Tenía solo 16 años cuando la llevó a casa… Una chica, ya claramente embarazada, un año mayor que él.
Lucía estudiaba en el mismo instituto que él, pero en un curso diferente. Durante días, Alejandro observó cómo esa chica desconocida se escondía en un rincón, llorando en silencio. No pasó por alto su incipiente barriga, la misma ropa durante semanas y esa mirada vacía, sin esperanza.
Resultó que casi todos conocían su historia. El nieto de un hombre importante en la ciudad había salido con ella y luego desapareció, diciendo que se iba por trabajo a otra provincia. Sus padres ni la conocían ni querían hacerlo, se lo dejaron claro. Y los suyos, como en la Edad Media, temiendo el “qué dirán”, la echaron de casa y se fueron a su casa de pueblo. Unos la compadecían, otros cotilleaban a sus espaldas.
—Es culpa suya. ¡Hay que pensar con la cabeza!
Alejandro no podía quedarse de brazos cruzados. Sopesó todo y se acercó.
—No será fácil, pero deja de llorar. Ven a mi casa, nos casaremos. Pero te aviso: no sé mentir ni haré cursilerías contigo ni con el niño. Intentaré estar ahí y te prometo que todo irá bien.
Lucía se secó las lágrimas y lo miró. ¿Qué decir? Un chico normal, sin pretensiones. ¡Y ella había soñado con otro tipo de novio! Pero en su situación, no le quedaba elección y se fue con él.
Sus padres fliparon. Su madre le rogó que recapacitara, pero él estaba serio y le dijo:
—Mamá, no te preocupes, todo irá bien. Tengo dos becas, la normal y la social. Haré horas extras y saldremos adelante.
—¡Pero querías seguir estudiando!
—¿Y qué? Vivimos bien. Papá lleva toda la vida en la fábrica, tú en la tienda. La gente vive sin carrera. Mamá, ¡esto no es el fin del mundo!
Lucía se instaló en su habitación. Él le dio su cama y se mudó a un incómodo sofá-cama. Los primeros días fue como una sombra, siguiéndolo al instituto y a casa, hasta que estalló.
—¡Estoy harta! ¿Por qué tus padres me miran mal? ¡No les caigo bien! ¿Y por qué no pasas tiempo conmigo? ¡Siempre estudiando o trabajando!
Alejandro se sorprendió.
—¿No crees que es normal? Sí, no les gustas, pero te han aceptado y no te hacen la vida imposible. ¿Tus familiares? No quisieron verte. ¿Y los padres del padre de tu hijo? ¿Dónde están? Estudio para no quedarme sin beca. Trabajo porque necesitamos dinero. No pienso ver telenovelas lloronas contigo.
Lucía lloró.
—¿Por qué me hablas así?
—¿Cómo? Te avisé que no sé mentir. Por cierto, ¿cuándo vamos al registro civil?
—¿Voy a ir así? Cómprame un vestido bonito, que tape la barriga.
—¿Estás loca? Llevaremos el certificado de embarazo. Tengo que ahorrar para el carrito y la cuna…
Su madre vivía a base de tila, pero poco a poco se resignó. Empezó a mirar ropa de bebé. Al fin y al cabo, no era tan terrible. Que vivan, que se casen, y ellos les ayudarían. Pero esa chica era desagradecida, siempre quejándose de Alejandro, de ellos y del piso pequeño. Bueno, quizá cambiara después del parto.
Pero Lucía no cambió. Cuando Alejandro llegó sucio del lavacoches con una gata callejera, se puso roja de rabia y gritó:
—¡Eres un idiota! ¿Para qué queremos esa gata sarnosa? ¡Tírala!
—No. Está preñada. Se queda, así que deja de chillar. Mejor caliéntame la cena.
—¡Ah, ya! —aulló ella—. ¡Elige! ¿La gata o yo? ¡Hasta ella me mira mal!
Alejandro puso cara de incredulidad.
—Estoy en mi casa y no tengo que elegir. Es mi gata, y si no te gusta, te puedes ir. Hasta mi madre me da más libertad. Quizá deberías dejar de mirar mal a todo el mundo.
Lucía lloró, tuvo una rabieta y hasta tuvo celos de esa gata flaca. ¿Dónde veía Alejandro que estaba preñada? Pero sí lo estaba, y pronto nacieron cuatro gatitos.
Alejandro estaba cansado, pero cada vez que le asaltaba el arrepentimiento, lo apartaba. Todo saldría bien. Lucía daría a luz, se calmaría, y los gatitos les alegrarían.
Pero todo cambió cuando el abuelo, ese hombre importante, volvió de un viaje y se enteró. Buscó a su nieto, lo reprendió y le dijo que lo desheredaría si su bisnieto crecía con extraños. Y el nieto no quería perder su herencia.
Lucía se fue con él al instante, olvidándose de Alejandro. Por suerte, llevaba los documentos (iba a ir al médico después de clase). Dejó sus cosas atrás: ¡le comprarían ropa nueva! ¡Y no pisaría ese instituto cutre nunca más!
Alejandro quedó destrozado. ¿Cómo era posible? Ni siquiera se despidió. Tiró sus cosas y se quedó sentado en la oscuridad, abrazando a su gata. Ella lo entendió, ronroneando y consolándolo en silencio.
Él ayudó en el parto, sin dejar que sus nerviosos padres se acercaran. Habló con la gata, la tranquilizó y vigiló que todo saliera bien. Cuatro gatitos nacieron sanos. Cambió la manta, le puso agua y comida, y exhausto, se fue a dormir. En el ajetreo, ni recordó que ese día también cumplía 17 años.





