Querido diario,
Esta tarde, mientras caía la noche sobre Madrid, me llamó Lucía, mi mujer, con la voz agotada:
Cariño, ¿puedes recogerme del restaurante? No soportaría otra vez el bus por cuarenta minutos después del turno.
No puedo, estoy ocupado respondí sin rodeos, aunque el televisor de fondo delataba la calma de mi salón. Estaba en casa, pero no tenía fuerzas. Lo sé, supe que le dolía, casi podía imaginar su gesto al otro lado del teléfono. Hace apenas unos meses, la colmaba de detalles; ahora, los silencios pesaban más.
Lucía siempre ha cuidado su figuracasi cada día iba al gimnasioy cocina como los ángeles, no en vano trabaja en uno de los sitios más reconocidos de la ciudad. Nunca me pedía dinero, jamás un reproche; era la esposa perfecta, lista para hacerme feliz. ¿En qué momento empezamos a alejarnos? No lo sé.
Te vas a cansar de ella antes de lo que crees, solía advertirle su madre cuando Lucía le contaba los altibajos de nuestro matrimonio. No puedes darle la razón siempre a un hombre.
Es que le quiero, mamá. Y sé que él también me quiere… respondía Lucía con su sonrisa desarmada, convencida todavía de nuestro amor.
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Ayer, viéndola inquieta con el portátil, cruzamos la mirada. Más tarde, descubrí que había revisado mi historial de navegación. Ahí estaba: decenas de chats en webs de citas, conversaciones con otras mujeres. Lucía supo toda la verdad; ya no podía negarlo.
Si no me quieres, ¿por qué no lo dijiste antes? Yo lo habría entendido… ¿Para qué martirizarnos así? se preguntó ella en voz baja.
El divorcio era inminente. Sin embargo, Lucía, fuerte de carácter, no iba a marcharse sin una última jugada. Decidió darme una lección.
Aquella misma noche, se registró en la misma web donde yo chateaba, tomó una fotografía de internet, la retocó y empezó a escribirme haciéndose pasar por otra mujer. Caí en la trampa.
La conversación fluía. Yo me presentaba como soltero, dispuesto a una nueva familia, me pavoneaba de virtudes que ni yo me creía. Y Lucía, al otro lado del chat, no podía contener la risa al verme tan ridículo.
¿Y si nos vemos? propuso esa misteriosa chica.
Encantado contesté enseguida. Pero mi hermana está temporalmente en mi piso de Chamberí; mejor quedamos fuera y, si conectamos, buscamos hotel.
¿De verdad crees que una chica aceptará irse directo al hotel contigo? pude equivocarme, pero aceptó mi propuesta.
Mejor en mi chalet de las afueras. Vivo sola, nadie nos molestará respondió, segura.
Perfecto, dame la dirección y la hora. Llego volando.
Calle de los Alerces 25, a las diez de la noche, ¿vale?
¡Por supuesto! Allí estaré.
A las nueve, fingí que me llamaban para trabajar, busqué las llaves del coche y, con desgana, pregunté a Lucía si las había visto.
Las dejé en la mesilla, cariño respondió con sus azules ojos fijos en los míos mientras apretaba el llavero en el bolsillo. Igual el gato las tiró…
Tuve que pedir taxi. Salí diciendo:
No me esperes, acuérdate de dormir.
No imaginaba que, mientras yo salía de casa rumbo a mi cita, Lucía se dedicaba a hacer su maleta. Heredó un pequeño piso de su abuela en Lavapiés, así que tenía adónde irse esa noche. El único rastro que dejó fue la solicitud de divorcio, encima de la mesa del salón, bien visible.
La cita fue un desastre absoluto. Después de una hora de taxi y setenta euros gastados, me abrió la puerta una señora que no tenía nada que ver con la de la foto. Triplicaba mi tamaño, llevaba un batín transparente medio abierto. Estuve cerca de dejar allí la dignidad y la cartera solo para olvidar aquella escena. Salí huyendo como pude. Volví a esperar otro taxi temblando de frío con mi americana ligera, y, para colmo, el taxista se perdió y acabamos en las afueras de Getafe.
Cuando por fin llegué a casa, vi sobre la mesa el papel del divorcio. Al lado, escrito con carmín en un espejo, Lucía había dejado su mensaje:
“Esta dulce venganza…”
Hoy he aprendido, entre las calles grises de Madrid y el silencio de este piso vacío, que uno nunca valora lo que tiene hasta que lo pierde. Ojalá lo hubiera entendido antes.







