Hace muchos años, mi marido y yo adquirimos una pequeña casa de campo en las afueras de Segovia. La compramos siendo apenas una casita vieja, pero pusimos todo nuestro empeño en reformarla con nuestras propias manos: arreglamos las habitaciones, pintamos las ventanas y cuidamos cada rincón del terreno. Nuestra ilusión era poder refugiarnos allí cada fin de semana, o al menos cada catorce días, para descansar del bullicio de la ciudad.
No nos propusimos tener un gran huerto, pero sí plantamos un poco de lo básico: una hilera de pepinos, unos cuantos tomates, finas hierbas, cebollas, calabacines y unos pimientos. Lo imprescindible, y siempre en pequeñas cantidades, porque no íbamos buscando trabajar la tierra, sino disfrutarla.
Cuando adquirimos la finca, ya había algunos arbustos de frambuesa y diversas grosellas que aprovechábamos con gusto. También nos encontramos con matas de fresas, que crecían en abundancia año tras año. A menudo, recogía una cesta de aquellas fresas y las llevaba a la oficina para compartirlas con las compañeras. A todas les encantaba aquel detalle, y no faltaban los elogios.
Fue aquel verano cuando llegó a nuestro departamento una mujer llamada Carmen, proveniente de otra sección. Al principio, Carmen se mostró simpática y cortés. Justo coincidió con uno de los días en que llevé fresas, así que, sin pensármelo, le ofrecí unas cuantas.
Carmen las probó y no tardó en alabar el sabor, diciendo que nunca había probado algo tan dulce. Poco después, comenzó a interesarse por el origen de la fruta y por la casa de campo: dónde estaba, cómo era, si íbamos a menudo Yo, animada por su entusiasmo, le conté todos los detalles, sintiéndome orgullosa de nuestro pequeño refugio.
Unos días después, Carmen se me acercó para pedirme, con suma naturalidad, las llaves de la casa. Su hija, me explicó, quería pasar unas semanas allí con sus pequeños, ya que la joven estaba de baja maternal y les vendría bien el aire puro del campo. Afirmó que nosotros no pensábamos ir en esos días, así que la casa estaría vacía y no supondría ninguna molestia.
Por supuesto, rechacé la petición. A Carmen no le hizo mucha gracia mi negativa y se mostró algo dolida, aunque no insistió.
No le di demasiada importancia hasta que, un par de semanas más tarde, se me acercó Isabel, otra compañera, para preguntarme cómo podía llegar a mi casita de campo. Extrañada, le pregunté por qué quería saberlo.
Entonces me contó, sin darle importancia, que Carmen había invitado a ella y a otras colegas a celebrar su cumpleaños en mi casa de campo. Eso sí, cada una tenía que buscarse la vida para llegar.
Mi asombro fue mayúsculo.
Sin titubeos, enfrenté a Carmen y le pregunté directamente qué pretendía.
¿Qué te pasa? me dijo sonriendo con inocencia. No va a pasar nada por celebrar allí mi cumpleaños. Será solo una tarde, nadie va a quedarse ni a molestar. No estarás enfadada, ¿verdad?
Por supuesto que sí, estaba enfadada. Me dolía pensar en el trabajo que habíamos invertido mi marido y yo en el terreno, todo el cuidado de nuestros parterres, jardines y arbustos; y ahora que viniera un grupo ajeno, sin ni siquiera pedirme permiso, a disponer de mi casa como si fuera un merendero público
Ni siquiera tuvo el detalle de invitarme a mi propia casa. No pidió permiso, dio por hecho que tenía derecho.
Obviamente, negué mi consentimiento, y, aunque Carmen se sintió ofendida, no me importó lo más mínimo. Durante años he compartido generosamente con mis compañeras los frutos de nuestro esfuerzo, pero jamás nadie hasta entonces se había atrevido a tanta desfachatez como Carmen.






