Una amiga mía, Carmen Robles, fue hospitalizada en Madrid con una enfermedad que ya hoy conocemos de sobra. El caso era complicado: los dos pulmones estaban afectados. Estando ingresada, la despidieron de su trabajo. Al regresar, agotada y desorientada a su piso en Chamberí, nadie le exigió lanzarse a buscar empleo enseguida. Además, la situación en el país era terrible, todo el mundo se aferraba como podía a su puesto. Encontrar trabajo en una empresa decente parecía imposible y, tras la enfermedad, el cuerpo ya no le permitía ni pensar en ser cajera en El Corte Inglés.
Por eso, Carmen intentó buscar con paciencia algo relacionado con su profesión y, mientras tanto, trabajaba desde casa en lo que podía, para no perder el ritmo ni la esperanza.
Un día, al ver que pasaba tanto tiempo en casa, decidió hacer una limpieza a fondo, como no había hecho en años. Empezó por ordenar el escritorio donde tenía el ordenador, y ahí apareció una libreta que no recordaba haber visto antes. Le sorprendió tanto, que se quedó unos instantes mirándola. ¿Qué contendría? Tal vez antiguos teléfonos de viejos amigos. La abrió y, para su sorpresa, saltaron varias facturas dobladas.
En cada página, con la letra inconfundible de su marido, Alejandro Martín, estaban anotadas escrupulosamente todas las compras: crema hidratante, vitamina D, pinchazos (dos sesiones)… Las manos de Carmen comenzaron a temblar al pasar las hojas. Se dio cuenta de que cada compra que Alejandro había hecho para ella, él mismo la había registrado con precisión y luego sumaba todos los importes periódicamente.
Así, Carmen descubrió que, en ese momento, debía cerca de 100.000 euros. Todos los gastos médicos y hasta pequeñas compras estaban reflejados, apuntados sin faltar una coma.
Yo sentí una mezcla de rabia y asombro al escucharla, por la entereza con la que Carmen lo manejó. No llamó a Alejandro en pleno arrebato, no le gritó por teléfono, ni le puso aceite de ricino al cocido y, mucho menos, perdió la compostura cuando él regresó a casa. Le preparó la cena, le escuchó contarle las penas del trabajo y solo después, con una tranquilidad fascinante, le preguntó sin palabras malsonantes ni amenazas, típicamente como diría cualquier madrileña de su generación qué significaba aquello.
Alejandro la miró, sereno, y respondió: «¿Y qué tiene eso de malo? Si antes de tener una economía conjunta, cada uno se pagaba lo suyo. Y ahora, como solo entra mi dinero, invierto yo solo. Así que, cuando regreses a trabajar, invertirás tú más hasta que recuperemos esa cantidad. Y, con el dinero que me sobre, me compraré un portátil nuevo, porque el viejo ya no da para los juegos que han salido este año».
En ese momento, el ambiente de la casa se cargó de una tensión que cortaba el aire, como si Madrid entera quedara suspendida entre dos respiraciones.







