Un regusto desagradable
¡Se acabó, no habrá ninguna boda! exclamó Jimena.
Espera, ¿qué ha pasado? balbuceó Diego, desorientado. ¡Si todo parecía estar bien!
¿Bien? rió Jimena con una mueca amarga. Sí claro, bien. Simplemente se quedó callada unos segundos, buscando palabras. Al final, soltó la verdad limpia. ¡Tus calcetines huelen fatal! ¡No puedo respirar eso toda mi vida!
¿Eso le has dicho de verdad? se llevó las manos a la cabeza la madre de Jimena cuando la hija anunció que iba a retirar los papeles del registro. ¡Increíble!
¿Por qué? se encogió de hombros la que ya no sería novia. Es cierto, y no me digas que no lo has notado.
Notarlo, claro que lo noté admitió su madre sonrojada, pero es humillante. Pensé que le querías. No es mal muchacho. Lo de los calcetines eso se puede arreglar.
¿Cómo? ¿Que aprenda a lavarse los pies? ¿A cambiarse los calcetines? ¿Que use desodorante? ¡Madre! ¿Te das cuenta de lo que dices? Yo iba a casarme, ¡a refugiarme con un hombre, no a adoptar a un crío!
Entonces, ¿por qué seguiste adelante? ¿Por qué presentaste los papeles?
Por ti, mamá. Dieguito es bueno, es amable, a mí me cae muy bien, ¿no son tus palabras? Y aquellas de Ya tienes veintisiete, hija. Es hora de casarse y darme nietos. ¿Te suenan?
Pero, Jimenita, no pensé que estuvieras dudando. Parecías convencida… defendió la madre. En realidad me alegra no haberme equivocado: lo has pensado bien y has decidido. Pero, hija, eso de huelen los calcetines, es demasiado. No parece propio de ti.
Justo por eso, mamá. Para que quedase clarísimo. Que lo entendiera bien, y sin retorno
***
Al principio, Diego le pareció a Jimena divertido y algo torpe. Siempre llevaba vaqueros y la misma camiseta. No presumía de saber sobre Velázquez, pero podía hablar horas sobre películas antiguas con los ojos encendidos por la pasión.
Con él se sentía ligera y tranquila.
Fue ese sosiego el que atrajo a Jimena, tan cansada de dramas y de buscar el elegido.
Dos meses de cines y cafeterías después, Diego, ruborizado, le propuso:
¿Te apetece venir a mi casa? Te hago empanadillas, ¡las he preparado yo mismo!
La invitación sonó cálida, tan hogareña, que a Jimena se le encogió el corazón. Y eso de hechas por mí la conquistó.
Aceptó sin dudar
***
La casa de Diego no gustó a Jimena.
No estaba sucia, pero reinaban el caos, la irrelevancia cromática y un aire de abandono. Paredes grises y desnudas, un sofá desgastado con un solo cojín, pilas y pilas de cajas, libros y revistas encima del suelo. Unas zapatillas en pleno centro. Y además, esa atmósfera cargada con aroma a polvo y viejo.
La habitación parecía más parada en medio de un éxodo perpetuo: lista para marcharse, pero sin moverse.
¿Qué te parece mi fortaleza? Diego abrió los brazos, sonriente, sin restos de vergüenza. Se notaba orgulloso y jamás advertía nada raro a su alrededor.
Jimena forcejeó para sonreír. Le gustaba el chico; no quería discutir.
Se dirigieron a la cocina. Ahí todo igual: la mesa cubierta de una película de polvo, en el fregadero platos y tazas con costra negra, una olla veterana en los fogones. Jimena fijó la vista en la tetera.
¿De qué color sería originalmente?, pensó, sombría.
El humor decaía.
Escuchaba distraída a Diego, que contaba historias con entusiasmo, intentando hacerla reír. Pero cuando le ofreció un plato de empanadillas, ella rechazó taxativamente, fingiendo estar a dieta…
La idea de probar algo cocinado en esa cocina ni se le pasó por la cabeza.
Ya en casa, Jimena analizó su visita.
A simple vista, lo visto en casa de Diego parecía nimio, anecdótico. Vive solo, no se maneja con las tareas, ¿y qué?
Pero debajo de esa desidia, Jimena entrevió algo enorme y difícil de entender: ¿cómo se puede vivir así? No por no fregar un plato. Porque para él, eso era normal.
Al final, solo quedó un regusto amargo
***
Luego Diego fue a casa de Jimena. Le pidió matrimonio oficialmente y hasta trajo un anillo. Presentaron los papeles. Los padres empezaron a preparar la boda.
Ser la novia tiene su encanto, claro. Pero cuando Jimena se quedaba sola y pensaba en Diego, que siempre trataba de agradarla, que hacía sus empanadillas, que contaba chistes, solo veía ¡una tetera de color indescriptible!
Y Jimena intuía que no era solo una tetera. Era la prueba. Hablaba de cómo Diego vivía. De su relación con la casa, con él mismo. Y, seguramente, con ella.
Un día Jimena imaginó una mañana compartida y sintió pavor.
Despertaría, iría a la cocina y hallaría el resto del té y las migas del bocadillo. Al pedir Cariño, recoge esto, por favor, él la miraría atónito, como cuando miraba su piso, sin entender de qué hablaba. No discutiría, no gritaría, simplemente no lo entendería. Y cada día, tendría que explicar, limpiar, recordar. El amor se apagaría, asesinado poco a poco por miles de pinchazos invisibles para él.
Mientras tanto, su madre más feliz que unas castañuelas.
***
Casarse
Toda la ligereza y el calor que Jimena sintió con Diego se disolvieron, quedando una ansiedad densa y pegajosa.
Jimenita susurraba Diego casi cada día, mirándola con preocupación, ¿estamos bien? ¿Nos queremos, verdad?
Claro respondía ella, sintiendo que algo crujía dentro.
Al fin, Jimena no pudo más y decidió hablar con su amiga. Le contó todo.
¿Y qué más da? se extrañó y alzó las cejas Isabel. Polvo, una tetera Mi marido deja la cocina peor que si hubiera pasado la caballería y ni lo nota. Los hombres no ven esas pequeñas cosas.
¡Eso es! No las ven susurró Jimena. Y él nunca las verá. Pero yo sí. ¡Toda la vida! Y eso me matará despacito.
***
No le culpaba. Diego no la engañó. Era sincero. Sólo vivía en un mundo distinto, donde un plato sucio en el fregadero era cotidiano. Para ella, eso era anuncio de indolencia y desdén.
Acabó comprendiendo que no se trataba de la limpieza. Era la manera de mirar el mundo. La grieta nacida en su cabeza crecería hasta ser abismo.
Mejor frenar todo ya que acabar en ese precipicio cuando fuera tarde.
Solo quedaba encontrar el momento
***
Invitaron a Jimena y a Diego a una fiesta.
Entraron, se quitaron los abrigos y zapatos…
Avanzaron hacia el salón…
Un hedor terrible les siguió como una sombra viscosa.
Jimena tardó en identificar el origen.
Cuando lo entendió, y vio que todos los presentes también lo habían entendido, se sintió tan avergonzada que quiso desaparecer. Sin decir palabra, corrió al recibidor, se vistió a toda prisa y se marchó.
Diego la siguió, la alcanzó, la agarró del brazo. Ella giró y le escupió con rabia:
¡Ya está! ¡No nos casamos!
***
No hubo boda, de verdad.
Jimena cree que hizo lo correcto y no se arrepiente de nada.
Y Diego
Todavía no entiende cuál fue el problema. Bah, ¡unos calcetines apestosos! ¡Si los hubiese tirado, ya!







