UNA MADRE SOLTERA DE CUATRO INVITA A UN EXTRAÑO EMPAPADO A SU HOGAR Y SU VIDA NUNCA VOLVERÁ A SER LA MISMA

Era una noche de tormenta, y Lucía miraba por la ventana de su humilde casita, las lágrimas mezclándose con el estruendo del trueno. Ser madre soltera de cuatro hijos nunca había sido fácil, pero últimamente parecía imposible. Las facturas se amontonaban sobre la mesa, y la cena de esa noche volvería a ser lo que pudiera sacar de las sobras.

Justo cuando iba a apartarse, algo llamó su atención.

Una figura—un anciano empapado hasta los huesos, tambaleándose en la acera bajo la lluvia, sin paraguas. Parecía perdido. Abandonado.

Sin dudarlo, Lucía agarró el único paraguas que tenían, se calzó las alpargatas y salió corriendo hacia el aguacero.

—¿Señor? ¿Está bien? —preguntó con dulzura.

El hombre alzó la vista, sorprendido. —Solo estoy de paso… seguiré mi camino.

Pero Lucía negó con la cabeza. —Se va a enfermar con esta tormenta. Por favor, pase. No tenemos mucho, pero es bienvenido.

El anciano dudó un instante, pero finalmente asintió.

Dentro, sus cuatro hijos observaban con curiosidad al desconocido. Lucía le dio una toalla y le sirvió una taza de té caliente. El hombre, que se presentó como Don Alfonso Roldán, era educado, callado, y llevaba en los ojos una tristeza que no necesitaba palabras.

Aquella noche, se sentó con los niños y les contó historias de su infancia en el pueblo, de los olivos que trepaba y de la pequeña casa que había construido con sus propias manos. Los niños rieron, y por primera vez en mucho tiempo, el hogar se llenó de calor.

A la mañana siguiente, Don Alfonso estaba en la cocina, tomando su té.

—¿Sabes? —dijo—. Esta casa me recuerda a la que construí hace sesenta años. Es pequeña, pero está viva. Tiene amor en cada rincón.

Lucía sonrió tímidamente. —No es mucho, pero es todo lo que tenemos.

Entonces, él la miró con seriedad. —Por eso quiero darte algo.

Sacó del bolsillo de su abrigo un sobre y lo dejó sobre la mesa. Lucía lo abrió lentamente y contuvo un grito.

Era una escritura de propiedad.

De una casa de campo con tierras en las afueras del pueblo. Pagada. Suya, si la quería.

—Iba a venderla —confesó Don Alfonso—. Pero llevo demasiado tiempo solo. Y anoche… me recordaste lo que se siente estar en casa. Me diste refugio cuando nadie más lo hizo. Ese tipo de bondad merece todo.

Lucía se tapó la boca, con los ojos llenos de lágrimas. —No puedo aceptar esto.

—Debes hacerlo —dijo él, sonriendo—. Pero con una condición.

Ella lo miró, perpleja.

—Véndeme esta casa por un euro —pidió—. Así tendré un lugar al que regresar cuando extrañe el sonido de las risas.

Y así lo hizo.

Esa misma semana, Lucía y sus hijos se mudaron a la preciosa casa de campo, con sus manzanos, un granero rojo y espacio para respirar. Los niños corrieron por los campos, gritando de alegría. Por fin tenían espacio, comodidad y una nueva oportunidad.

Don Alfonso se quedó en la casita que había “comprado” por un euro y visitaba a los niños cada fin de semana. Le llamaban “Abuelo Alfonso”. Les tallaba juguetes de madera, les enseñaba a cultivar tomates y les leía cuentos bajo las estrellas.

Y cuando alguien le preguntaba por qué había regalado todo, él simplemente sonreía y decía:

—Porque cuando alguien te da amor sin pedir nada, lo justo es devolverlo multiplicado. 💖

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UNA MADRE SOLTERA DE CUATRO INVITA A UN EXTRAÑO EMPAPADO A SU HOGAR Y SU VIDA NUNCA VOLVERÁ A SER LA MISMA