Una anciana solitaria alimentaba a un perro callejero, y lo que ocurrió después la dejó helada.
Doña Almudena Ortega vivía al borde de un pueblecito olvidado entre los campos de Castilla. Su casa era una casucha de paredes encaladas, con contraventanas oxidadas, un huerto salvaje que se rebelaba contra el orden y un silencio que parecía retumbar dentro de las paredes. Tras la muerte de su esposo y la marcha de sus hijos a la gran ciudad, la rutina se había convertido en una cadena de té, punto de cruz, cultivo de tomates y los programas nocturnos de la radio.
Una tarde de otoño, cuando el cielo se cubría de nubes grises y las hojas caían como papeles quemados, Almudena divisó una sombra detrás del cercado. Era un perro flaco, sucio, con las costillas marcadas y unos ojos que reflejaban una tristeza humana. No ladró, no gimoteó; simplemente la observó.
Con una mano temblorosa le ofreció un trozo de chorizo y un poco de pan duro. El animal se acercó con cautela, devoró todo y se alejó. A la mañana siguiente volvió, y al día siguiente también. Así, día tras día.
Almudena lo llamó Barón, aunque parecía más un vagabundo que un noble. Con el paso de los días, el perro empezó a confiar en ella: movía la cola, se frotaba contra su mano y la acompañaba hasta el pozo del jardín.
Una noche, un ladrido fuerte rompió el silencio. Barón corría desbocado alrededor del granero, girando sobre sí mismo. Cuando Almudena se acercó, escuchó un ruido dentro del cobertizo. Alguien estaba allí. Tomó la linterna, abrió la puerta y, al exponerse a la penumbra, casi se desmaya. Dentro había un muchacho de unos doce años, sucio, delgado, con una chaqueta rasgada y los ojos desbordados de miedo.
Por favor, no me hagáis daño susurró con la voz quebrada.
Resultó ser un niño que había escapado de un orfanato. Huía de un cuidador cruel. Barón lo había encontrado en el monte, le había dado lo poco que había encontrado, lo había calentado con su cuerpo y lo había llevado a alguien que le inspirara confianza.
Almudena, sin pensarlo dos veces, ocultó al chico. Cuando llegaron la policía los vecinos habían llamado al oír el ladrido y ver la luz, ella no lo entregó de inmediato. Tras conversar con el único agente del pueblo, el Inspector García, descubrió que el niño llevaba desaparecido tiempo y que el cuidador ya había sido destituido. El niño fue entregado a una familia adoptiva; antes de marcharse, se volvió hacia Almudena y le susurró:
Ahora eres mi abuela ¿Podré escribirte?
Barón quedó en la casa. Pero ya no era un perro sin dueño; se había convertido en el verdadero amo del patio.
Desde entonces, Doña Almudena volvió a tener familia: un perro leal, cartas semanales de su nieto y la certeza de que la vida, como la cola de un perro, da mil vueltas inesperadas y, a veces, te devuelve la felicidad cuando menos lo esperas.







