Una hija para dos
Entre Consuelo y Gonzalo la pasión surgió fulminante, casi sin previo aviso. Llevaban apenas un mes saliendo cuando, en una cena bajo las estrellas de septiembre en Madrid, Gonzalo le susurró con nerviosismo:
Consuelo, cásate conmigo.
Ella quedó boquiabierta.
¿Cómo? ¿Casarme? Pero si sólo llevamos un mes juntos
¿Y qué? Para mí es suficiente para entender que eres mi destino. No quiero a nadie más, no necesito mirar a otra mujer.
Consuelo sonrió tímidamente, y se lanzó a sus brazos.
Pues sí, Gonzalo, acepto.
Hija, ¿no te estarás precipitando? insistía su madre, Mariola, preocupada por una decisión tan rápida. ¿No estarás embarazada?
¡Mamá! ¿Pero a ti qué se te ocurre? Claro que no. Simplemente Gonzalo me dijo que no puede vivir sin mí, y yo igual Así es nuestro amor, mamá.
Pronto quienes dudaban de aquél enlace exprés se dieron cuenta de que de verdad estaban hechos el uno para el otro. Desde fuera se veía el cariño y la delicadeza con la que Gonzalo trataba a su mujer, y Consuelo le correspondía con amor incondicional y cuidados.
Su amor era puro y sincero, pero había una sombra sobre su felicidad. Ambos deseaban tener hijos, más el embarazo nunca llegaba.
Gonzalo, creo que deberíamos hacernos pruebas los dos Puede haber alguna razón para que yo no consiga quedarme embarazada.
Por mí perfecto respondió él sin titubear.
Esperanzas, médicos, viajes a Toledo, oraciones al Cristo de Medinaceli, pero nada. Consuelo nunca logró ser madre biológica.
Consuelo, ¿y si vamos al centro de menores? Adoptamos a un niño y lo criamos como propio propuso Gonzalo con un hilo de voz.
¡Sí! contestó ella casi antes de dejarlo terminar, pues era un deseo que llevaba años guardado en secreto, temerosa de que él se opusiera. Yo también lo he pensado
Pues vamos sentenció Gonzalo, decidido. Además, hay un orfanato en la carretera de vuelta de mis viajes a Alcalá de Henares, siempre me fijo.
Nada más poner un pie en aquel hogar, entre decenas de niños tímidos, una pequeña rubita de dos ojos como el cielo corrió hacia Consuelo y le abrazó las piernas.
¡Mamá! chilló la niña, tan espontánea que a Consuelo le temblaron las rodillas de emoción.
Así llegó a su casa Lucía, una niña alegre cuyo canto inundaba su hogar de vida. Consuelo por fin se sintió madre de verdad. Volcó todo su cariño en Lucía, y Gonzalo la adoraba.
Vivían en un pequeño pueblo manchego, donde todos se conocían. Era lógico que los vecinos supieran del origen de Lucía: era adoptada. Al principio no hubo problema, pero con los años y la llegada del instituto, alguien reveló el secreto.
Lucía tenía ya catorce años cuando volvió un día perturbada.
¿Por qué nunca me habéis contado que no soy vuestra hija biológica? Sé que me adoptasteis
Consuelo quiso tranquilizarla.
Esperábamos simplemente que fueses mayor para decírtelo, que no te doliera tanto. Pero al final, alguien se adelanta siempre lo temimos, hija.
Lucía lloró, gritó, se volvió taciturna, y luego rebelde: porte desafiante, portazos y contestaciones hirientes habitaban la casa.
Y justo entonces ocurrió lo impensable. Gonzalo murió. Una mañana de enero, tras una fuerte nevada, cuando volvía de una reunión en Valladolid, el coche volcó en la carretera.
Consuelo sintió cómo se resquebrajaba el mundo. Tenía cuarenta y seis; Lucía, en vez de consolarla, se desbocó por completo, marchándose de casa, volviendo tarde, sin escucharla.
Pese a todo, Consuelo no perdió la paciencia, suplicó, lloró, pero jamás levantó la voz a su hija. Los dos siguieron adelante, como buenamente pudieron. Y Lucía creció deprisa. Hasta que una tarde, al terminar bachillerato, le anunció:
Me marcho a Madrid.
Consuelo, secándose las manos en el delantal, preguntó:
¿A estudiar, hija?
Me voy a buscar a mi verdadera madre
Consuelo se tambaleó.
¿Pero por qué, Lucía? ¿Es que yo no soy tu madre?
Lucía apartó la mirada hacia la ventana, en silencio.
Necesito saber quién es, mamá. Por qué me abandonó. Tengo derecho a entenderlo.
Sí, hija. Tienes derecho asintió Consuelo, sabiendo que no podría retenerla.
