Una boda íntima: pocos invitados y muchos amigos del novio

Hace muchos años, en un cálido rincón de Andalucía, Lucía Velasco celebraba la boda de su hija. En el patio adornado con geranios y azulejos se reunieron unos treinta y cinco invitados, casi todos familiares y amigos del novio.

La joven novia, llamada Carmen, lucía radiante, como todas las novias en su gran día. Para Lucía, ese matrimonio a los diecinueve años fue una sorpresa. Como todas las madres de hijas obedientes, había soñado que Carmen terminase la universidad antes de casarse… Pero así fueron las cosas. La muchacha estaba en segundo año de carrera, y el novio, Javier, a punto de graduarse. Él creía que vivir sin estar casado no tenía sentido; si amaba a Carmen, quería hacerla su esposa sin más demora.

El exmarido de Lucía, padre de Carmen, no asistió a la boda, aunque fue invitado. Eso sí lo agradeció, eso y la cantidad de dinero que le envió como regalo. Llevaba ya cinco años alejado de la familia, limitándose a pagar la pensión a través del banco sin interesarse por su hija.

La fiesta estaba en su apogeo. Todo transcurría a la perfección, y el maestro de ceremonias hacía su trabajo con gracia. A Lucía le inquietaba un invitado, un primo lejano de Javier, que no apartaba los ojos de ella. Dondequiera que estuviese en la sala, sentía su mirada clavada como un puñal. “¿Qué se habrá creído este muchacho?”, pensó indignada.

Sonó un vals, danza poco común en las bodas modernas, pues pocos saben bailarlo ya. A Lucía le encantaba, así que, con alegría, aceptó bailar con aquel joven que minutos antes la irritaba. Bailaba como los ángeles. Fueron la pareja más elegante en el centro del salón. Lucía, vestida con un traje esmeralda que caía sobre su figura esbelta, el pelo peinado con un descuidado estilo juvenil y los ojos brillantes, parecía más hermana que madre de la novia.

—¿Dónde aprendiste a bailar así? —le preguntó al terminar el baile.
—En clases de danza de salón, durante años. Tengo buen ojo y enseguida vi yo que nadie en esta sala lo hace mejor que usted —respondió él con una sonrisa.

El resto de la velada, Daniel (así se llamaba) solo bailó con Lucía. No se separó de ella, temiendo que otro se le adelantara. A Lucía se le iba la cabeza entre el champán y esa sensación de ligereza que no sentía desde su juventud. “Qué más da que sea joven. ¿Cuándo volveré a bailar así?”, pensó.

Tras la boda, Carmen se mudó con su marido a un piso alquilado. Lucía retomó su trabajo en el ayuntamiento. Una tarde, al salir, se encontró con Daniel, que la esperaba con un ramo de rosas.

—¿Qué haces aquí? ¡Mañana mis compañeras no dejarán de burlarse, preguntando en qué instituto estudia mi pretendiente! —exclamó, molesta.
—Yo ya trabajo, y salgo una hora antes. Solo quería verla. Su hija me dio su dirección. Y no parezco tan joven, tengo veinticinco años —contestó él, ofendido.

—Pues yo cuarenta. ¿Ves la diferencia? Déjalo, no pierdas el tiempo. Hay decenas de chicas jóvenes esperando a alguien como tú —dijo Lucía, dirigiéndose con paso firme a la parada del autobús.
—¿Cuarenta? ¡Imposible! Aunque lo fueran, no importa. La amaré a cualquier edad. Desde que la vi en la boda, no he podido olvidarla —replicó Daniel, siguiéndola.

A partir de entonces, Daniel la esperaba cada tarde, acompañándola en el autobús hasta su casa antes de volver al suyo. Era galante y atento, sin pedir nada a cambio.

¿Quién lo negaría? A Lucía le halagaban sus atenciones, pero la diferencia de edad la atormentaba. No quería arruinarle la vida.

Por mucho que intentó alejarlo, con el tiempo su relación creció, y Daniel demostró ser un hombre sensible, serio y de principios. Cuando Lucía enfermó de neumonía, él la cuidó como nadie. Fue entonces cuando ella comprendió que su amor era verdadero.

Al final, sucumbió. ¿Qué mujer no lo habría hecho?

Daniel la pidió en matrimonio. Incluso Carmen y Javier la animaron a aceptar. Pero Lucía se resistía, convencida de que, tarde o temprano, él la abandonaría.

Sus dudas se disiparon con un embarazo inesperado. Lucía quiso interrumpirlo: “¿Un niño a mi edad? Pronto tendré nietos. Y él me dejará sola con el bebé”.

Pero Daniel no lo permitió. Él y sus padres la convencieron de que, incluso si su relación fracasaba, ellos estarían ahí.

Se casaron en una íntima ceremonia en casa, con los más allegados, pues el vestido de novia ya no ocultaba su estado.

Hoy, su hijo Alejandro tiene veinte años. Lucía y Daniel siguen juntos. Se entienden con solo una mirada, comparten sueños y son felices.

Solo hay un “pero”. Lucía tiene ahora sesenta años, y Daniel, cuarenta y cinco. Ella aún teme haberle arruinado la vida.

Él, sin embargo, no podría ser más feliz.

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