Diario personal 12 de noviembre, martes
Hoy quiero dejar constancia de un suceso que jamás olvidaré y que me ha devuelto la esperanza en medio de mi soledad. Ya no sé si fue casualidad, destino o simplemente una de esas señales que la vida nos lanza cuando más las necesitamos.
Todo comenzó en una tarde típica de noviembre en Madrid. Llovía a cántaros, y el cielo parecía pesar sobre los tejados adoquinados del barrio. Mi consulta veterinaria, que tantas veces había sido mi refugio, hoy se sentía más solitaria que nunca. Nadie podría imaginar cuántos años llevo aquí, curando perros con espinas en las patas después de perseguir cigüeñas en el Retiro, o devolviendo a la vida a conejillos de indias tras absurdos accidentes domésticos. Pero, tras perder a mi mujer, Celia, hace ya tres años, nada parecía llenar el vacío.
Me hallaba recogiendo mis papeles cuando Óscar, el chico del Servicio Municipal de recogida, entró empapado cargando un transportín. Dentro, un rugido bajo respondía a cualquier intento de acercamiento, como un motor viejo que no quiere arrancar.
Disculpe, doctor Romero dijo dejando el transportín sobre la mesa con cierta torpeza. Nivel rojo. Lo hemos encontrado detrás del Mercado de San Miguel. Ha atacado a tres compañeros. No hay sitio en los refugios. Ya está autorizado para sacrificar.
Suspiré. Estas decisiones nunca se me han dado bien. No soporto tener que terminar con la vida de un animal sano solo porque el mundo lo ha vuelto fiero y desconfiado.
Déjame ver primero al gato antes de decidir, musité, quitando mis gafas empapadas y limpiando los cristales.
Óscar retrocedió prudentemente:
Tenga mucho cuidado, doctor. Es una auténtica bestia.
Me acerqué y, al asomarme, dos ojos desmesuradamente abiertos me escrutaban desde la oscuridad del transportín. Era un gato blanco, cualquier higiene perdida tras días (¿o meses?) en la calle; las orejas pegadas y el cuerpo encorvado. Rugía quedo, haciéndome vibrar hasta los huesos.
Hola, pequeñín, susurré con voz calmada, la misma con la que antes tranquilizaba a yeguas asustadas en los establos de Segovia. Vaya novela que has debido de vivir, ¿eh?
En vez de optar por el tranquilizante, me puse el guante de piel reforzado y, con el máximo cuidado, deslicé el cerrojo. No atacó, pero temblaba y se tensaba como un cable a punto de partirse.
Primero vamos a limpiar un poco esas heridas y luego veremos qué hacer contigo seguí, tratando de mostrarle que no pretendía hacerle daño.
Con una agilidad que pocos me atribuyen ya, lo sujeté por la nuca y lo saqué de la jaula. Forcejeó con fiereza, pero lo sostuve firme, protegiéndolo con mi cuerpo. Fue entonces cuando, bajo el barro y el susto, vi quién era de verdad ese gato.
Bajo la costra de la vida callejera, se adivinaba un animal de una belleza sobrecogedora: el pelaje impoluto y los ojos enormes temblando de pavor. Temblaba tanto que podía oírse el castañeteo de sus dientes.
No es ningún monstruo, Óscar murmuré. Sólo está tan asustado que no sabe cómo reaccionar.
Empecé a acariciarle la cabeza, lento, como se acaricia a un niño que ha despertado de una pesadilla. Pasé la mano detrás de las orejas, por la espalda. Y entonces ocurrió algo inesperado: el gato dejó de gruñir. Todo su cuerpo se relajó. Se incorporó apenas, alzó la cabeza, me miró con esos ojos enormes y apoyó sus patas delanteras en mis hombros, hundiendo su nariz bajo mi mentón. Cerró los ojos.
Me quedé petrificado.
Los perros a veces se acurrucan, pero los gatos rara vez. Y este buscó mi abrazo como si fuera su último salvavidas.
Óscar se quedó boquiabierto.
No me lo puedo creer balbuceó. Hace nada me quería arrancar la mano.
De pronto, me invadió esa rara sensación de reconocimiento. El olor, la forma de apoyar su barbilla en mi clavícula…
A esa señal le siguió otra. Cuando traté de volver a ponerle sobre la mesa, el gato se negó a soltarme. Al contrario: alzó la pata izquierda y me tocó la nariz tres veces, suave.
Toc, toc, toc.
Sentí que el mundo se detenía. Sólo un gato en el mundo hacía eso.
Hace cinco años, cuando Celia aún estaba conmigo, teníamos un gato blanco al que adorábamos: se llamaba Daciano. Era un exvagabundo que nos conquistó a base de cariño infinito. Su juego favorito: subirse a mi hombro y tocarme la nariz con la patita pidiendo jamón cocido.
Daciano desapareció hace ya cuatro años. Durante unas obras en el edificio, los albañiles dejaron la puerta trasera abierta por error y él se escapó. Buscamos durante meses: carteles en toda la zona, visitas a protectoras, vueltas nocturnas con linterna.
Nada.
Celia se fue menos de un año después. De pena, estoy seguro.
Yo daba a Daciano por perdido, convencido de que no resistió la ciudad ni un invierno más.
Con las manos temblando, aparté el pelaje de la oreja izquierda. Bajo la suciedad, un pequeño corte en forma de media luna. El mismo que se hizo, de pequeño, jugando entre los rosales del Parque del Oeste.
Daciano… susurré temblando.
El gato respondió con uno de esos mrrraao raros, ronco, característico. El mismo maullido de siempre.
No pude contenerme. Me arrodillé, apretándolo contra mi pecho, y rompí a llorar.
Daciano… Eres tú. Eres mi niño…
Óscar me miraba sin comprender:
Revisamos el microchip y no salía nada.
Me enjugué las lágrimas:
Tenía el chip entre los omóplatos.
Cogí el lector y lo pasé por la espalda sin resultado, pero recordando que a veces se desplazan, lo deslicé por la pata delantera derecha.
Un pitido. Un número familiar en la pantalla.
Las últimas cuatro cifras, el cumpleaños de Celia. No tuve que comprobar nada más.
Daciano había sobrevivido cuatro años en la calle, evitando coches, peleas y el hambre. Se volvió huraño por necesidad. Pero cuando reconoció a su humano, ya no tuvo necesidad de luchar.
Esa misma tarde nos fuimos a casa. Bañé a Daciano en agua tibia, devolviéndole su blanco original bajo toda esa miseria. Busqué en el armario esa misma lata de paté de salmón que, por costumbre o nostalgia, nunca me faltaba. Se la di, y devoró como si no hubiera pasado el tiempo.
Ya de noche, me senté en mi butaca, la vieja de siempre, donde me sentaba a leer con Celia. La casa acostumbra a retumbar con el eco de la ausencia, pero esa noche, sentí una calidez que hacía años no tenía. Daciano, hecho un ovillo sobre mi pecho, ronroneaba como un pequeño motor antiguo.
Miré hacia donde solía estar Celia. Por primera vez en años, no me sentí completamente solo. Como si ella hubiera encontrado una forma de enviarme lo más parecido a un milagro.
Dicen que los veterinarios salvamos animales, pero estoy absolutamente convencido de que, esta vez, fue uno de ellos quien salvó mi vida.
Y pensar que a veces confundimos a los ángeles con demonios extraviados que sólo buscan abrazos.
¿Crees que los animales pueden recordar a su gente incluso después de tantos años? Si lees esto alguna vez, deja tu historia aquí. Quién sabe a cuántos corazones puede ayudar…




