Un Solitario Apacible: La Vida de un Solterón Satisfecho

Donato era un solterón de esos de toda la vida. Vivía tan pancho, sin que la soledad le pesara mucho. Trabajaba como un burro, eso sí, pero le encantaba su curro. Todo lo hacía con esmero, como si su vida dependiera de que cada cosa estuviera en su sitio. Y mujeres, ¡uf!, había conocido unas cuantas, pero ninguna le cuadraba. Ese verano, a finales de julio, Donato decidió darse un respiro y escapar a algún lugar tranquilo. Cansado del ajetreo, buscó en internet un sitio alejado del mundanal ruido y puso un anuncio.

Le contestó una mujer, Carmen, con dos niños, que vivía en un pueblecito andaluz. A veinte minutos del mar, pero lejos del jaleo turístico. Le ofrecía una habitación independiente y, si ponía él la comida, le haría guisos caseros. Vamos, que Donato picó. Llegó sin problemas, el GPS no le falló. La casa era antigua pero limpia, la habitación acogedora, y la dueña, una mujer amable. Por el patio correteaba un perrito chiquitajo, un bichón maltés. En el jardín maduraban los frutos, mientras los niños, un chico y una chica de unos 9 o 10 años, ayudaban en las tareas. Carmen no le molestaba, solo le preguntaba qué quería comer, le llenaba la mesa de fresas y le sonreía con dulzura.

Donato pasaba los días en la playa: nadando, escalando rocas, sacando fotos y escribiendo a un amigo por WhatsApp. A veces se preguntaba cómo una mujer de casi 50 tenía hijos tan pequeños. Hasta que un día le soltó la pregunta:

—Carmen, ¿son estos tus nietos?
—No, hijo mío —respondió ella—. Son mis hijos, tardíos pero míos. El matrimonio no cuajó, pero quise ser madre igual. Y no soy tan vieja, ¡que solo tengo 48!

Mientras hablaban, Donato la miró mejor. Carmen era agradable, de trato suave, con una sonrisa que le recordaba a su madre, que también se llamaba Carmen. Y olía a fresas y mantequilla recién hecha. El vino joven sabía bien, las noches eran fresquitas y el cielo, estrellado. Los dos eran adultos, sin necesidad de drama. De día, todo normal. De noche, Donato se colaba sigiloso en la habitación de Carmen, y después volvía a la suya. Los niños no podían enterarse. El perro ni siquiera le ladraba, solo le miraba con cara de pillo, como si lo entendiera todo. Buena perra, esa Matilde. Comía poco pero vigilaba el patio como una profesional.

Empezó a acompañar a Donato a la playa. Nadaba, salía, se sacudía, se secaba al sol… y siempre volvía corriendo antes que él. Un día, Matilde no apareció. Donato la buscó por todas partes: gritó, puso anuncios, preguntó a los vecinos. Nada. Una anciana del pueblo murmuró que unos forasteros que alquilaban al otro extremo podían haberla robado. Donato fue allí, pero le dijeron que ya se habían ido… con un perrito pequeño, en dirección a la carretera.

Donato arrancó el coche y se lanzó tras ellos. Los alcanzó a unos 80 km y les cortó el paso. Del todoterreno salieron dos chavalas, jóvenes y deslenguadas.

—¡Eh, quita el coche! ¿Es que no sabes conducir? ¡Llamamos a la policía!
—Llamad —contestó Donato—, pero primero devolvedme al perro.
—¡Qué morro! —se rió la más alta—. Es un perro abandonado, lo estamos rescatando.
—No es abandonado —replicó Donato—, tiene familia. Y no es vuestro.
—¡Lárgate! —chilló la otra— o te rompemos los cristales.

Donato ignoró sus gritos y llamó: «¡Matilde, Mati!». El perrito empezó a ladrar y a saltar por los asientos, intentando salir por la ventanilla entreabierta. Las chicas tiraron de Donato, soltando tacos e intentando pegarle. Él no sabía qué hacer, ¿pegar a mujeres?

Afortunadamente, apareció un guardia civil, sudoroso y resoplando. Se tapó los oídos ante los alaridos de las chicas y cogió a Matilde.

—Silencio. A ver a quién elige el perro. Total, nadie tiene papeles.

—¡Botones, Monín! —gritaron las chicas sacando chorizo—, ¡ven con nosotras!
—Vamos, Mati, a casa —dijo Donato.

El guardia soltó al perro en el suelo. Matilde corrió hacia Donato, meneando el rabo y ladrando como loca.

—Pues parece que está claro —resopló el guardia.

—¡No, es nuestro! —protestaron las chicas—. No puede quitárnoslo. ¡Se lo diremos a sus superiores! ¡Lo rescatamos!

El guardia se puso colorado.

—Miren, señoritas. O se van por las buenas, o reviso seguro, extintor, triángulo, botiquín… y cuento todas las pastillas. Además, el coche está sucio. Y habría que comprobar si es robado. Pero el ordenador está en el cuartel…

El todoterreno desapareció en un santiamén.

Donato le dio la mano al guardia.

—Gracias, agente.
—Nada. Yo también tengo un perrito así. Un ladrador, miedoso y listo. En invierno lleva jersey, que es un friolero. Buena raza, fiel. Y cómodo de tamaño. Buena suerte. Y no infrinja.

Donato subió al coche. Matilde se acomodó en su regazo, pequeña, calentita, el pelaje como terciopelo. Se sintió bien, como hacía tiempo que no se sentía. La carretera estaba despejada, el motor ronroneaba y Matilde era un encanto. Pero de pronto le entró la melancolía: pronto tendría que volver a su piso vacío. Le pasó por la cabeza dar media vuelta y llevarse a Matilde. Total, ¿qué dejaba atrás? Un par de camisetas, ropa interior y un chándal. Suspiró y siguió hacia la casa de Carmen.

La última semana llovió, pero Donato siguió yendo a la playa. Con Matilde. Y por las noches, seguía yendo a la habitación de Carmen. Pero cada mañana se levantaba más triste. El día de la partida amaneció soleado. Donato recogió sus cosas, le dejó un regalo a Carmen, su número de teléfono y se subió al coche.

Poco a poco fue acelerando, pensando que las vacaciones y el romance se acababan. Tocaba volver a la rutina. Ya iba por la carretera cuando vio que Matilde corría tras él. Pisó el acelerador, pero la perrita corría más. Siguió acelerando.

El perrito se fue quedando atrás… hasta desaparecer. Donato frenó en seco. Bajó, se encendió un cigarrillo y notó que le temblaban las manos. Fumó hasta el final, apagó la colilla y miró la carretera. A lo lejos se veía un puntito moviéndose.

Donato echó a correr, rezando para que no pasara ningún coche. Hacía diez años que no corría así. Matilde venía hacia él, agotada, cubierta de polvo hasta en las orejas. Intentó ladrar, pero solo estornudó. Donato la cogió en brazos, le dio agua de su botella y llamó a Carmen.

—Tengo a tu perra. Me siguió. No te preocupes, ya la llevo.
—No hace falta —dijo Carmen— si la quieres. La recogí diez días antes de que llegaras. La tiraron de una furgoneta junto al supermercado.
—¿En serio me la puedo quedar?
—En serio.

Y**Y así fue como Donato, Carmen, los niños y Matilde terminaron formando una familia tan caótica como perfecta, donde el desorden ya no importaba tanto como el cariño que los unía.**

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