Mira, te voy a contar la historia de Rosario, una mujer ya jubilada que vivía en un pueblecito de Castilla, tranquila y dedicada a su casa y su huerto. Llevaba una vida muy apacible, sin grandes sobresaltos, hasta que empezaron a surgir problemas con la familia de su hijo, que vivía en Madrid. Su nieto, Iñigo, siempre había sido un chaval educado, muy formal y tranquilo. Sacaba buenas notas en el instituto, pero decidió no ir a la universidad; prefirió buscarse la vida trabajando en una pequeña fábrica.
Después de casarse y tener un niño, la vida de Iñigo dio un giro inesperado: empezó a beber demasiado y acabó metido en malas compañías. Eso le llevaba a meterse en líos, discusiones con todo el mundo y a que la convivencia en casa fuera un infierno. El matrimonio estaba casi roto. Rosario, queriendo ayudarlo y también buscando un poco de compañía para no sentirse tan sola en la vejez, se ofreció a que Iñigo y su familia se vinieran a vivir con ella al pueblo. Pensó que el cambiar de aires y su presencia le vendrían bien, y además él podría echarle un cable con las faenas de casa y del huerto.
Al principio, la llegada de Iñigo pareció funcionar: mejoró, su mujer respiró aliviada y juntos empezaron a ayudar en la huerta familiar. Parecía que volvía a ser el de antes. Pero tras unas semanas, todo volvió a lo mismo. Iñigo cayó de nuevo en la bebida y las malas costumbres. Al final, su mujer no aguantó más, hizo las maletas, cogió al niño y se marchó. Iñigo, lejos de venirse abajo, empezó una relación con una chica del pueblo, también metida en líos, y se quedaron los dos a vivir en casa de la abuela, sin prestar atención a lo que Rosario sentía.
Así siguieron las cosas y surgieron problemas graves de dinero; los acreedores empezaron a reclamar las deudas. Para colmo, Iñigo llegó a pedir dinero incluso a amigas de Rosario, poniéndola en un compromiso terrible. Y aunque la situación era insostenible, consiguió convencerla para que pusiera la casa a su nombre, dejándola con el miedo constante de acabar en la calle. Iñigo y su nueva pareja seguían viviendo a costa de ella, sin intención de arrimar el hombro ni un poco.
Un día, agotada y con el alma rota, Rosario soltó: Cuando me muera, el infierno no me va a asustar, porque ya lo estoy viviendo aquí en la tierra. Luego, la pareja se montó una película de montar su propio negocio y pidieron un préstamo al banco. Pero si eso no salía bien, lo más probable es que acabaran todos en la calle, pagando las consecuencias de las decisiones de Iñigo. De verdad, una historia tremenda, que te deja pensando mucho sobre la vida y la familia.





