba, sus dedos temblorosos escapando del firme apretón. Los murmullos se convirtieron en susurros de asombro cuando Luis la tomó de la mano y la condujo al centro. La banda cambió a un vals melancólico que llenó el aire con una nostalgia palpable.

Al caminar juntos, Almudena notó que el acoso había cesado; ya nadie se atrevía a lanzar miradas furtivas. Por primera vez en años, sintió que la veían, que la protegían. Cuando Luis se inclinó, su voz casi fue un susurro: «No mires atrás. Sólo sonríe».

La música se desvaneció, pero la sala quedó inmóvil, con todas las miradas clavadas en la pareja: el hombre enigmático y la madre soltera que, de repente, parecía una reina. Luis posó su mano ligera sobre su cintura, mientras escaneaba la audiencia con la precisión de un halcón.

Al terminar la pieza, la sacó del centro. «Te ha ido bien», murmuró él.

Almudena parpadeó, desconcertada. «¿Qué acaba de pasar?»

«Solo que necesitábamos una distracción», respondió Luis con una media sonrisa.

Nos sentamos en una mesa a un lado, su pulso todavía acelerado. Él pidió una copa de vino tinto y, con gestos medidos, dijo: «Estos tipos no volverán a molestarte. Les asusta lo que no comprenden». Observó su mandíbula, la cicatriz bajo la oreja, la dualidad de peligro y amabilidad que lo definía. «No era mi intención ayudar», confesó, «pero alguien en esa sala quería hacerme el ridículo. Tú me has permitido cambiar los papeles».

Almudena frunció el ceño. «¿Solo era un escudo?»

«Tal vez», admitió él, suavizando su expresión. «Pero no esperaba que me miraras como a un ser humano, como a… un hombre».

Antes de que pudiera responder, dos hombres de traje oscuro se acercaron susurrando en italiano. El rostro de Luis cambió; se levantó bruscamente y ordenó: «Quédate aquí».

La curiosidad venció a Almudena; siguió a Luis fuera, sus tacones resonando sobre el mármol. En la zona de valet, vio a Luis conversar con otro individuo, un tipo con una pistola oculta bajo la chaqueta. Las palabras eran afiladas, tensas. El extraño se marchó en coche y Luis volvió, con la cara cubierta de sudor.

«No deberías haber visto eso», le dijo, acercándose. «No era mi intención».

«Eres valiente», interrumpió él. «O quizás ingenuo». Sus ojos se clavaron en los de Almudena. «Ahora que me has visto, no puedes simplemente desaparecer de mi vida».

La brisa nocturna llevaba el perfume de los naranjos y una pizca de temor. Por primera vez, Almudena comprendió que había entrado en algo mucho mayor que ella.

Dos días después, Luis apareció en la puerta del modesto piso de Almudena en el barrio de Lavapiés. Mateo estaba construyendo torres de Lego cuando alzó la vista y preguntó: «Mamá, ¿es el amigo del que hablaste en la boda?»

Luis sonrió levemente. «Algo así».

Almudena vaciló, sin saber si dejarlo entrar. «No deberías estar aquí».

«Lo sé», replicó él, acercándose. «Pero no me gusta dejar los asuntos sin terminar».

Observó el papel tapiz descascarillado, los muebles de segunda mano, el fuego silencioso en los ojos de Almudena. «Te has luchado sola demasiado tiempo», le dijo. «Ya no es necesario».

Almudena cruzó los brazos. «Ni siquiera me conoces».

«Sé lo que se siente ser juzgado», dijo Luis despacio. «Ser el villano de la historia de todos».

El silencio llenó la pequeña estancia. Mateo salió sigilosamente del sofá con un cochecito de juguete. Luis se arrodilló. «Qué bonitas ruedas», comentó. Mateo sonrió, un gesto puro que derritió el hielo del corazón de Almudena.

Los días se convirtieron en semanas; Luis empezó a visitarla con más frecuencia. A veces traía la compra, otras veces reparaba la cerradura rota de la puerta. Otras veces simplemente se quedaba a su lado mientras Almudena le leía cuentos a Mateo antes de dormir.

Los rumores sobre él circulabanpoder, peligro, sangrepero nada valía el tiempo que pasaba en su cocina, ayudando a Mateo con los deberes. No era el hombre del que hablaba la gente. Era simplemente Luis.

Una noche, mientras la lluvia golpeaba el tejado, Almudena preguntó finalmente: «¿Por qué yo?»

Él la miró con una calma intensa. «Porque cuando todos los demás dieron la espalda, tú no lo hiciste».

No sé si alguna vez podré confiar ciegamente en él, pero, por primera vez en años, el futuro ya no me asusta. La mujer que antes fue objeto de burlas y lástima ha recuperado su fuerza, no a través de un cuento de hadas, sino mediante algo crudo, imperfecto y vivo.

Mientras contemplábamos la lluvia desde la ventana, Luis susurró: «Quizá, al final, no estuvo tan mal fingir».

Yo, que he sido testigo de todo, concluyo que a veces la vida nos obliga a jugar papeles que nunca imaginamos, pero esos papeles pueden abrirnos puertas que la realidad nos niega.

Lección personal: no subestimes el poder de una sonrisa sincera ni el valor de quien, aunque venga de la sombra, decide ofrecerte su mano.

J. Martínez.

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Una madre soltera, melancólica, se sentaba sola en una boda, el objeto…