**La familia que nunca estuvo**
El teléfono de la madre rompió el silencio mañanero en el pequeño apartamento de un pueblo cercano a Madrid. Elisa, frotándose los ojos, lo atendió.
—Pero ¡si Marta es médica! —La voz de su madre temblaba de insistencia.
—¿Y qué? —respondió Elisa con frialdad.
—Ser médico no es solo un trabajo, ¡es una vocación! —declaró su madre, como si hubiera descubierto una gran verdad.
—Vale, vocación —replicó Elisa sin ceder—. Pero ¿qué tiene que ver Marta con vosotros si durante veinticinco años no quisisteis saber nada de ella?
—¡Como es médica, tiene la obligación de ayudarnos! —insistió la mujer.
«El que debe, perdona», pensó Elisa con amargura, pero no le daban ganas de reír. Con la familia no se bromea, especialmente cuando, en realidad, no la tienes. Elisa y su hija Marta no le importaban a nadie. Hasta ahora. Hasta que Marta, su “carga”, como solían llamar a la niña, terminó la carrera de Medicina en Madrid.
Y entonces, la familia apareció como por arte de magia. Como fantasmas al anochecer, de pronto recordaron que Elisa y su hija existían.
—¡Qué suerte tener a nuestra propia doctora en la familia! —se conmovía la tía Carmen, olvidando cómo años atrás había dado la espalda a su sobrina embarazada.
—Necesito que me revise los riñones, me duelen algo —apuntó el tío Javier, quien en su día le negó ayuda a su hermana diciendo: «Te lo has buscado, ¿quién te manda ir por ahí?»
Hasta su propia madre, que una vez la abandonó, ahora la llamaba con una dulzura falsa.
Hace veintitrés años, Elisa se quedó sola. Su novio, Raúl, la dejó en cuanto supo del embarazo. En las series, los hombres celebran al ver las dos rayas, pero la vida es otra cosa. Elisa lo conoció en un bar donde trabajaba como camarera, tras llegar a Madrid con su título de administración y muchos sueños. En su pueblo de Toledo, sus estudios no servían de nada; allí necesitaban lecheras. El veterinario local, un tal Moisés, ya la miraba con interés, pero ella quería algo más. Fue a la capital confiando en la ayuda de su tío Antonio, el hermano de su madre.
—¡Llego directa de la estación! —anunció feliz, entregando un tarro de mermelada de fresa y una botella de leche.
Su tío la aceptó, pero la cortó en seco:
—Aquí no es como el pueblo, no hay sitio. Y con lo nuestro no alcanza. Búscate un hostal, no es caro.
Elisa, aturdida, se fue. Ni siquiera le ofrecieron un café. Desesperada, entró en el primer bar que vio con un cartel: «Se busca friegaplatos». La dueña, al ver su desamparo, le ofreció dormir en el trastero a cambio de medio sueldo como vigilante. Elisa aceptó. Vergüenza, pero ¿qué más podía hacer? Vivió en ese cuartucho, lavó platos y ahorró.
Hasta que conoció a Raúl. Era repartidor y solía comer allí. Guapo, con manos fuertes, parecía seguro. Elisa, sencilla, de rasgos comunes pero ojos vivaces, por primera vez se sintió deseada. Cuando él le propuso vivir juntos, olvidando los consejos de su madre, aceptó. El amor la cegó. Cinco meses felices, y ya soñaba con boda, gastando sus ahorros en regalos para él. Hasta que supo que estaba embarazada.
Raúl montó un escRaúl se marchó gritando que no estaba preparado, dejando a Elisa en la calle con el corazón roto y un futuro incierto.




