Una hija para los dos

Una hija para dos
Entre Lucía y Fernando surgió la chispa desde el primer instante en que cruzaron miradas. Llevaban saliendo un mes, cuando en una de sus citas él le dijo de repente:
Lucía, ¿quieres casarte conmigo? y ella se quedó boquiabierta.
¿Cómo? ¿Casarnos? Pero, si solo llevamos un mes…
¿Y qué? Me ha bastado este tiempo para saber que eres la mujer de mi vida. No me hace falta nadie más, para mí no existen otras chicas…
Ay, Fernando, la verdad… sí quiero sonrió tímida y se abrazó a su pecho.
Hijita, ¿no estás yendo muy deprisa? le preguntaba su madre, intrigada por su decisión tan precipitada. ¿No te habrás quedado embarazada?
¡Pero mamá! ¿Cómo dices eso? No, claro que no. Solo que Fernando dice que no puede vivir sin mí, y yo tampoco sin él… Es amor, mamá, solo eso.
Al poco, los que se sorprendieron de su boda tan rápida vieron claro que estaban hechos el uno para el otro. Todo les iba bien; era visible el cariño y esmero con el que Fernando trataba a su esposa, y el amor y dedicación que Lucía le devolvía.
Su amor era sincero y profundo, pero una cosa ensombrecía su felicidad: los dos deseaban mucho tener hijos, pero el esperado embarazo nunca llegaba.
Fernando, deberíamos hacernos pruebas… Quizá hay alguna razón médica para no poder quedarme embarazada.
Estoy de acuerdo aceptó él enseguida.
Fueron muchas esperanzas, consultas, viajes y oraciones. Todo fue inútil. Lucía no pudo quedarse embarazada.
Lucía, he estado pensando… ¿Y si vamos a un centro de acogida de menores y adoptamos un niño? Lo criaríamos como nuestro.
Por supuesto soltó ella de inmediato, pues lo había soñado en silencio y temía que él no estuviese de acuerdo. También lo he pensado yo
Pues vamos dijo Fernando. Hay una casa de acogida justo en el pueblo de al lado; paso siempre al volver de trabajar. Ahí tomé la decisión.
Fueron juntos y, entre decenas de peques, una niña rubita, de ojos azules, corrió hacia Lucía y la abrazó por las rodillas.
¡Mamá! dijo la niña con alegría, y Lucía no pudo soltarla ya.
Así fue como llegó su hija Alba, una niña vital y llena de risa, que inundó la casa de alegría. Lucía sintió, por fin, la dicha de ser madre; todos sus cuidados y cariño se desbordaron hacia Alba. Fernando también estaba fascinado con su hija.
Todo marchaba bien. Lucía y Fernando vivían en un pequeño municipio de Castilla la Mancha, donde la mayoría de vecinos se conocían. Era bien sabido, sobre todo entre quienes más trataban con ellos, que Alba era hija adoptiva. Mientras era pequeña, no hubo problema alguno. Pero, con el tiempo, Alba creció y, ya en la ESO, alguien le soltó que era adoptada.
Alba tenía entonces catorce años. Volvió del instituto, y armó un escándalo.
¡Mamá, ¿por qué nunca me habéis dicho que no soy vuestra hija de verdad?! Sé que me recogisteis de una casa de acogida…
Cariño, calma, queríamos decírtelo, pero esperábamos el momento adecuado, que fueras más madura para comprenderlo. Pero ahora, ya ves, alguien se ha adelantado… Siempre temimos este día.
Alba lloró y gritó, después se encerró en sí misma, y más tarde se fue volviendo arisca; atravesaba, además, la edad más difícil. Respondía mal, daba portazos, y contestaba de forma grosera.
Y, de repente, sucedió lo inesperado: Fernando falleció. Lucía quedó desconsolada cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente volviendo de Ciudad Real tras una reunión de trabajo, justo antes de Nochevieja, en plena ventisca.
Fernando solía viajar por trabajo; si tardaba en volver, mandaba alguna postal, porque en aquellos años no había móviles. Cuando Fernando murió, Lucía tenía cuarenta y seis años. Alba, lejos de apoyar a su madre, parecía desbocada. Apenas pisaba la casa, desobedecía, se mostraba distante.
Lucía, con más pena que fuerza, buscaba el modo de reconectar con su hija, lloraba, suplicaba, pero nunca llegó a gritarle. Así seguían madre e hija. Alba creció rápido, y, un día, al terminar Bachillerato, le soltó a su madre:
Me voy a Madrid afirmó, seria.
Lucía levantó los ojos, agotados, aún sujetando un paño de cocina.
¿A estudiar, hija?
No. Quiero buscar a mi madre biológica…
Lucía contuvo el aliento, y preguntó en un hilo de voz:
¿Por qué, Alba? ¿Es que yo no soy tu madre?
Alba se giró hacia la ventana, y guardó silencio un rato.
Necesito saber quién es. Necesito entender por qué me dejó, por qué me abandonó. Tengo derecho a saberlo.
Ese derecho es tuyo, hija asintió Lucía; sabía que nada podía hacer para impedirlo.
Casi tenía ya diecinueve años. Alba recogió sus pocas cosas en una bolsa pequeña, besó a Lucía en la mejilla y prometió que vendría de vez en cuando. Alba salió y se fue a la parada de autobús. Lucía la miró alejarse, sintiendo la soledad pesar en la casa.
