Mis queridos hijos… Mañana vendréis a visitarme. Es mi aniversario, una fecha redonda, supuestamente un día de celebración. Llegaréis con ramos de flores, con una tarta, con sonrisas educadas. Y yo os recibiré con arrugas en el rostro y temblor en las manos, porque cada año que pasa me cuesta más… Veréis cómo envejezco. Solo os pido una cosa: sed pacientes. Intentad entender por qué etapa de la vida estoy pasando.
Si de pronto vuestro padre o yo empezamos a contar una historia que ya habéis escuchado—hace un año, un mes, o incluso hace una hora—no nos interrumpáis. No frunzáis el ceño ni digáis con fastidio: «Mamá, ya nos lo contaste». Simplemente… escuchad. Igual que yo os escuchaba a vosotros cuando erais pequeños y pedíais que os leyera el mismo cuento una y otra vez, hasta que os dormíais abrazando el libro.
Cuando diga que no quiero ducharme, no gritéis, no os avergoncéis, no me recriminéis. Recordad cómo yo os convencía para que os bañarais por las noches después del colegio o de jugar, cuando protestabais diciendo que estabais cansados. Yo no me enfadaba. Os acariciaba la espalda, os decía «un poquito más», llenaba la bañera y os cantaba canciones.
Y si de pronto no entiendo cómo encender vuestro teléfono o la televisión, no pongáis los ojos en blanco. Yo no nací con estos aparatos en las manos. Aprendí todo desde cero. Igual que os enseñé a vosotros a usar la cuchara, a abrocharos los botones y a ataros los cordones. Lo hice con paciencia. Haced ahora lo mismo por mí. Sin enfado. Sin burlas.
Con el tiempo, os daréis cuenta de que me pierdo en las conversaciones, de que olvido cosas, de que tropiezo con las palabras. Sí, estoy envejeciendo. Sí, me canso. Por favor, no me lo recordéis. No digáis: «¿Otra vez lo has olvidado?» Ya lo sé. Y me da miedo. Solo dadme un momento para recordar. Simplemente quedaos a mi lado.
No quiero ser una carga para vosotros. Quiero seguir siendo la misma persona que os tomó de la mano cuando disteis vuestros primeros pasos. Y ahora que mis piernas flaquean, solo tendédme la vuestra. No me deis prisa. Caminad a mi lado. Yo también adapté mi paso al vuestro cuando erais pequeños.
No pido mucho. No necesito fiestas ruidosas, regalos caros o palabras perfectas. Solo necesito un poco—un poco de cariño, un poco de atención, un poco de silencio para estar juntos. Os lo pido: no temáis mi vejez. Aceptadla. Como yo acepté vuestras lágrimas, vuestros miedos, vuestros caprichos.
No esperéis a que ya no esté para recordar lo cálida que era mi mano. Abrazadme ahora. Decidme: «Te quiero»—ahora. Mientras todavía puedo oíros. Mientras todavía puedo sentirlo.
Y cuando salgáis mañana de aquí, no os limitéis a ser correctos. Sed sinceros. Yo lo noto todo. Sé cuándo tenéis prisa por iros. Y cuándo calláis no por amor, sino por irritación. No necesito mucho—solo vuestro «mamá» dicho de corazón.
Termino esta carta con la mano temblorosa y el corazón lleno de amor. Solo quería recordaros una cosa: os quiero. Para siempre. Hasta el último aliento.
Vuestra madre.





