Una tarde, mientras Martín dormía una siesta en su habitación, se dio cuenta de que el peluche de leopardo había desaparecido. Se despertó enseguida y recorrió toda la casa buscándolo. Tras una búsqueda minuciosa que no dio frutos, Martín se resignó, pensando tristemente que su compañero había salido de viaje sin él.
Durante semanas, Martín lamentó la pérdida de su amigo peludo. Hasta que un día el destino quiso intervenir: Martín encontró al leopardo guardado en un rincón lejano de su armario. El reencuentro entre el gato y el peluche fue tan emotivo como siempre; retomaron rápidamente sus rutinas de juego juntos, como si nunca hubiese pasado nada.
Martín bautizó al peluche como Teo y “ahora lo acompaña a todas partes”.
Isabel seguramente se refiere a la destreza de su abuela en la costura cuando dice “se lo arregló”.
La abuela de Martín reparó el peluche con tanto esmero y detalle que parecía nuevo. Martín no cabía en sí de alegría y le agradeció entre lágrimas por devolverle a su querido amigo.
Este momento puso de manifiesto lo mucho que Martín valora y aprecia a su abuela, así como la importancia de las relaciones familiares en su vida.





