Una equivocación feliz… Crecí en una familia incompleta, sin padre; fueron mi madre y mi abuela qu…

UN ERROR FELIZ…

He crecido en una familia incompleta: sin padre. Mi madre y mi abuela han sido quienes me han criado.
La necesidad de tener un padre comenzó a hacerse sentir ya en la etapa de la guardería.
¡Y ni hablar de los primeros años de colegio!
Sentía una envidia profunda por mis compañeros, que caminaban orgullosos de la mano de sus altos y serios padres, jugaban con ellos, iban de paseo en bicicleta o en coche.
Lo que más me dolía era ver cómo los padres abrazaban o besaban a sus hijos, los levantaban en brazos, y juntos reían a carcajadas
Madre mía, al ver todo aquello, pensaba: «¡Qué suerte tienen!»
A mi propio padre, yo también lo veía
Pero sólo en una única fotografía, en la que él sonreía como los demás padres
¡Pero no a mí!
Según mi madre, él era miembro de una expedición en la Antártida, viviendo en un lugar lejano y frío en el norte. Tan lejos, que no podía venir. Se había marchado para trabajar allí, pero me enviaba regalos de cumpleaños sin falta.
En tercero de primaria, para mi amarga decepción, descubrí que aquel padre explorador no existía.
¡Nunca lo había tenido!
De casualidad, escuché a mi madre decirle a mi abuela que no le quedaban fuerzas para seguir engañando al niño y haciendo regalos en nombre de un hombre que en realidad nos había abandonado. Aunque vivía con holgura, nunca llamó a su hijo, ni una felicitación por su cumpleaños o por Nochevieja.
«¡Víctor adora estas fiestas! Son los únicos días en que siente algún apoyo, aunque sea lejano y mítico, de alguien de la familia».
Ante el próximo cumpleaños, les dije a mamá y a la abuela que no quería más regalos en mis fiestas favoritas «del padre», ese que no existía.
«Solo hornead mi pastel favorito, el Tarta de Santiago, y será suficiente».
Vivíamos muy modestamente, con los pequeños sueldos de mamá y de la abuela.
Por eso, cuando empecé la universidad, busqué trabajos de mozo de almacén en la estación y en las tiendas.
Un día, mi vecino Rafa me propuso suplirle como Papá Noel en los días previos a la Navidad, para hacer visitas a casas y guarderías.
De las guarderías me libré enseguida. Aquello era demasiado complicado: había que montar espectáculos y trabajar en pareja con una hija de Papá Noel.
Pero acepté ir sólo a las casas, a hacer la visita especial de Papá Noel en Nochevieja.
Rafa me pasó un cuaderno con poemas y adivinanzas, y las direcciones de los clientes.
El repertorio era sencillo y lo memoricé rápido no era como aprobar resistencia de materiales. Pero el miedo a hacer el ridículo me incomodaba.
Para mi sorpresa, la primera experiencia fue un éxito.
Cuando terminé la ruta, después de visitar a todos los niños, volví a casa agotado pero orgulloso de no haber hecho el ridículo, conté lo que había ganado y casi bailé de alegría.
No había logrado esa cantidad en medio año de cargar cajas y bolsas los fines de semana.
Por eso, cada invierno me convertía en Papá Noel, y en verano buscaba empleo en brigadas de obras para estudiantes.
Mientras estudiaba, mi vida amorosa no iba especialmente bien no tenía tiempo. Ya se sabe: estudios y empleos demasiado ocasionales.
Tuve alguna novia, pero nunca llegué a plantearme el matrimonio.
«Cuando termine la carrera, consiga un buen trabajo, un sueldo digno, una vida arreglada entonces podré pensar en familia», soñaba.
Y así, cuando terminé la universidad y ya era ingeniero (aunque en un puesto modesto), decidí comprarme un coche de segunda mano.
En casa teníamos un nivel medio, pero para el coche no me daba, y me hacía muchísima ilusión tener mi propio vehículo.
Así que volví a trabajar como Papá Noel.
Mamá sacó del armario el viejo disfraz, lo quitó del plástico y decidió renovarlo. Le añadió muchas lentejuelas y quedó radiante. Y la barba blanca y mullida me encantó, ocultaba por completo mi cara.
Me puse unas cejas espesas y, al mirarme al espejo, me sentí satisfecho.
Mamá, entonces, suspiró y me dijo en voz baja:
Víctor, ya es hora de que tengas tus propios hijos, y tú aquí entreteniendo a los de los demás.
Todo llegará, respondí . Bueno, mamá, deséame suerte. ¡Hasta luego! Le di un beso y salí a trabajar.
Una semana antes de Nochevieja publiqué un anuncio en el periódico local y me llovieron quince solicitudes.
Al terminar seis visitas y tacharlas de la lista, leí la siguiente dirección: «Calle Jardín, 6, piso 2ºB».
