Doce años, dos meses y estas últimas tres semanas, cuando ya sabía que algo se estaba terminando, aunque no lo dijera en voz alta.
Me llamo Marisol, tengo sesenta y un años, vivo en Durango, Colorado, desde hace treinta, y mi Río —un pastor de los Pirineos, blanco como la nieve fresca en las montañas de San Juan— va ahora a mi lado, recostado en una manta en la parte de atrás de la camioneta. Compré esa Subaru Outback hace siete años justo por eso, porque tenía suficiente espacio para llevarlo con nosotros a la montaña.
Todo empezó el jueves pasado. La vecina del primer piso, doña Gloria, tocó a mi puerta a las diez y media de la noche porque escuchó a Río gimiendo a través de la pared. No gemía: aullaba. Todo el pasillo lo oyó, el televisor de los vecinos de arriba estaba encendido con algún programa del clima, y yo me quedé sentada en el piso de la cocina intentando acomodarlo de alguna manera que le diera alivio. No existía esa posición. Lo volteé de un lado a otro hasta las tres de la madrugada, hasta que me quedé dormida con la mano sobre su pata, recargada contra el mueble del fregadero.
El veterinario, el doctor Reyes, de la clínica sobre Main Avenue, me lo dijo sin rodeos cuando llegué el viernes por la mañana con un vaso de café ya frío que ni siquiera había tocado. Cáncer en la columna, un tumor que llevaba meses creciendo, y las pastillas para el dolor ya no le hacían nada. Me preguntó si quería intentar una dosis más fuerte o si prefería dejarlo descansar. Le dije que necesitaba pensarlo. Me respondió que lo entendía, que no tenía que ser ese mismo día.
Pero yo sabía que tenía que ser esa misma semana. Porque veía cómo Río miraba su plato de comida y no se acercaba. Cómo intentaba levantarse sobre las patas de atrás y se volteaba de lado. Cómo me pedía perdón con los ojos por no poder correr ya junto a la bicicleta como antes, cuando lo llevaba a pasear hasta el río Animas.
El domingo me decidí. Hice la cita para el lunes a las nueve de la mañana con el doctor Reyes, en la casa, no en el consultorio —me dijo que vendría él para que Río pudiera partir en su propia manta, entre las paredes que conocía. Pero antes de que eso pasara, decidí que nos daríamos un día más. Un último viaje.
Fuimos a Chicago Basin. Me levanté a las cinco para llegar antes de la multitud de turistas, que en pleno agosto llenan el estacionamiento de Purgatory antes de las ocho. En el camino compré un bagel con queso crema en la panadería de Main Street, la misma donde siempre le compraba un trozo de jamón para su paseo. Solo se comió la mitad. El resto se lo dejé a los cuervos que de todos modos andaban dando vueltas junto a la mesa del área de picnic.
No hicimos el sendero completo —era imposible. Estacioné más cerca de lo habitual y lo cargué los últimos cien metros para que viera el agua. Me senté con él sobre una roca, recostó la cabeza en mi rodilla y yo me quedé mirando ese espejo verde esmeralda rodeado de picos nevados, pensando en cuántas veces había corrido hasta ahí antes que yo, cuántas veces tuve que llamarlo para que no se metiera al agua helada. Esta vez no se movió de su lugar. Solo respiraba, pesado pero tranquilo, con el hocico hundido en la manga de mi chamarra.
De regreso me detuve en una gasolinera Shell sobre la carretera 160, y le compré unas papas fritas en la tienda —sabía que no debía, pero eso ya no importaba. Se comió tres. El resto terminó en el bote de basura.
El lunes por la mañana el doctor Reyes llegó puntual, con su maletín negro donde traía todo lo necesario. Se sentó en el piso junto a Río, igual que yo, sin apurarse, aunque yo sabía que tenía dos visitas a domicilio más programadas para ese día. Me preguntó si estaba lista. Le dije que no, pero que eso no importaba.
Lo tomé de la pata, le hablé al oído, le dije que era el mejor perro que había tenido en mi vida, que me acordaba del día que lo traje de cachorro desde un criadero cerca de Ignacio, que entonces pesaba poco más de un kilo y le cabía en la manga de mi suéter. Sentí cómo su respiración se hacía más lenta, luego más suave, luego se detuvo. El doctor Reyes dijo con voz baja que ya se había ido, y salió a la cocina para darme unos minutos sola.
Lo dejé ahí, en la manta, una hora más. Después llamé al crematorio para mascotas que está sobre la avenida Camino del Rio —se encargaron de todo antes del anochecer, y la urna estaría lista en tres días.
Hoy, martes, fui con la notaria que tiene su oficina sobre Main Avenue y cambié mi testamento. Los cuatrocientos dólares que había ahorrado para seguir pagando su tratamiento —llevaba medio año guardándolos, incluso vendí la bicicleta de montaña vieja que tenía en la cochera— se los dejé al refugio de animales de La Plata County. Firmé el documento, la notaria le puso su sello, y salí de la oficina con una copia en un sobre, manejando directo hacia el refugio.
La encargada del refugio, Rosa, me abrió el portón y me preguntó qué había pasado. Le entregué el sobre y le dije que era para los perros que todavía esperaban. Que el mío ya no necesitaba nada, pero que los de ahí necesitaban todo.
En la jaula número siete ladraba un pastor joven, quizás de un año, blanco y gris, con una oreja parada y otra caída. Rosa me contó que nadie lo quería porque era demasiado grande para un departamento, demasiado enérgico para gente mayor.
Pedí una correa.







