En la iglesia antigua del pueblo, el tiempo parecía detenerse.
El aroma del incienso flotaba en el aire, las velas titilaban suavemente y los feligreses permanecían en silencio, cabezas inclinadas, como si cada uno llevara su propio pesar entre las manos.
Entre todos ellos, estaba ella
Una anciana menuda y humilde, con el pañuelo de lunares atado a la cabeza y las manos endurecidas por una vida de trabajo. Acudía a misa cada domingo, aunque le dolieran los huesos, aunque el camino hasta la parroquia le pareciera más largo cada vez.
Jamás pidió nada a la vida.
Solo tranquilidad.
Solo perdón.
Solo un pequeño rincón de cielo.
Aquel día, sin embargo, algo cambió su destino para siempre.
Mientras se incorporaba con esfuerzo tras rezar arrodillada, sintió bajo su zapato algo inesperado.
Se agachó trabajosamente y vio, a sus pies un collar.
Un collar hermoso, con un relicario en forma de corazón.
Lo tomó entre sus manos y se quedó paralizada.
Estaba templado, como si lo hubiesen llevado puesto hacía un momento.
Movida por la curiosidad, lo abrió.
Dentro había dos fotografías diminutas.
Y en ese instante, la anciana sintió el suelo desaparecer bajo sus pies.
En una de las fotos aparecía una mujer mayor
Con las mismas cejas.
La misma mirada.
El mismo rictus en los labios.
El mismo rostro.
Era como verse en un espejo.
La anciana se llevó la mano a la boca y comenzó a temblar.
No de frío.
Sino de verdad.
Una verdad enterrada en lo más hondo de su memoria desde hacía décadas.
Recordaba los susurros del pueblo, fragmentos de conversaciones escuchadas de niña: su madre había dado a luz a dos gemelas.
Pero una nació más frágil.
Más débil.
Y en la desesperación, la pobreza y el miedo
Su madre entregó a una de ellas, recién nacida, a una familia de médicos.
A una familia con posibles.
Y ella permaneció en el pueblo, con la vida dura, el campo, el trabajo y las lágrimas.
Durante años pensó que todo era solo un rumor.
Una invención.
Un cotilleo de pueblo.
Pero aquella foto
No mentía.
Entonces, la anciana hizo algo que jamás se había atrevido.
Apretó el collar entre sus manos y pensó:
«No lo devolveré hasta que averigüe quién aparece en esta foto.»
Sabía que no era correcto.
Sabía que no era suyo.
Pero sentía que Dios se lo había puesto en su camino por algún motivo.
Porque, a veces, Dios no habla con palabras.
Habla con señales.
Con encuentros.
Con objetos perdidos que, en realidad, nunca lo están.
Tras la misa, la anciana fue directa al despacho del cura.
Avanzó con pasos pequeños, con el alma encogida.
Padre susurró, extendiendo el collar. Lo he encontrado en el suelo aquí, en la iglesia.
El sacerdote miró el relicario y luego la observó a ella.
En sus ojos se reflejó la sorpresa por un instante.
Hace unos días vino alguien dijo con voz queda. Una mujer, de la ciudad.
Se confesó. Lloró mucho.
Me contó que había regresado a su pueblo natal en busca de su hermana.
La anciana sintió que el aire le faltaba.
¿Hermana? alcanzó a murmurar.
El sacerdote asintió.
Sí. Me dijo que supo ya de mayor que era gemela.
Y que toda su vida había sentido que le faltaba algo, sin saber qué era.
La anciana se aferró al borde de la mesa.
Era como si la iglesia girara a su alrededor.
¿Y el collar?
Debe de habérsele caído entonces respondió el sacerdote. Lo llevaba al cuello y estaba muy emocionada.
La anciana rompió a llorar.
Pero no de tristeza.
Era ese llanto raro
Cuando el alma siente que, después de toda una vida de soledad, por fin, algo va a cambiar.
El cura suspiró hondo y dijo:
Si quieres puedo llevarte a verla. Está alojada en casa de una vecina, mientras arregla unos asuntos.
La anciana asintió.
Ya no podía hablar.
Caminó como en sueños, con el collar aferrado, como si fuera el último lazo que la ataba a la realidad.
Al llegar ante una casa, el sacerdote llamó suavemente a la puerta.
Una mujer bien vestida, con los ojos enrojecidos de tanto llorar, apareció en el umbral.
Cuando levantó la mirada
Las dos mujeres se quedaron de piedra.
No hicieron falta palabras.
Eran idénticas.
Como dos mitades de un mismo corazón, separadas antes de tiempo.
La anciana abrió el relicario.
La mujer se llevó la mano a la boca.
Dios mío susurró. Es mío
Y entonces, la anciana, con la voz quebrada, dijo:
Lo encontré en la iglesia y no quise devolverlo
Hasta saber quién era la de la foto.
La mujer empezó a llorar.
Dio un paso al frente.
Soy yo tu hermana.
La anciana sintió algo romperse en su pecho.
Pero no era dolor.
Era alivio.
Era una herida antigua por fin curándose.
Se abrazaron.
Con fuerza.
Como quien se sujeta al borde de la vida.
Como si se encontraran tras una eternidad.
Y mientras las gentes del pueblo miraban asombradas, las dos hermanas lloraban y reían a un tiempo
Porque a veces
Dios se retrasa.
Pero no olvida.
Y cuando te devuelve aquello que creías perdido
Te devuelve también un trozo de ti misma.
Si también crees que nada ocurre por casualidad, nunca olvides: «DIOS NO OLVIDA».







