Una amiga no celebra Nochevieja y yo la comprendo. Le cuento por qué.

Recuerdo cómo mi amiga Lucía dejó de celebrar la Nochevieja hace ya cinco años. No compraba árbol de Navidad, no decoraba su piso en Madrid ni colgaba guirnaldas de luces. Lucía tampoco se molestaba en preparar una cena especial para la ocasión, ni en comprar regalos para sus numerosos familiares y amigos. Cuando la gente se enteraba de esta actitud tan poco común hacia la celebración, solía quedarse realmente sorprendida. Pero Lucía no sufría depresión ni tristeza alguna, siempre estuvo rodeada de familia y amistades; simplemente, en un momento dado, decidió que no celebraría más la Nochevieja y, fiel a sí misma, así ha seguido durante todos estos años. Para ella, el 31 de diciembre era solo otra fecha en el calendario. Jamás trató de convencer a nadie de que su camino era el correcto, pero tampoco tuvo intención de renunciar a su elección.

Al principio, Lucía temía pasar sola la Nochevieja. No tenía pareja en aquel entonces, sus padres se iban esa noche, y sus amigos celebraban en grupos bulliciosos. Lucía se encontró en su piso, acompañada solo por el silencio de la madrugada, pero la experiencia no fue tan mala como temía. Llamó con antelación a sus seres queridos para felicitarles, se preparó una buena cena y terminó dándose un largo baño caliente, regalándose un pequeño oasis de paz. Aquella noche entendió el sentido del dicho: Como recibas el año, así lo vivirás. Lucía no desperdició su energía en cocinar y limpiar, no se agitó con prisas inútiles, y, como resultado, disfrutó de una tranquilidad difícil de encontrar en medio de la algarabía de otras casas.

Al acabar las fiestas, notó otra ventaja inesperada: el ahorro. La Nochevieja no supuso ningún agujero en su bolsillo. Comprar árbol, adornos, dulces típicos, turrones y detalles navideños suele costar un buen puñado de euros. Si no hay fiesta tradicional, es muy fácil prescindir de estos gastos y el bolsillo lo agradece.

También ganó muchas horas: evitó la maratón de limpiar y cocinar platos tradicionales, de buscar el vestido o peinado festivo, de sentarse agotada a la mesa cerca de la medianoche pensando solo en lo cansada que estaba, olvidando los deseos y sueños para el año entrante.

Y qué decir de los regalos; Lucía dejó atrás las carreras por las tiendas abarrotadas y el gasto de la paga entera en obsequios para tanta gente. Si sumas el dinero invertido en presentes para una gran familia y tantos amigos, bien podría haber reservado un billete de avión rumbo a Cádiz o a las Islas Canarias para darse un respiro bajo el sol. Al fin y al cabo, cualquier día puede convertirse en un día de alegría, y el fin de año puede ser perfecto para reflexionar y trazar nuevos planes.

En el fondo, muchas personas reconocieron que Lucía tenía razón en varios aspectos. Quienes se quedaban a escuchar sus razones, a menudo terminaban dándole la razón. Por desgracia, casi nadie se atreve a preguntar sinceramente por qué una mujer joven no celebra la fiesta; la mayoría prefiere imaginar historias de tristeza o falta de dinero como explicación, sin pensar ni un momento en otras posibilidades.

A Lucía nunca le importaron las habladurías. Sabe que, si alguna vez tiene hijos, preparará para ellos la magia de la Noche de Reyes, adornará su árbol y buscará los mejores regalos, pero no cree que esto deba cambiar su forma libre de entender la celebración. El modo, y el momento, en que cada uno despide el año y recibe el siguiente es cuestión personal. Cada quien debe decidir por sí mismo si quiere vivir ese instante con ruido y algarabía, o encontrar la alegría, en silencio, cualquier otro día del año.

A mí siempre me ha gustado preparar la fiesta y disfruto cuando la casa se llena de amigos en Nochevieja. Pero comprendo el punto de vista de Lucía: si algún día me tocara recibir el año sola, no creo que lo viviera con tristeza. Aprovecharía para descansar y regalarme una noche de paz, recordando que no necesitamos de grandes celebraciones para comenzar un nuevo ciclo.

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Una amiga no celebra Nochevieja y yo la comprendo. Le cuento por qué.