Una amiga encontró la libreta de su marido donde apuntaba los gastos en medicamentos y otras cosas. Así entiende uno el amor.

Una amiga mía, que se llama Marisol, tuvo que ser ingresada en el hospital por una enfermedad que hoy en día ya nos resulta mucho más familiar. Su caso era complicado; tenía los dos pulmones afectados. Mientras estaba hospitalizada, perdió el trabajo. Una vez que, por fin, regresó a casa, nadie le pidió que buscara empleo de inmediato. Encima, la situación económica en España estaba fatal, todos se aferraban con uñas y dientes a su puesto. Encontrar trabajo en una buena empresa era casi imposible, y no podía ir a trabajar de cajera en un supermercado porque la convalecencia no se lo permitía. Por eso, Marisol intentaba buscar algo relacionado con su profesión, pero desde casa y con tranquilidad.

Ya que iba a pasar mucho tiempo en casa, decidió aprovechar para hacer una limpieza a fondo mientras pudiera. Empezó ordenando el escritorio donde estaba el ordenador y fue entonces cuando encontró una libreta. Le sorprendió porque ni siquiera recordaba haberla tenido nunca en casa. Vaya a saber uno qué habría ahí dentro, a lo mejor los números de teléfono y direcciones de antiguos novios. Cuando la abrió, de repente cayeron varios recibos. En cada hoja, con la letra perfectamente reconocible de su marido, estaban apuntadas todas las compras: crema facial, vitamina D, inyecciones (dos sesiones).

Marisol se quedó con las manos temblando. Se dio cuenta de que todas las compras que había hecho su marido para ella estaban meticulosamente registradas y sumadas junto con otras más. Periódicamente, su marido sumaba los gastos. Así descubrió Marisol que, según esas cuentas, en ese momento debía casi 100.000 euros. Todos los gastos médicos, incluso parte de la compra del supermercado, venían reflejados en esa libreta.

Me sorprendió mucho el temple de mi amiga. No llamó enseguida a su marido ni le gritó, tampoco le puso laxantes en el asado; simplemente esperó tranquilamente a que él volviese del trabajo. Le sirvió la cena, escuchó cómo le había ido el día y solo entonces le preguntó, de forma muy educada y sin decir una palabra más alta que otra.

Y su esposo, Pablo, le contestó: ¿Y qué problema ves en eso? Antes de tener presupuesto común, cada uno se gastaba lo suyo, ¿no? Ahora vamos por partes. Cuando vuelvas a trabajar, irás aportando más hasta que devuelvas la suma de esta manera. Y así, con el dinero que me sobra, me podré comprar un portátil nuevo, porque el viejo ya no da para jugar a nada actual.Marisol lo miró largo y tendido, midiendo cada palabra en su cabeza. Se levantó despacio, fue a buscar la libreta y la puso sobre la mesa, abierta por la página donde la cifra de los cien mil euros resaltaba como una herida fresca.

Quizá tú puedas contabilizar una vida compartida dijo ella suavemente, pero yo no quiero hacerlo. Si crees que lo nuestro funciona por saldos, puedes descontarme también los años, las risas, los abrazos en mitad de la fiebre, los sueños que teníamos juntos… Si quieres, divídelo todo y quédate con la parte que te corresponde.

Pablo la miró sin palabras. Ella sonrió, cansada pero sin miedo, y agregó:

Mañana abriré una cuenta nueva. Pero esta vez, sólo a mi nombre. Y el primer ingreso será mi salud y mi dignidad.

Se levantó, se encerró en su cuarto y, por primera vez en meses, durmió tranquila. Afuera, el tic-tac apurado de la calculadora de Pablo se mezclaba con el crujido de una puerta que, sin hacer mucho ruido, comenzaba a cerrarse.

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Una amiga encontró la libreta de su marido donde apuntaba los gastos en medicamentos y otras cosas. Así entiende uno el amor.