Casi diecinueve años, poco equipaje, un beso en la mejilla y la promesa de volver de vez en cuando. Lucía salió dejando un silencio helado en el hogar. Consuelo quedó sola.
Pasaron los años. Días lentísimos, grises. Consuelo, ya jubilada, pasaba las tardes de invierno revisando las postales que guardaba de Gonzalo en una caja de mazapán, atada con una cinta granate. Había pocas, la última amarillenta de Navidad decía: «Consuelito, tardo tres días, te echo de menos. Besos, tu Gonzalo».
Pasaba la yema de los dedos por la tarjeta como si abrazara a su difunto marido. Veinticinco años sin él.
Las fuerzas se agotaban: antes charlaba en el banco junto a la farmacia, ahora sólo salía al supermercado. Persianas casi siempre bajadas, el buzón vacío, silencio en casa. La única alegría, cuando Lucía venía con sus hijos; pero era raro. En la cómoda una foto: Gonzalo alzando a la pequeña Lucía, ambos riendo.
Ay, Gonzalo, te fuiste tan pronto Me dejaste sola.
La única compañía era Nicolás, su gato pardo, celoso y dormilón, que saltaba entre cortinas y maullaba buscando caricias. Consuelo lo alimentó, tomó su café y decidió salir al mercado. Entonces, alguien llamó al portón.
De pronto recordó aquel día en que Lucía la dejó para buscar a su madre original El aire pesaba, gris. Consuelo tomaba café en la cocina cuando alguien golpeó en la verja.
Se calzó, cruzó el patio envuelta en su chal, abrió y vio a una mujer. Pudiera ser su hija: joven, ojos cansados.
Disculpe ¿Es usted Consuelo? preguntó con voz rota.
Sí, ¿quién eres?
La mujer titubeó.
Soy la madre de Lucía Bueno, la otra madre la biológica. Soy Carmen Perdona, es un lío esto
A Consuelo se le heló la sangre. ¿Cómo la había encontrado? ¿Había pasado algo con Lucía?
¿Pasó algo con Lucía? ¿Por eso está aquí?
Carmen se apresuró:
Lucía está en el hospital En Madrid. Le dolía el estómago, se sentó en un banco del Retiro, se puso pálida Llamé rápidamente a una ambulancia.
Ambas mujeres se miraban en silencio.
Lucía me encontró hace tiempo, pero tenía miedo de decirle a usted Carmen rompió a llorar.
Ven, no te quedes en la puerta. Entra dijo Consuelo reaccionando, pasa dentro.
Le sirvió algo caliente. Carmen, con las manos aferradas a la taza, explicó:
Era apenas una cría cuando nació Lucía. Mis padres, estrictos hasta la crueldad, me obligaron a dejarla. El novio, al saberlo, desapareció. Si no firmaba, me echaban de casa. Firmé la renuncia en el hospital Llevo toda la vida arrepintiéndome Perdón, lo importante ahora es Lucía. Ella quiere que vayas a verla.
Consuelo se levantó rápido.
¿Y por qué no me avisó Lucía?
Le robaron el bolso en el parque, con móvil y documentos, mientras la atendían los sanitarios Fue ella quien me dio su dirección antes, cuando empezó todo.
Pobrecita, mi niña susurró Consuelo.
Me rogó que la buscara. Que trajera a su madre.
Las miradas se cruzaron. Sólo había desasosiego, nada de resentimiento.
Vamos apresuró Consuelo cerrando la casa. Rápido, cogemos el próximo autobús.
El viaje hacia el hospital madrileño se hizo eterno. Al principio en silencio, después Carmen rompió la tensión:
yo también estoy sola. Mi marido murió enfermo hace tres años; después nunca pude tener más hijos. Siento que fue un castigo, por haber dejado a Lucía Es mi penitencia.
Así que sólo tenemos a Lucía confesó Consuelo.
Eso parece Una hija para dos respondió Carmen con amarga sonrisa.
En el hospital, la señora de recepción las miró intrigadas.
¿A quién vienen a ver?
A Lucía Gutiérrez respondieron al unísono.
¿Y qué parentesco?
Su madre repitieron a coro, mirándose y riendo nerviosas.
Dos madres, bueno pasen.
Lucía, pálida bajo la sábana y el gotero, sonrió al verlas.
Mamá y mamá susurró.
Consuelo la besó en la frente.
Tranquila, hija, estoy aquí y Carmen se sentó junto a ellas.
Ya no estás sola, hija, todo saldrá bien dijo Carmen acariciándole el pelo.
Juntas pasaron horas recordando, hablando de perdón, de futuro.
Desde entonces, Lucía tuvo dos madres. Después llegó el marido, y luego dos niños. Y Consuelo y Carmen compartieron la dicha de una hija para dos. A veces se ven, todos juntos, en algún domingo soleado.
Gracias por leernos, y por vuestro cariño. Que la vida os regale suerte y luz.





