Una joven muy atractiva subió al avión con paso firme. Lucía unas enormes gafas de sol y llevaba al hombro un bolso de marca muy caro. Al llegar a su asiento, se dio cuenta de que tendría que sentarse junto a un señor mayor de aspecto humilde: camisa limpia, pero ya algo gastada, y unos zapatos que claramente habían recorrido muchos caminos.
Cuando se sentó, llamó enseguida a la azafata.
¿Podría cambiarme de asiento? dijo con voz fría y cortante. No puedo viajar al lado de alguien así… Fíjese en su ropa, esos zapatos tan viejos. Yo merezco compañía más adecuada.
La azafata, sorprendida por sus palabras, mantuvo la calma.
Lo siento, señora, pero todos los sitios en clase turista están ocupados.
La joven suspiró con fuerza y se giró hacia la ventanilla, visiblemente molesta.
El hombre mayor bajó la mirada. No dijo ni una palabra.
La azafata se sintió incómoda con la situación y fue hasta la cabina del piloto para contarle al capitán lo ocurrido. Él la escuchó con atención y le dedicó una sonrisa tranquila.
Déjame a mí. Ahora lo arreglo.
A los pocos minutos, la azafata volvió con una amable sonrisa.
Señora, el capitán ha autorizado el cambio de asiento. Y le pedimos disculpas por verse obligada a viajar junto a un individuo tan desagradable.
La joven alzó la barbilla satisfecha, tomó su bolso y se puso en pie, imaginando ya el asiento de primera clase, con más espacio y una copa en la mano.
Pero entonces la azafata se dirigió al señor mayor con respeto:
Caballero, ¿sería tan amable de acompañarme? El capitán le invita a viajar en Primera Clase.
Por un instante, el avión quedó en silencio absoluto.
Luego, como si todos hubieran estado conteniendo el aliento, toda la cabina estalló en un aplauso espontáneo.





