Una familia “temporal” en casa: cuando la solidaridad familiar se convierte en invasión y cada buena acción tiene límite

Mira, hija, necesito hablar contigo un momento…

Alba se preparó para una conversación larga. Cuando mi madre empezaba con ese tono meloso y alargando el miiiira, ya sabía que nunca traía buenas noticias.

¿Te acuerdas de Lucía, la hija de tía Carmen? Mi prima segunda, en fin, también tu pariente de algún modo.
Bueno… Mamá, creo que la vi una vez hace casi diez años en el funeral de la abuela.
¡Eso qué importa! Familia es familia. Pues resulta que ha tenido un problema. Ella, su marido y el niño los echan del piso de alquiler. Los dueños lo han puesto en venta. ¿Te imaginas?

Me froté el puente de la nariz. Fuera, el cielo madrileño de diciembre se volvía gris y mi café se enfriaba tan rápido como mi paciencia.

Mamá, lo siento. Pero yo, ¿qué tengo que ver con esto?
¡Cómo que nada! Tienes un piso de tres habitaciones enorme y vives sola. Podrían quedarse contigo un mes o dos, solo hasta que encuentren algo…
No.

Lo dije antes de pensarlo siquiera.

¿Cómo que no? mi madre se quedó desconcertada ante mi brusquedad. ¡Ni siquiera me escuchas!
Mamá, no voy a meter en mi casa a gente que apenas conozco. Y menos aún con un niño, y por tiempo indefinido.
¡No es indefinido! Te lo he dicho, sería temporal, un par de meses como mucho. El marido de Lucía trabaja, van a ahorrar para la fianza y buscan piso. Alba, tienen un niño de ocho años. ¿Vas a dejar que duerma en la calle?
Que busquen una habitación, un hostal, un hotel, cualquier cosa.
¿Con qué dinero? ¡Se han quedado sin nada! ¡Los están echando a la calle!
Mamá, no es mi problema.

De pronto, mi madre empezó a llorar. No fue escandaloso, ni teatral, sino con sollozos entrecortados y voz rota. Cerré los ojos.

No te reconozco musitó entre lágrimas. Mi hija se ha vuelto tan… fría, tan ajena. La familia sufre y a ti te da igual.
No los siento mi familia. Son tus parientes, no los míos.
¿Y eso qué? También son tus raíces. ¿Ya se te olvidó lo que significa ayudar a los tuyos?
Mamá, trabajo desde casa, necesito silencio, necesito mi espacio. No puedo convivir con desconocidos.
¡Por unos meses! ¿Qué te cuesta? Tienes tres habitaciones, ¡tres! Y tú sola como un búho. Ni siquiera tienes gato. Parece que tu casa no sirve de nada…
Me sirve a mí, que vivo en ella.
Egoísta sollozó mi madre. He criado a una egoísta. Jamás pensé que mi propia hija le negaría techo a la familia.
No les niego nada. Solo me niego a dejar entrar a desconocidos en mi casa.

La conversación volvió una y otra vez sobre lo mismo. Mi madre insistía en los mismos argumentos, yo repetía mis razones. A los cuarenta minutos, ya me había descubierto diciendo dos veces lo pensaré y luego, quizá, en principio podríamos intentarlo.

Solo por un mes cedí al final. Dos como máximo, y si hay algún problema, se irán en cuanto surja.
¡Por supuesto, por supuesto! ¡Albita, gracias de verdad! No sabes cuánto te lo agradezco.

Sentí ese asco interior, uno que no es físico sino ese malestar que te invade cuando sabes que acabas de cometer una estupidez monumental.

Al día siguiente, llamaron al timbre a las siete de la mañana. Abrí, medio dormida y molesta, y casi retrocedí ante la avalancha de maletas, bolsas, cajas, y el griterío del niño.

¡Alba, amor! Lucía se lanzó al recibidor y me plantó un beso en la mejilla. ¡Mil gracias, de verdad nos has salvado!

Tras ella entró su marido, un tipo grandón con chándal, y un crío de ocho años dispuesto a explorar el piso.

¡Pablo, trae aquí la bolsa grande! gritó Lucía.

Conté siete maletas, cuatro cajas y dos contenedores de plástico a rebosar. Para un par de meses, parecía demasiado.

Nos acomodamos en seguida aseguró Lucía. Ni notarás que estamos.

Los primeros quince días fueron de caos controlado. Me encerraba en mi habitación, trabajaba con el ruido de la tele y los pasos del crío por el corredor. Trataba de convencerme de que era temporal, soportable. Nada grave.

Luego Lucía movió los muebles de la cocina, porque así se está mejor. Pablo se adueñó del balcón para fumar y relajarse. El niño, Marcos, rompió el pomo de la puerta del baño y nadie se molestó en arreglarlo.

Lucía, tenemos que hablar le dije una tarde en la cocina. Lleváis casi un mes. ¿Qué tal la búsqueda de piso?
Estamos buscando, estamos buscando contestó sin levantar la mirada del móvil. Pero todo está carísimo, de verdad. Pronto aparece algo, tranquila.
Necesito fechas concretas.

Entonces levantó la vista. Noté que algo había cambiado en su mirada.

