Cariño, ¿puedes venir a recogerme al trabajo? Marina llamó a su marido con la esperanza de que, tras una jornada agotadora, no tendría que aguantar cuarenta minutos apretada en el autobús.
Estoy ocupado respondió Javier, corto, al otro lado. De fondo, el televisor llenaba el salón de su piso madrileño, dejando claro que en realidad, Javier estaba en casa.
A Marina se le humedecieron los ojos de pura rabia. Su matrimonio estaba al borde del abismo; hacía apenas seis meses ese hombre habría cruzado todo Madrid para sorprenderla, o la habría llevado en brazos si se lo hubiese pedido. ¿Qué había cambiado en tan poco tiempo? Marina no encontraba respuesta.
Siempre cuidando su figura, dedicando horas en el gimnasio. Cocinera talentosa en un restaurante de moda en Salamanca, famosa entre sus colegas por sus arroces y tortillas. Jamás le pedía dinero a Javier, nunca montaba escenas, siempre dispuesta a atender cualquier deseo de su marido…
Te va a dejar de querer, hija, le advertía su madre, negando con tristeza al escuchar sus lamentos. No puedes concederle todo, Marina. Eso no funciona.
Es que le quiero, mamá sonreía Marina, impotente. Y él también me quiere… todavía.
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Al final le he aburrido murmuró Marina para sí, mordiendo su labio mientras revisaba el historial del navegador de Javier. Descubrió que él pasaba las tardes pegado a webs de citas, chateando a la vez con varias chicas. ¿Por qué no ha sido capaz de hablar conmigo? Lo habría entendido… le habría dejado en paz. ¿Qué sentido tiene martirizarse viviendo con alguien a quien ya no quieres, y encima hacerle daño con tu desprecio?
Divorcio, pensó. Era fuerte, podría soportarlo. Pero no lo iba a dejar marchar tan fácilmente. Un pequeño sabor de venganza… bien lo merecía.
Aquella misma noche, Marina se registró en la misma página de citas que Javier, creó un perfil con una foto buscada en internet y retocada con Photoshop. No dudaba que Javier caería en la trampa. Y, tal y como predijo, picó enseguida.
La conversación fue de lo más animada. Javier, en sus mensajes, contaba que era soltero, que deseaba formar una familia y tener hijos. No paraba de alabar lo maravilloso de su carácter, algo que hizo reír a Marina hasta las lágrimas: si alguien sabía cómo era Javier de complicado, de difícil de tratar, era ella.
¿Nos vemos? propuso Marina, conteniendo la respiración a la espera de respuesta.
Por supuesto respondió él apenas unos segundos después. Pero mi hermana está viviendo en mi piso durante unos días, preparándose para las oposiciones. Mejor vemosnos en un sitio neutral y luego seguimos la noche en un hotel.
¿En serio? soltó Marina en voz alta, ofendida y divertida a partes iguales. ¿Y por qué piensas que una chica accedería de buenas a primeras a irse contigo a un hotel? ¡Cualquiera con dos dedos de frente se sentiría ofendida! Pero bueno, esto me conviene
Si quieres, nos vemos en mi casa. Tengo un chalet a las afueras, vivo sola. Nadie nos molestará le propuso. Por dentro, dudaba: ¿accedería?
¡Estupendo! Javier no cabía en sí de alegría, intuyendo que se ahorraría unos cuantos euros. Dame dirección y hora. Iré volando.
Calle Robles, número 25. A las diez de la noche, ¿te va bien?
¡Por supuesto! Espérame.
A eso de las nueve, Javier fingió que le llamaban urgentemente del trabajo. No encontraba las llaves del coche y, haciendo el paripé, preguntó a Marina si ella las había visto.
Estaban sobre la mesilla le respondió Marina, mirándole inocentemente mientras apretaba las llaves en el bolsillo. Igual el gato las ha empujado, ¡siempre va con las llaves!
En fin, pediré un taxi. No me esperes despierta.
Y Marina, por supuesto, no tenía intención de esperarle. ¿Para qué? Aprovechó para hacer la maleta y llevarse sus cosas. Menos mal que tenía su propio piso en Chamberí, herencia de su abuela. Lo único que dejó atrás fue una hoja cuidadosamente doblada sobre la mesa, en el lugar más visible de la casa: la demanda de divorcio.
Javier regresó a casa por la mañana, al borde del colapso. No solo había tardado más de una hora en llegar al dichoso chalet, sino que la supuesta Ángela del perfil tampoco apareció.
La dirección era real, la casa también pero la persona que le abrió la puerta distaba mucho de la modelo de las fotos. Era una mujer casi tres veces más grande que él, con una bata semitransparente que dejaba poco a la imaginación. Habría pagado todos los euros de su cartera por borrar aquella imagen de su mente.
Y lo peor: la señora se empeñó en invitarle a pasar y no había forma de quitársela de encima. Javier tuvo que pedir otro taxi. Mientras esperaba tiritando en la puerta, con su americana colonial de lino temblando en la brisa de la sierra, pensaba en lo surrealista de la noche. Para colmo, el taxista se perdió y terminaron dando un rodeo absurdo.
Al abrir la puerta de casa, agotado, lo primero que vio fue la demanda de divorcio sobre la mesa. Al lado, escrito con carmín en un folio, se leía:
Esta dulce venganza…







