Un signo afortunado

**Diario personal: Un presagio afortunado**

Cinco días antes de Nochevieja, Lola recibió tal dosis de desprecio, decepción y humillación que apenas logró reponerse. Y solo lo hizo por no amargarles la Navidad a los niños.

Hugo llevaba semanas mostrando su mal humor por todo. Nada de lo que hacía su esposa o decían los niños le parecía bien. Estallaba por cualquier cosa, hasta que Toni, de nueve años, le preguntó a su madre:
—Mamá, ¿por qué papá está tan enfadado?

La pequeña Martita, en primero de primaria, quizá no lo notaba, pero su hermano mayor lo tenía claro.
—Cariño, no le hagas caso. Es el trabajo, llega cansado y de mal humor. Ya hablaré con él —respondió Lola, abrazando a Toni y besándole la coronilla.

Notaba que Hugo no podía contenerse. Últimamente andaba distraído, irritable sin motivo, incluso con los niños cuando hacían ruido. Antes era él quien armaba batallas por toda la casa, y ahora cualquier risa le sacaba de quicio.

Esa tarde, Toni y Martita jugaban a correr por el salón.
—¡Dejad de ir como locos o os castigaré! —gruñó Hugo, y los pequeños se quedaron helados por su tono.

Corrieron a su habitación y cerraron la puerta.
—Hugo, ¿qué te pasa? Puedes llamarles la atención sin gritar —dijo Lola al ver sus caras.
—No es nada —contestó él, igual de seco.
—No mientas. Llevas semanas descargando tu ira con nosotros. ¿Qué culpa tenemos?

No esperaba su reacción. Quizá no debió hablar, pero después pensó: «¿Qué más da ahora o más tarde?».

Hugo se levantó del sofá, dudó, y finalmente confesó:
—No quería hablar de esto hasta después de Reyes, pero ya que insistes…
—¿Por qué? —preguntó ella, desconcertada.
—Para no arruinar las fiestas.
—¿Y cómo ibas a arruinarlas?
—Lola, ¿en serio no lo entiendes? Conocí a otra mujer. Me enamoré —soltó, tras un suspiro.

—¿Qué? ¿Cuándo? —atontada, Lola forcejeó con sus palabras—. ¿Es una broma?
—No. Me voy. Veré a los niños los fines de semana. Pagaré la manutención.

Quedó paralizada. Él añadió:
—Se lo diré yo. No les digas nada.
—No ahora, por favor —susurró Lola, sabiendo el golpe que sería para ellos.

Asintió y se dejó caer en el sofá, hombros hundidos, digestiendo la confesión. Hugo entró en el dormitorio, sacó una maleta y empezó a empacar. Poco después, la puerta se cerró tras él.

«Nunca entendí a las mujeres abandonadas —pensó—. Ahora lo sé. Duele. La vida se desmorona. Pero debo ser fuerte. Explicárselo a los niños…».

Estaba sumida en sus pensamientos cuando Martita salió de la habitación:
—Mamá, ¿se ha ido papá?
—Sí, cariño. Un viaje de trabajo.
—¿Cuándo vuelve?
—No lo sé.
—¿Y celebraremos Nochevieja sin él? —preguntó Toni, asomándose.
—Sí. Pero tendremos árbol, regalos… todo como siempre —respondió Lola, forzando una sonrisa.

Esa noche no durmió. Las palabras de Hugo resonaban: «Me enamoré». No podía aceptarlo.

El 31 de diciembre, se obligó a preparar la cena. Temía que los niños sospecharan, así que cocinó en abundancia —era lo único que aún controlaba—. «Así me distraigo», pensó. «Que la Nochevieja sea alegre, como siempre».

Mientras cocinaba, recordó que faltaban cosas.
—Mamá, ¿adónde vas? —preguntó Martita.
—Al supermercado.
—¡Voy contigo! —dijo la niña, corriendo a vestirse.
—Mamá, cómprame patatas fritas —pidió Toni—. Martita, recuérdaselo.

Por la tarde, los niños salieron a jugar. El árbol estaba decorado, la mesa puesta, con un frutero en el centro. Lola estaba en la cocina cuando oyó a Toni gritar:
—¡Mamá, ven!

En el pasillo, Toni sostenía un gatito negro con una mancha blanca en la frente.
—No. No en casa —dijo Lola firme.
—¡Pleeease! —suplicó Martita.
—Está sucio. Ponedle un trapo en el portal y leche.
—¡Hace frío ahí! —rogó Toni—. Si papá estuviera, lo permitiría.

Los niños se encerraron en su cuarto. Lola se sintió culpable, pero no quería un gato. ¿Encima de que Hugo la dejaba?

Horas después, llamaron a la puerta. Era la vecina, Carmen.
—Lolita, este gatito no para de maullar frente a tu puerta. Es buena suerte, ¿sabes?

Los niños atraparon al gatito antes de que escapara bajo el sofá.
—Créeme, un gato en Nochevieja trae alegría —dijo Carmen, y se fue.

Lola lo sacó otra vez.
—Eres mala —murmuró Toni—. Papá lo habría aceptado.

Al rato, el silencio le hizo sospechar. Abrió la puerta de su habitación y vio un charco en el suelo. El gatito, impasible. Lo echó otra vez al portal.

Agotada, se sentó en el sofá. «¿Por qué cociné tanto? ¿Y este gato?».

Cuando volvieron a llamar, estaba segura de que era Carmen. Abrió bruscamente… y allí estaba Hugo.
—Te pedí que no vinieras —susurró.
—No puedo vivir sin vosotros. Lo entendí. Sois mi vida.

—¡Papá ha vuelto! —gritó Toni, con el gatito en brazos.
—¡Déjanos quedárnoslo! —suplicó Martita.

Hugo cerró la puerta.
—Los gatos traen suerte. ¿Qué dices, Lola?
—Haced lo que queráis —sonrió, y se fue a la cocina para ocultar sus ojos húmedos.

Celebraron Nochevieja como siempre. Buscaron regalos bajo el árbol, encendieron bengalas y se abrazaron. Carboncito, agotado, dormía en la habitación de los niños, feliz y calentito.

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