Pasó el tiempo: los días fueron lentos y largos. Lucía ya estaba jubilada; pasaba las frías tardes de invierno revisando las postales de Fernando, guardadas en una vieja caja de dulces, atada con cintilla. No eran muchas, y la última, decorada con ramitas de abeto, ya amarilla por el tiempo, aún decía: Lucía mía, me retraso unos días; te echo de menos y te beso. Tu Fernando.
Lucía pasó los dedos temblorosos por la postal, la abrazó al pecho, como a su marido ausente. Habían pasado casi veinticinco años desde que Fernando había muerto.
Sentada junto a la ventana, los recuerdos la envolvían. Cada vez salía menos; antes se sentaba en el banco junto a las vecinas, ahora apenas salía a comprar.
Las ventanas oscurecidas, el buzón vacío, el silencio llenando la casa. Solo cobraba vida cuando Alba venía a visitarla con sus hijos, pero eso era poco frecuente. En la cómoda se sostenía la foto de Fernando, con la pequeña Alba en brazos, ambos sonriendo.
Ay, Fernando, qué pronto te fuiste, me dejaste sola le susurraba a la foto. Estoy realmente sola.
La calma solo la interrumpía Pepín, el gato, saltando del alféizar, ronroneando fuerte a su lado. Lucía alimentó al gato, se sirvió un té y, mirando la foto, pensó que era momento de ir al supermercado.
Apuraba su té cuando alguien llamó al portón del patio. Recordó aquel día en el que Alba, sin más, le anunció que se marchaba a Madrid en busca de su madre biológica. Esa mañana también estaba gris y silenciosa. Lucía preparaba su té, cuando escuchó los golpes en el portal.
Se anudó la bata, tomó su chal y fue al patio. Abrió el portón; allí estaba una mujer, notablemente más joven que ella. Sus ojos reflejaban tristeza.
Buenos días… ¿Es usted Lucía? preguntó la desconocida, con voz insegura.
Sí, ¿quién es usted?
La mujer titubeó, jugueteando nerviosa con las manos.
Soy la madre de Alba… Bueno, la otra madre… O sea, su madre biológica… Me llamo Verónica… En fin, supongo que me entiende balbuceó.
Lucía sintió un escalofrío. Hacía nada que Alba se había ido, y ahora llegaba aquella mujer. ¿La habría encontrado Alba?
Espere, ¿le ha pasado algo a Alba? se inquietó Lucía. ¿La ha encontrado usted?
Verónica empezó a hablar, atropellada:
Alba está ingresada… En el hospital, en Madrid. Algo del estómago… Estábamos en el Retiro y, de repente, se encorvó de dolor y se sentó en un banco, pálida. Llamé a una ambulancia corriendo.
Ambas se quedaron mirándose, calladas.
Alba me localizó hace tiempo, pero no se atrevía a contárselo a usted dijo con la voz quebrada.
Pero bueno, ¿cómo estamos aquí paradas en la puerta? Pase, por favor, vamos sentándonos reaccionó Lucía.
Le sirvió un té caliente. Verónica, al sentarse, comenzó su relato:
Era solo una cría cuando di a luz a Alba. Mis padres eran autoritarios y me obligaron a darla en adopción. Cuando mi novio supo que esperaba un bebé, desapareció, y mis padres amenazaron con echarme de casa. Firmé los papeles en el hospital… He vivido todos estos años con ese dolor. Pero, bueno, ahora no es momento Alba me pidió, por favor, que viniera a buscarla.
Lucía se levantó de golpe.
¿Por qué no me ha llamado?
Le robaron el móvil, el bolso entero. Mientras llegaba la ambulancia, quedó olvidado en el banco. Cuando volví ya no estaba ni bolso ni documentos…
Dios mío, mi pobre niña sollozó Lucía.
Ella misma me dio su dirección. Me dijo: Busca a mi mamá.
Las dos callaron, sus miradas se cruzaron sin rencor, solo preocupación y agotamiento.
Vámonos dijo Lucía al fin, echando la llave a la puerta. Venga, rápido.
El autobús viejo avanzaba despacio, las dos mujeres al principio no cruzaron palabra, pero al rato, comenzaron a hablar.
Yo también estoy sola confesó Verónica. Perdí a mi marido hace tres años; estuvo enfermo mucho tiempo. No pude tener más hijos… Siento que Dios me castigó por renunciar a Alba. Sí, así lo siento…
Entonces, solo tenemos a Alba contestó Lucía.
Así parece… Tenemos una hija para dos dijo Verónica con tristeza.
En el hospital, les preguntaron:
¿A quién buscan?
A nuestra hija, Alba Morales respondieron simultáneamente.
¿Y ustedes quiénes son?
Su madre repitieron a coro, se miraron y acabaron riendo.
¿Doble madre? Bueno, adelante
Alba, pálida bajo el gotero, sonrió al verlas.
Mi mamá… y mi otra mamá… alcanzó a decir flojito.
Lucía la besó primero.
Tranquila, hija, estoy contigo mientras Verónica se sentaba a su lado.
Aquí estamos las dos, Alba. Nunca vas a estar sola le arropó Verónica.
Pasaron mucho tiempo las tres juntas aquel día. Hablaron largo y tendido.
Desde entonces, Alba tiene dos madres, después encontró pareja y tuvo dos niños. Lucía y Verónica comparten una hija. Algunas veces se reúnen todos juntos.
Y es que la familia no la hace solo la sangre, sino también el amor que se elige dar y recibir. En la vida, las personas pueden llegar a nosotros de formas inesperadas, construyendo lazos capaces de llenar de sentido incluso los capítulos más difíciles de nuestra historia.

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MagistrUm
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