Me bajé del autobús y fui hacia el edificio.
La Calle Jardín está casi en los límites de la ciudad y apenas está iluminada.
Pero no tardé en encontrar el número 6. Subí al segundo piso y llamé al timbre.
Abrió la puerta un niño de unos cinco o seis años.
Vivo en una casita junto al bosque empecé con mi frase habitual.
Pero el niño me cortó:
No hemos invitado a Papá Noel.
No hace falta invitarme, yo vengo solo a visitar a los niños buenos improvisé, aunque me sentía algo desconcertado. ¿Tu mamá y tu papá están en casa?
No. Mamá se fue al piso de la abuela Toñi para ponerle una inyección. Pronto volverá.
¿Y tú cómo te llamas?
Víctor.
«Vaya, tocayo», pensé sorprendido.
Pero rápido recordé que yo ahí era Papá Noel, no era momento de decírselo.
Víctor, ¿dónde tenéis el arbolito de Navidad?
En mi habitación.
Me cogió de la mano y me llevó hasta allí; todo el piso era muy modesto.
Encima de la mesita, junto a la cama, en vez de un árbol había una ramita de pino metida en un bote, con unos pequeños adornos y una guirnalda de colores.
Había también dos fotos en iguales marcos: un hombre y una mujer.
Me acerqué y
Me paralicé de la impresión. ¡En la foto estaba yo!
«Esto no puede ser»
Miré más de cerca. Era mi foto de estudiante, con mi chaqueta de deporte.
La otra foto era de una joven, Belén García.
La conocí una vez, en verano, trabajando en una brigada de obras.
Su foto ya no era de estudiante; era una mujer de rostro dulce y triste, muy parecida a aquella chica alegre que recordaba.
¿Quién es? pregunté con la voz temblando de los nervios.
Es mi mamá.
¿Tuya?…
Sí, mi mamá.
¿Se llama Belén? se me escapó.
¡Vaya! ¡Lo ha adivinado! Entonces sí que es Papá Noel de verdad. Yo pensaba que no existían.
¿Y este quién es? señalé mi propia cara, sintiendo ya quién era Víctor para mí.
Ese es mi papá. Es explorador de hielo de verdad. Imagínate, vive y trabaja en una isla helada. Mi mamá dice que se fue hace mucho, cuando yo era muy pequeñito, y por eso no lo recuerdo ni le he visto nunca. Pero siempre me manda un regalo por mi cumpleaños y por Navidad. Este año también encontraré su regalo bajo la almohada. Papá Noel siempre me lo esconde allí.
Me quedé en shock, recordando mi propia infancia y al «padre explorador» que nunca existió.
¿Será posible que todas las madres digan que el padre se fue al Polo Norte?
Y ahora yo era uno de esos padres desaparecidos.
Me dolía de verdad, como si el destino me heriese de muerte.
De pronto recordé mi romance breve y apasionado con Belén
Cuando nos despedimos, nos dimos los teléfonos; no la llamé enseguida y, días después, me robaron el móvil.
La recordé muchas veces. Pero entre estudios, amigos y novias, su recuerdo se fue apagando
Y resulta que ella vive aquí mismo en la ciudad. Y no solo no me olvidó, sino que tiene a nuestro hijo y mi foto junto a la suya.
Quería decirle a Víctor que era su padre cuando la puerta se abrió y apareció Belén:
Perdón hijo, me he retrasado. Tuvimos que llamar a una ambulancia para la abuela Toñi y llevarla al hospital.
Al verme, exclamó sorprendida:
¡Ay, no hemos pedido a Papá Noel!
Las lágrimas me brotaron de alegría. Me quité el gorro y la barba, arranqué las cejas postizas
¿Víctor? murmuró Belén, sin creerlo.
Se sentó en el banquito de la entrada y lloró tan fuerte que hasta Víctor se asustó un poco.
Pero Belén enseguida se recomponía al ver a su hijo.
Le conté que había venido desde el norte y me había hecho Papá Noel para darles una sorpresa.
La felicidad de Víctor era incontenible. Reía, cantaba, recitaba poemas. Nos agarraba de las manos como si temiera que fuera a marcharme de nuevo.
Del regalo ni se acordó; él ya sabía que Papá Noel escondería el regalo de su papá bajo la almohada.
Víctor se durmió, y Belén y yo hablamos hasta que salió el sol, como si no hubieran pasado tantos años separados.
Por la mañana fui a la tienda a por otro regalo, y al salir me di cuenta de que, por error, había ido a la puerta del 6B en vez de la del 6. De noche no vi la letra pequeña
Pero en realidad, esa era la puerta correcta, la que el destino me tenía reservada.
«Qué error más feliz y providencial», pensaba yo, sonriendo.
Ahora estamos los tres juntos. ¡Somos muy felices!
Y mi madre y mi abuela no pueden estar más orgullosas del nieto y bisnieto Víctor Víctor Gómez.

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MagistrUm
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