Alba, ¿de verdad quieres que salgamos a la calle? ¿Con el niño?
Nadie habla de la calle. Digo…
¡Estamos buscando! Lucía alzó la voz. ¿Qué quieres, que nos quedemos en la estación?

Pablo salió del salón.

¿Hay algún problema aquí?

Los miré a los dos. Ya no estaban ni agradecidos ni avergonzados.

No respondí. Ninguno.

Y me fui a mi habitación.

Pero claro que había problemas. Con cada día, eran más. Pablo ocupaba el baño justo a la hora de mis videollamadas de trabajo. Lucía bajó mis compras a la balda inferior del frigorífico y subió las suyas, porque así se cogen mejor. Marcos aprendió a poner los dibujos a todo volumen a las siete los sábados.

Mi trabajo se resentía. Dormía oyendo la tele. Me despertaba del ruido por las mañanas; Pablo solía tirar algo camino del baño.

Un día volví de comprar y encontré mi mesa llena de juguetes de Marcos. Lucía estaba sentada en mi silla, mirando el móvil.

Ah, has llegado murmuró sin levantarse. Oye, necesitamos más velocidad en el wifi. El tuyo va fatal.
Es mi despacho.
Ya, pero Marcos no tiene sitio para jugar. La habitación está a tope.

Recogí los juguetes y los dejé en el pasillo. Lucía puso mala cara, pero no dijo nada.

Poco después llegó la factura de la luz y de la comunidad. Había subido al doble. Coloqué el papel sobre la mesa de la cocina durante la cena.

Hay que hablar de los gastos.

Pablo masticaba sin mirarme. Lucía cortaba una hamburguesa.

¿Qué gastos?
Los gastos de la casa. Sois tres, yo estoy sola. Lo lógico sería, al menos, que lo pagáramos a medias.

Lucía dejó el tenedor.

¿En serio, Alba? Somos familia. ¿Vas a cobrarnos?
Solo pido repartir gastos. Es lo razonable.
¿Razonable? Pablo por fin me miró. Razonable es ayudar a la familia sin ir a sacarles los cuartos cuando están mal.
Lleváis aquí dos meses. Sin pagar nada. Usáis mi wifi. Ni hablo de alquiler, solo de la luz y el agua.
Pues si te duele gastar unos euros, dilo claramente. No te pongas de buena samaritana.

Miré cómo salían de la cocina. Marcos pilló la última rebanada de pan, Pablo soltó al salir: Tacaña.

Me quedé sentada hasta medianoche. Pensando en lo que decía mi madre sobre el deber familiar. Calculando cuánto había gastado en mis invitados. Pensando cuánto más aguantaría.

Al día siguiente entré en el salón, donde Lucía y Pablo veían la tele.

Tenéis una semana.

Lucía ni se giró.

¿Qué?
Una semana para encontrar un piso y marcharos.

Entonces sí, ambos me miraron.

¿Estás loca? Pablo se levantó de golpe. ¿Dónde pretendes que vayamos?
Ya no es mi problema. Os di dos meses. No buscasteis piso, no disteis un duro, no respetasteis ni mi espacio. Se acabó.
¿Y quién te crees que eres? Lucía se levantó también. Lo tuyo es suerte. Te tocó el piso y ya te crees la reina.
Soy la dueña del piso y quiero que os vayáis.
¿Tu madre sabe cómo tratas a la familia? Pablo se puso delante de mí. ¿La llamo?
Llama.

Lucía agarró el móvil. Yo no me moví. Que llamen, que mi madre grite, que llore, que me acuse. Me daba igual. Ya había decidido.

Una semana repetí. Si no os vais en siete días, llamo a la policía municipal.
¡Que te den! Lucía estaba roja de rabia. ¡Tú…! ¡Nosotros te ayudamos! ¡Nosotros…!
No me habéis ayudado. Habéis vivido aquí sin pagar. No es lo mismo.

Me dí la vuelta y me encerré. Echado el pestillo, me senté en la cama abrazando las rodillas. El corazón me saltaba en la garganta, pero por primera vez sentí una paz extraña.

Esa semana fue un infierno. Lucía dejó todo sucio a propósito, Pablo rompió una balda del pasillo sin querer, Marcos pintó con rotuladores las paredes. Guardé pruebas con mi móvil.

El séptimo día se marcharon. Pablo bajaba las maletas a trompicones, maldiciendo. Lucía se detuvo en la puerta:

¡Ojalá todo esto se te vuelva en tu contra!

Cerré la puerta tras ellos.

Recorrí la casa recogiendo rastros ajenos. Abrí las ventanas para airear el olor del balcón. Dejé la cocina como estaba antes.

Al anochecer, por fin, mi piso volvió a ser mi hogar.

Me serví una copa de vino y me senté en el sofá. El móvil no sonaba, mi madre, seguramente, todavía no se habría recuperado de la conversación con Lucía. No importa, ya se le pasará.

La bondad está bien, pero la bondad sin límites es debilidad. Y la debilidad, en España, se aprovecha.

Me juré: nunca más. Ni deber familiar, ni es temporal. Ni extraños en mi casa.

Terminé el vino, fregué la copa y me fui a dormir. Por primera vez en meses, reinaba la absoluta tranquilidad.

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Una familia “temporal” en casa: cuando la solidaridad familiar se convierte en invasión y cada buena acción tiene límite