Mi suegra es toda una señora De hecho, podría haber terminado el relato con estas palabras, porque todo mi hastío se encuentra resumido ahí, pero seguiré contando para dejarlo claro. Todas las tardes llegaba a casa después del trabajo y caía rendido en el sofá. Imaginad el poco ánimo que me quedaba como para ponerme a preparar algo de cena para mi prometida en esos momentos.
Un día entré por la puerta y escuché a mi esposa hablando por teléfono. Por lo que parecía, la conversación no hacía mucho que había empezado:
Sí. Mamá, buenas, sí, sí, no, todavía no hemos cenado. Ahora acaba de llegar, ya cocinará algo cuando tenga ganas. Sí, claro que tengo hambre, solo he desayunado hoy. El hambre no me mata, mamá, puedo aguantar. Entonces ¿nos invitas a cenar?
Estaba tan cabreado que ni siquiera dije nada durante esa conversación. Me quedé allí, con los puños apretados. Al colgar, mi mujer, con una sonrisa de inocencia y saltando como una niña, dice: “Mamá nos invita a cenar”, y empezó a enumerar todos los platos que solía cocinar su madre de vez en cuando en las cenas. Yo tenía unas ganas tremendas de decirle todo lo que pensaba de mi suegra. Y, como postre, soltarle un monólogo sobre ¿Por qué no puedes cenar antes de irte a la cama?. Pero… Me arreglé, me peiné y acabé yendo a cenar.
Pero eso fue lo que colmó el vaso y poco después nos separamos. Ahora estoy casado por segunda vez. Ambos trabajamos y llegamos a casa hechos polvo, así que nos turnamos para cocinar. Por eso, ahora la paz y la armonía reinan en nuestro hogar.





